OSCAR NIEMEYER, 100 AÑOS DE REBELDIA

Nada como la extensa obra de Oscar Soares Niemeyer para expresar el carácter solidario que desprende la arquitectura surgida tras las primeras vanguardias. En Latinoamérica, es bien conocido que el interés por el estudio metodológico de la arquitectura moderna nace como consecuencia de los viajes que allí realiza Le Corbusier. Y será precisamente en Brasil donde la revisión de determinados aspectos de tan prometedora modernidad alcance cotas de libertad que, a buen seguro, hubiesen sido impensables en la Europa de la época.

En gran medida, semejante avance se debe a Lúcio Costa y Oscar Niemeyer, los primeros arquitectos que desde una postura progresista y políticamente comprometida -ambos militaban en el Partido Comunista- serán capaces de cuestionar los postulados del funcionalismo estricto, por entonces de estricta vigencia en América Latina.

En 1939, Costa y Niemeyer alcanzan notoriedad internacional gracias al Pabellón de Brasil para la Feria Mundial de Nueva York. Pocos años después, el Ministerio de Educación en Río de Janeiro (1936-1945) demostrará hasta qué punto se puede trabajar sobre el ideario formal planteado por Le Corbusier y, sin embargo, construir un proyecto personal. Serán estas obras donde por primera vez los volúmenes estrictos, los pilotis o las fachadas libres habituales en el lenguaje del maestro suizo asuman cierta exuberancia tropical.

En un primer momento, y ante tanta novedad, la crítica ortodoxa de su tiempo muestra cautela. Pero la arquitectura que Niemeyer propone -ahora en solitario- en su siguiente entrega, el centro de ocio de Belo Horizonte (1942-1944), se antoja demasiado intensa para el gusto imperante. Sus bóvedas parabólicas de hormigón autoportante y su expansiva vocación de forma recibirán los más feroces calificativos. Y hasta cierto punto puede resultar comprensible, dado que Niemeyer había cometido un error imperdonable: nada menos que adelantarse en más de una década a su tiempo.

Habrá que esperar a una nueva generación, para que la vertiente escultórica implícita en toda su obra alcance el reconocimiento mundial. Y de nuevo será la clase política la que acuda en su ayuda. En 1955, el gobernador del Estado de Minas Gerais, Juscelino Kubitschek, gana las elecciones presidenciales. Kubitschek, un político que siempre se ha significado como ferviente protector del movimiento moderno, asume desde el principio de su mandato el encargo de dar un nuevo impulso a la planificación urbanística. Pero ante todo, la gran empresa y el gran sueño del nuevo presidente se resumirá en la construcción de la nueva capital de la nación, Brasilia.

En 1956, se nombra a Niemeyer director del Departamento de Arquitectura y Urbanismo, y éste propone la convocatoria de un concurso de ideas para establecer las trazas urbanas de la nueva ciudad. El concurso finalmente es ganado por Lúcio Costa y será según dicho plan donde Niemeyer levante lo que sin duda es su obra maestra: la plaza de los Tres Poderes y la sede del Gobierno (1957-1960). Allí, por primera, vez se establecen la naturaleza de un cierto tipo de minimalismo monumental. Sobre una gran plataforma se levantarán los símbolos de una nueva iconografía de poder: dos Torres Gemelas a las que habrá que sumar sendos volúmenes complementarios: la cúpula del Senado y, como equivalente invertido, la Cámara de Representantes. Una imagen que dará la vuelta al mundo.

Desde aquel momento y hasta los premios Pritzker y Príncipe de Asturias de las Artes, la trayectoria de Niemeyer seguirá siendo una continua lucha a favor de la libertad. Surgirán nuevos proyectos a ambos lados del océano. Magníficas huellas de uno de los pocos arquitectos que puede presumir de haber influido al mismísimo Le Corbusier. Será por eso que su centenario no sólo le alcanza activo, sino en plena forma. Recientemente -y en medio de gran polémica- ha terminado el Auditorio del Parque Ibirapuera en Sao Paulo (Brasil), y en Avilés proyecta lo que será su primera obra en nuestro país.

José María Fernández-Isla es arquitecto.

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