EL RUNRÚN
Hay personas cuya visión del mundo es una especie de boca de embudo, y apenas ven más allá del orificio. De él brotan excreciones de todo aquello que no quieren digerir y expulsan con prontitud, sin ningún interés ante ese mecanismo humano llamado duda que tanto ha contribuido a mejorar la especie. Se sienten orgullosos de pertenecer al grupo de los de ideas fijas y evitan los circunloquios, los condicionales, los paréntesis e incluso los silencios para alcanzar una conclusión. Tienen las cosas claras, muy bien colocadas en el culo del embudo, y están convencidos de que quienes no piensan igual que ellos se equivocan, perdidos en su ciega errancia. No se avienen a consideraciones y evitan la perplejidad, el verdadero incentivo, según Aristóteles, para la adquisición de conocimiento. Dos y dos son cuatro. La razón siempre de su parte. Si una anciana de 80 años desvaría y dice que va a Sant Andreu cuando callejea por el barrio de Sants a las diez de la noche, hora muy razonable para una octogenaria, pero lleva cincuenta euros en el bolsillo, para qué mover el embudo. Que suba a un taxi y muy buenas. A ellos les mueve el ansia por atender los verdaderos problemas, con el orificio libre de cargas, y actuar tan sólo si los malos son muy malos o los heridos se están muriendo. Y dicho así no parece tan tremendo, porque estamos acostumbrados a convivir con el pensamiento rupestre. Pero no deja de resultar preocupante que esta actitud la ejerzan aquellos que nos protegen, como los dos Mossos d´Esquadra que se lavaron las manos ante la anciana perdida en Sants, o como el juez de Valladolid que ha archivado un caso de malos tratos porque la víctima estudió una carrera universitaria. En su simplificación del problema, tener estudios al igual que llevar cincuenta euros en el bolsillo basta como garantía para sobreponerse al desamparo o la impotencia.
Son los mismos que se enorgullecen de tener las ideas claras, y cortas, quienes no tropiezan ni se angustian, y se escandalizan de que el ejercicio del sentido común - su sentido común- no sea universal. Dos y dos son cuatro. No existen peros ni comas, ni suspiros ni mandangas. Hay que seguir el guión escrito en su visión del mundo achaparrada en la boca de un embudo, pero cuando ellos deben cumplir con el sentido común ajeno, ah, amigo, entonces se nos ponen rebeldes e irresponsables.
Las recientes palabras de José María Aznar - uno de los conferenciantes más audaces de los últimos tiempos- ante los académicos del vino de Castilla y León demuestran que dos y dos son cuatro, incluso cuando bebes. Con su enigmática prosa, el ex presidente, a propósito de la normativa de tráfico, dijo: "Las copas de vino que yo tengo o no tengo que beber, déjame que las beba tranquilamente; no pongo en riesgo a nadie ni hago daño a los demás". En el reino de dos y dos son cuatro, a veces se pierde la memoria, aunque sea reciente: España es el país donde el alcohol está implicado en un mayor número de accidentes de tráfico con víctimas mortales.
Afortunadamente, esa masa abstracta llamada ciudadanía se hace real cuando se halla ante un conflicto. Y actúa. El nivel y la calidad humana de la gente de a pie, que tan pocos espacios en blanco tienen en sus vidas dedicadas a la supervivencia, es infinitamente superior al de muchos que tienen en sus manos los suficientes medios, privilegios y poder para hacer más habitable el dolor y ensanchar el embudo.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados