OSCAR NIEMEYER: Arquitecto

«Un solo joven protestando es más importante que mi obra»

El próximo mes de diciembre cumplirá 100 años de rebeldía. Comunista sin fisuras, acude a diario a su estudio de Río de Janeiro a supervisar los proyectos en marcha. Entre ellos, el Centro Internacional que llevará su nombre en Avilés (Asturias). Su gran lección arquitectónica está desplegada en centenares de obras repartidas por el mundo

Cuando el escritor uruguayo Eduardo Galeano definió a Oscar Niemeyer (Río de Janeiro, 1907) como un creador que «odia el capitalismo y el ángulo recto» estaba haciendo algo más que perfilar al detalle a uno de los gurús esenciales de la arquitectura del último siglo: estaba ahondando en la singularidad de un creador que ha hecho de su obra una reflexión de modernidad y de su compromiso cívico una constante en la búsqueda de la libertad.

Su coherencia se sostiene sobre un humanismo infatigable y un hedonismo irrenunciable. Afirma que el secreto de su longevidad -cumplirá 100 años el 15 de diciembre- está en las mujeres. Y de hecho se casó de nuevo a los 98 años con su secretaria, casi de manera furtiva.

Es el impulsor de un prodigio arquitectónico: la futurista ciudad de Brasilia, levantada a finales de los años 50 junto a Lúcio Costa. Los preceptos del comunismo han apuntalado su ancha vida, sin tregua. Acude diariamente a su estudio de Río, donde supervisa cada uno de los proyectos que tiene en marcha, entre ellos el Centro Cultural Internacional Oscar Niemeyer en Avilés.

En 1988 recibió el Premio Pritzker de arquitectura -el Nobel de la profesión- y un año después el Príncipe de Asturias de las Artes. Rebelde por temperamento, contestatario por devoción y creyente en el ateísmo, suele arremeter contra la injusticia, la especulación, la burguesía y, de paso, la manipulación de la prensa. Pero en esta entrevista ha desplegado su sabiduría a pulmón, con miles de kilómetros de por medio y adobando de cercanía el chorro de su talento.

Entre sus edificios emblemáticos destacan también la sede del Partido Comunista de Francia, en París, y la central de la Editorial Mondadori, en Milán. Galeano olvidó que, junto al capitalismo y la línea recta, Niemeyer odia también los aviones.

Pregunta.- En unos meses celebrará su centenario, ¿mantiene la pasión intacta?

Respuesta.- Le diría que sí. Soy un ser humano como otro cualquiera, pequeñito delante de este universo fantástico que me rodea, sintiendo que volqué en mi profesión -y sigo haciéndolo- un entusiasmo inquebrantable. Pero siempre consciente de que la vida es más importante que la arquitectura.

P.- ¿Da vértigo el siglo?

R.- Es posible. Aunque lo fundamental para mí no es la edad, sino recordar lo que he vivido estos largos años. Mantener la memoria intacta. Y me tranquiliza sentir que he aprovechado mi labor en la arquitectura para denunciar la miseria y la injusticia con verdadera preocupación. La pobreza dominante ha sido para mí objeto de una revuelta permanente, de una rebeldía constante.

P.- Su actividad es abrumadora: más de 500 edificios en unos 15 países. Su trabajo de hoy mantiene la frescura y la intensidad de siempre, movido por el motor de la sorpresa, por la intuición, ¿es así?

R.- Es que no entiendo mi obra de otro modo. La arquitectura es invención. Y cuando ésta no crea la sorpresa necesaria, pasa desapercibida. Si no está renovándose constantemente, corre el peligro de convertirse en una mera repetición.

P.- ¿A su edad no le afecta el escepticismo?

R.- Más que escéptico, lo que soy es pesimista ante este mundo desigual en el que vivimos. Pero cuando estoy trabajando, lo que me domina es la preocupación por la búsqueda de la forma diferente. Eso es, profesionalmente, lo que más me importa.

P.- ¿Cómo observa la profesión? ¿No existe el riesgo de una arquitectura cada vez más viciada por el espectáculo?

R.- La arquitectura evoluciona en función del progreso técnico y social. Eso es necesario e inevitable. Por ejemplo, en el Renacimiento las cúpulas arquitectónicas evolucionaron en función del progreso de aquel tiempo. Por los cambios en la estética, pero también por las necesidades. Entonces las cúpulas no podían sobrepasar los 40 metros. Probablemente a los arquitectos de entonces les habría gustado hacerlas de 80 metros, como me permitió a mí la tecnología en el Museo de Brasilia. Inevitablemente todo esto fue posible gracias a la aplicación del hormigón armado y todas las posibilidades que este material ofrece.

P.- La suya es una arquitectura de la invención, ¿cuáles son sus claves?

R- Cuando hablo de que la arquitectura debe ser invención, me refiero a que rechazo la repetición, la monotonía, tan presente en la posmodernidad. Mi sistema de trabajo es sencillo. Reduzco los apoyos, por lo que el edificio se hace más audaz; y así viajamos mejor y más deprisa hasta la sorpresa deseada.

P.- Uno de sus muchos hitos es el diseño y desarrollo de la ciudad de Brasilia junto al urbanista Lúcio Costa. En ella el arte y la funcionalidad alcanzaron un gran equilibrio. ¿Qué retos cree que tiene la arquitectura y el urbanismo del siglo XXI?

R.- Llegar a un diseño más equilibrado, más humano, más audaz y menos imitativo. Lo que me obsesiona es diseñar ciudades multiplicables dentro de un orden lógico, evitando el crecimiento sin control que las degrada. Y nada de esto será posible si no se tiene en cuenta que es necesario contar con cinturones verdes abrazando las urbes.

P.- Ahora trabaja intensamente en la ciudad de Niteroi (Brasil), en lo que será el camino Niemeyer, ¿qué desafíos conlleva el proyecto?

R.- Es una apuesta de envergadura que aún estamos desarrollando. Vamos resolviendo problemas proyecto a proyecto. El primero fue, hace algo más de dos años, el Museo de Arte Contemporáneo. El edificio ha tenido gran éxito. Y ahora estamos construyendo las otras obras previstas. La última que inauguramos, hace un mes, fue el Teatro Popular, un coliseo muy diferente de todos los otros que he realizado.

P.- La política es parte esencial de su legado intelectual, ¿sigue activo en este sentido?

R.- Sí, sí. Cómo no. Mire, cuando veo a un solo joven protestar en la calle pienso que esa labor es mucho más importante que mi trabajo. Nunca he dejado de creer que la tarea más noble del ser humano es intentar hacer de la vida algo más justo para todos.

P.- El comunismo ha sido su fe, ¿sigue creyendo en sus postulados?

R.- Sin duda. Tengo claro que nuestros hermanos pobres tomarán un día el control. Entonces será el momento de la verdadera solidaridad y los hombres serán más austeros, más modestos en la grandeza de ese universo que nos fascina y, a la vez, nos humilla. En cuanto a la arquitectura, creo, espero y deseo que los grandes espacios de encuentro sean los teatros, los museos, los cines, los estadios, todos aquellos lugares donde desarrollar un mayor espíritu de participación colectiva.

P.- ¿Cómo afronta desde la arquitectura un mundo amenazado por la economía salvaje y la especulación?

R.- Imagínese, muy mal. Además, un mundo así no tiene ni futuro ni sentido. Contra eso es contra lo que hay que luchar, y contra lo que yo arremeto con absoluta convicción. Estamos tristemente en la era de Bush, y eso (y todo lo que el dólar simboliza) es lo que estamos obligados a combatir.

P.- ¿Es la arquitectura otra forma de política?

R.- ...Puede ser.

P.- Entre sus edificios destacan las iglesias, sin embargo usted se ha declarado ateo. ¿Eso ofrece una mayor libertad de interpretación?

R.- Bueno... Es que en el momento en el que estoy proyectando una catedral o un templo religioso pienso en el trabajo con una voluntad que yo diría que es también una creencia, pero una creencia que se ciñe estrictamente al proyecto en sí.

P.- Otro de los aspectos más representativos de su trabajo es una clara voluntad poética...

R.- Cualquier encargo es para mí un sueño que deseo ver realizado. Quizá nace del concepto de lo onírico esa propensión poética.

P.- Y también de ahí viene ese afán por el riesgo constructivo, por el desafío de la imaginación...

R.- Ahora que lo dice pienso en André Malraux, brillante escritor e indispensable historiador del arte que fue ministro de Cultura de Francia. Él decía que tenía dentro un museo imaginario. Pues a mí me sucede igual, tengo dentro mi museo de formas: es ahí donde guardo todo lo que más aprecio en la vida. Siempre he tenido la convicción de que para desarrollar una arquitectura más libre es imprescindible crear una cosa diferente, lograr una capacidad de sorpresa. Y el éxito, que es como una voz personal e intransferible, sólo se alcanza con coraje, dominando las técnicas constructivas de tu tiempo. Ése es el camino para llegar al sueño deseado de cualquier creador.

P.- Usted conoció a Le Corbusier en 1936. Y fue uno de sus herederos intelectuales, ¿qué aprendió de él?

R.- Aquel contacto con el gran Le Corbusier fue revelador para mí. Aunque no constituye una influencia en mi obra. De él aprendí algo fundamental: que la arquitectura también, y sobre todo, es invención.

P.- Una de sus últimas obras es el Centro Cultural Internacional Oscar Niemeyer en Avilés, un signo de modernidad en una ciudad industrial, ¿cómo resumiría este proyecto?

R.- Es un proyecto que prevé una gran plaza donde un edificio bajo y amplio, destinado a las dependencias de administración y convenciones, sirve de eje para el conjunto. Cuenta con un museo rematado en una cúpula de 50 metros de diámetro y un teatro de 900 localidades. Además, la plaza permite desarrollar grandes espectáculos públicos con capacidad para 15.000 personas. Y cuenta con un mirador y un bar que ofrece unas vistas fabulosas de la ciudad.

P.- En este complejo queda de manifiesto su afán de búsqueda, quizá más radical aún...

R.- Ojalá sea así. Este trabajo me ilusiona mucho, de veras.

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