Sarkozy no habría ganado las elecciones sin el apoyo de la izquierda. De una parte de la izquierda, naturalmente. Él es un gran líder político, sin duda. Y la definición más práctica de un líder es la de alguien que sabe conservar los votos propios y apoderarse de los ajenos. Entre estos últimos están los de muchos seguidores de Le Pen (cuya desaparición es una de las excelentes noticias de estas elecciones y un mérito añadido del nuevo presidente; aunque entiendo que la izquierda se muestre apenada: el rojo da muy bien con el negro) y los que pertenecieron al centrista Bayrou. Pero también están los votos de unos cuantos monsieurs de alta gama, otrora en la izquierda, como Max Gallo, André Glucksmann, Pascal Bruckner o Alain Finkielkraut. No hay liderazgo sin una cierta capacidad transversal. Aunque eso sólo explica una parte de la cuestión.
El problema grave para la izquierda es que una parte, pequeña pero decisiva y muy influyente, de sus ex votantes considera, y algunos hasta con entusiasmo, que Sarkozy les representa mejor que Royal. No puede decirse que en general hayan renunciado a la herencia ilustrada. Más bien todo lo contrario: su más virulenta acusación a la izquierda es que ha sido ella la que ha renunciado a esa herencia. Tienen razones, y ellas animan lo mejor del debate político en Europa. La primera, la flojedad que la izquierda ha demostrado en la defensa de los valores europeos ante la agresión y, a veces el terror, de los que pretenden retrotraer al medievo la relación entre religión y política. Para muchos ilustrados el confuso relativismo cultural de la izquierda europea se ha convertido, lisa y llanamente, en un amenaza para la libertad.
Esos ilustrados antimodernos (para decirlo en el léxico paradójico del ensayista Antoine Compagnon) reprochan también a la izquierda su incapacidad para un examen empírico de los problemas. La cuestión quedó perfectamente de manifiesto en el debate que enfrentó a Sarkozy y a Royal. Mientras el primero enumeraba posibles soluciones (algunas, desde luego, muy discutibles), la segunda procedía habitualmente por elevación poética, exigiendo del elector que le diera su confianza. El procedimiento está vinculado con otra característica de la izquierda, no sólo visible en Francia: la exhibición, a veces muy obscena, de una insondable superioridad moral.
El momento más álgido de Royal en ese debate se produjo en torno a una discusión sobre la atención a los minusválidos. Y no fue, desde luego, porque sugiriera alguna novedad deslumbrante: sólo era que por fin había encontrado la grieta por donde colar lo que le traía de cabeza: la necesidad de exhibir el lado despiadado de su adversario y la evidencia, mil veces probada, de que la derecha está en el mundo para hacer el Mal. Naturalmente, cada vez hay menos gente que crea en esa vocación de la derecha. Mucho más después de la caída del mundo comunista y la sostenida evidencia de los millones de cadáveres y de la vida servil y estéril construida en nombre del Bien.
Algunos ilustrados han sido también sensibles a la reivindicación del mérito y del trabajo que ha propuesto Sarkozy. Esto responde a una interesante fatiga: la de los que observan cómo la política de cuotas, los lobbys socioculturales y el entramado burocrático de los partidos y sindicatos tienden excesivas trampas al esfuerzo individual y ejercen una política de nivelación que poco tiene que ver con la realidad. Asimismo es innegable la perplejidad que supone ver cómo la izquierda utiliza recursos retóricos, cuya exhibición en manos de la derecha provocaban una inolvidable vergüenza en el pasado. De las llamadas de alarma ante el peligro rojo, propias de la posguerra europea, se ha pasado al Tout sauf Sarkozy de estos días, y a las advertencias de Royal sobre la «oleada de violencia» [¡sic!] que podría traer su Presidencia.
Por último hay algo más. Algo delicado y a lo que la izquierda, en su promiscuo jugueteo posmoderno, parece haber renunciado. La importancia de la verdad, hoy subrayada por ensayistas, como Michael P.Lynch, Harry Frankfurt o Simon Blackburn. De la campaña había pocas dudas de que la verdad, incluso la más desagradable, la estaba diciendo Sarkozy. Los ilustrados aprecian la verdad. Además, los que proceden de la izquierda conocen perfectamente la hipocresía.
Arcadi Espada es escritor y periodista.
© Mundinteractivos, S.A.

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