EL RUNRÚN
Ha pasado, como suele ocurrir con las cosas importantes, prácticamente desapercibido el primer centenario de la existencia del sujetador. Sin embargo, pertenezco a una generación que vive marcada por el estigma de semejante artilugio. La principal consecuencia de Mayo del 68, lo verdaderamente revolucionario -¡y, Dios mío, cómo lo fue!- es que de repente apareció una serie de señoritas que dejaron de utilizar el sujetador. Aquello fue tremendo. Porque mientras nos habíamos criado en los fragmentos de las carnes rutilantes, que emergían por entre los escotes de señoras como Sophia Loren, Gina Lollobrigida, Anita Ekberg o la Monroe, de golpe y porrazo, entre los senos de la señorita en cuestión y nosotros tan sólo se interponía la levedad de una simple camiseta.
Así que todas aquellas macizas que nos habían estado educando cariñosamente desde la oscuridad de los cines, utilizando el sujetador como instrumento pedagógico, desaparecieron de nuestro imaginario y llegaron una chicas más bien tirando a escuálidas, que se hicieron todas inmediatamente del PSUC con aire un tanto existencialista, ataviadas rigurosamente con un suéter de cuello alto debajo del cual se presuponía que estaba la verdadera libertad.
A mí la verdad es que me quitaron un peso de encima dada mi absoluta incapacidad para el bricolaje. He pasado unos malos ratos que ni se lo cuento, como estar en el sillón del dentista, tratando de desabrochar un maldito sostén, sin lograr superar aquella barrera infranqueable de corchetes y garfios que a modo de cierre se resistía a mi nula capacidad manual y que la interesada observaba con el ceño fruncido, como una premonición de lo que vendría más tarde. Obviamente, acababa ella quitándose la coraza con una facilidad pasmosa y mirándome de reojo como calibrando las posibilidades.
El sujetador había desaparecido como tal y sobre todo como juguete erótico. Unos cuantos fetichistas nos tuvimos que entretener estudiando nuestras respectivas carreras universitarias y consolándonos con la llegada del bikini, que puede parecer lo mismo pero no es igual, porque sobre todo le falta la penumbra y la oscuridad. Pero como las desgracias nunca vienen solas, nuestra consternación alcanzó límites inimaginables cuando vimos en el extranjero el famoso festival de Woodstock, donde aparecían algunas damas haciéndose la hippy en porretas o con las milongas al aire. Pasar de Silvana Mangano en Arroz amargo al despiporre de Eivissa fue de una dureza inenarrable.
Ahora, con la buena alimentación, y sobre todo con el recauchutado que se hacen las señoras, con el airbag que llevan incorporado en la delantera, ha vuelto el sujetador a ponerse de moda. Las chicas van a operarse con el Playboy en la mano pidiendo "unas como éstas", y, claro, toda esta nueva humanidad necesita ser envasada y expuesta. En fin, que ha vuelto el sujetador a ponerse de moda, y a mí, aunque ya me coge de capa caída, me da una verdadera alegría ver como aquellas señoritas escuálidas del PSUC que practicaban el sinsujetadorismo como una prueba de la libertad alcanzada por la mujer ahora se lanzan en plancha a La Perla para comprarse en plena madurez lo que no quisieron lucir de jovencitas.

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