Hace 100 años llegaba Antonio Machado a Soria para ocupar la plaza de profesor de francés que había obtenido por oposición en su Instituto General y Técnico. Fue el arranque de una historia extraña, conmovedora en lo humano y trascendental tanto en la biografía como en la obra del mayor poeta español del pasado siglo. Al poco de llegar conoció a una niña, Leonor, de quien el maduro profesor se enamoró como un adolescente.
Aquel encuentro afectó a todo su ser, lo mismo a sus sentimientos que a sus creencias. Machado, no creyente convencional, y, en todo caso, cristiano por proximidad al Cristo de la fe, no al de la Historia ni al de la institución eclesiástica, llegó allí, en la exaltación de sus inesperados amores, a sentirse incluso cercano a la religión positiva. Con la novia-niña hasta iba a misa y rezaba, según confiesan estos versos: En Santo Domingo/ la Misa Mayor./ Aunque me decían/ hereje y masón/ rezando contigo/ ¡cuánta devoción!
La corta estancia de don Antonio en Soria tuvo importancia definitiva para decantar su pensamiento. Aquí descubrió esa Castilla profunda que en todo aventajaba a su Andalucía natal, «en lo bueno y en lo malo», y de ella salieron su dura reflexión española y su vehemente regeneracionismo. Se implicó en la vida pública de la ciudad y colaboró en la prensa local progresista, no sin reticencias de sectores de una capital pequeña y conservadora que lo consideraba de la cáscara amarga. Acaso todo ello habría sido igual que fue si no hubiera estado de por medio el amor, pero lo cierto es que Leonor se convirtió en el nexo inexcusable entre Machado y aquella tierra, tan fuerte que decidió el título de su segundo libro, Campos de Castilla.
Este episodio nuclear en la vida del poeta se encierra en unas pocas fechas. 1907: Machado se aloja en la casa de huéspedes con la que la madre de Leonor ayuda a la modesta economía familiar de un guardia civil. 1908: debió de iniciarse el noviazgo con la niña de 14 años. 1909: matrimonio. 1911: en París, donde el poeta sigue unos cursos, tiene que ser hospitalizada la esposa y regresan con urgencia. 1912: en agosto, el día 1 muere Leonor recién cumplidos los 18 años y el 8 abandona Machado la ciudad.
En un lustro escaso se desarrolla la tragedia. Algunos datos menudos ayudan a sentirla, porque no se trató de una historia común. En las mieles del amor no faltaron espinas. No creo que el tono festivo de un poemita de 1909 autorice a pensar en un amante celoso o receloso: ¡Y la niña que yo quiero,/ ay, preferirá casarse/ con un mocito barbero! Sí fue un enamorado absorto en la ingenuidad del mundo infantil que le llegó como llovido del cielo.
Un alumno suyo me contó cómo Machado bajaba al Duero para ver a Leonor saltando a la comba con sus amigas en la otra orilla del río. Tal vez la anécdota sea apócrifa, pero revela el estado de fascinación ilusionada que vivió el poeta, y que afrontó con valor en un pueblo murmurador que no comprendía aquellos amores de menorero, y los condenaba. No eran fáciles de entender en aquel tiempo: repárese en el torpe aliño indumentario del galán, en el descuido personal, en la ceniza del cigarrillo salpicando el traje, en el aspecto nada apolíneo, en la apariencia siempre mayor que la propia de su edad, y en la misma diferencia de edad: un treintañero junto a la niña poco más que quinceañera. Muy punzante fue la espina del día de la boda: les asedió en la iglesia la malsana curiosidad de los paisanos y en la estación, al emprender el viaje de novios, sufrieron algo parecido a una cencerrada.
Más que abandonar la ciudad, Machado huye trastornado de dolor. Vana había sido la esperanza de los versos finales del poema A un olmo seco: Mi corazón espera/ también, hacia la luz y hacia la vida,/ otro milagro de la primavera. Desde su nuevo destino, en Baeza, pocos meses después remite la magistral carta A José María Palacio, cuyos interminables meandros acaban con los puntos suspensivos que expresan la angustia paralizante ante el sagrado encargo al amigo: en una tarde azul, sube al Espino,/ al alto Espino, donde está su tierra...
Con Leonor, Machado y las tierras del alto Duero se fundieron para siempre, pero no tuvo ánimo para volver hasta mucho más tarde, en 1932, al ser nombrado hijo adoptivo de la ciudad; sólo estuvo unas horas. Ese distanciamiento acentuaba la cercanía emocional. Ya próximo a su fatal desenlace, en el soneto El poeta recuerda las tierras de Soria se pregunta: Di tú, avión marcial, si el alto Duero/ adonde vas, recuerda a su poeta.
El poeta, desde luego, no había olvidado la tierra seminal ni el amor interrumpido y de esa memoria vivísima brota uno de sus inolvidables poemas, una evocación emocionante donde convoca a su difunta amada: ¿No ves, Leonor, los álamos del río/ con sus ramajes yertos?/ Mira el Moncayo azul y blanco; dame/ tu mano y paseemos. Nunca perdió el caminante solo/ triste, cansado, pensativo y viejo la memoria de aquel amor primaveral.
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