CARTA DEL DIRECTOR
INTROITO
Mary The Mouse ha cogido a Gorby por las dos manos y él repite un cordial «¡Spasibo, spasibo!» que su intérprete no necesita traducir. La última gran sacerdotisa del templo encantado está dando la bienvenida al famoso predicador itinerante y a mí me han dejado colarme hasta la sacristía.
Juntos suman 160 años. Ella -84- lleva un vestido azul con estampados blancos y su sonrisa conserva, tras las gafas de pasta gris y bajo su pelo corto y recogido en bucles de escayola, toda la dulzura y vivacidad que de tan buen humor ponía a su padre. Por eso la llamaba Mary "El Ratón". Él -76- se ha echado unos cuantos kilos desde que lo entrevisté hace casi quince años en Moscú, sus hombros parecen más anchos y su cabeza más asentada dentro del molde de busto de senador romano que la Historia ha fundido antes de tiempo para rendir tributo en vida a su memoria. Incluso la mancha en forma de Gulag que identifica su cráneo entre millones da la sensación de haberse difuminado -o al menos atenuado- a la vez que el recuerdo de la tiranía que fue liquidada hace ya casi dos décadas, gracias a su audacia.
«Ustedes dos tienen algo muy importante en común», les digo, consciente de estar asistiendo a una de esas conjunciones astrales que durante años proporcionan una íntima felicidad tanto al astrónomo como al reportero.
«Sí, claro: el telón de acero», concede jovialmente Gorby.
«Mi padre fue el primero en utilizar esa expresión en su famoso discurso de Fulton», corrobora Mary The Mouse.
«Es cierto, él convirtió un concepto político en algo físico que se levantó en la imaginación de la gente y yo lo hice caer...»
«Casi cuarenta y cinco años después», añado yo, mientras las altas paredes del templo encantado giran a nuestro alrededor, confundiendo los cuadros y objetos de la estancia que ocupamos con los de las tres grandes habitaciones de Estado, el Gabinete Rojo, la Salita Verde o el Gran Salón de arcos de mármol y columnas jónicas, en un tiovivo de tres siglos que hace desfilar el gran tapiz de una batalla, junto a los cuadros de Reynolds y Van Dyck, las fastuosas lámparas de araña, los candelabros de destellos arrogantes, los reposteros de plata maciza, los relojes de mesa y de pedestal, las esculturas, las sedas, damascos y terciopelos que van forrando las estancias y todo el resplandor y el oro que rodean los retratos de una mujer enigmática y esbelta.
El templo encantado es el Palacio de Blenheim -de la mujer enigmática y esbelta hablaremos enseguida- y la ocasión de la conjunción astral, el concierto y cena de gala anual que hoy sábado 28 de abril tendrá lugar en recuerdo de Winston Churchill y a beneficio de una serie de fundaciones locales, con Mijail Gorbachov como principal orador.
GLORIA
ora y media después de salir de Londres hemos cruzado los imponentes jardines, los puentes y los lagos artificiales, hemos dejado a un lado la Columna de la Victoria que muestra al Primer Duque de Marlborough, sobre un pedestal de cuarenta metros, rodeado de cuatro águilas, con todos los atributos de un general romano, y hemos sido introducidos en el palacio a través de una discreta puerta lateral por nuestros guías, cómplices y anfitriones Neil y Serena Balfour.
Ella es hija de una de las hijas del Décimo Duque de Marlborough y por lo tanto sobrina del actual dueño de la casa, el Undécimo Duque de Marlborough. También es sobrina biznieta de sir Winston Churchill, cuyo padre era el hermano menor del Octavo Duque de Marlborough. Sir Winston nació en Blenheim y Serena pasó gran parte de su infancia y se puso de largo en Blenheim, pero, una vez adultos, la mansión familiar se convirtió para ambos en la casa de sus tíos y primos, pues el sistema hereditario de la aristocracia inglesa es implacable: todo va a parar a manos del mayor de los varones.
Neil, el marido de Serena, me explica, con ironía y elegancia, los orígenes del Palacio:
«Esta casa es la prueba de que hubo una época en la que el Estado era generoso. Fue el regalo a un general que venció en una batalla. ¿Te imaginas que a Colin Powell le hubieran regalado algo así después de la Primera Guerra del Golfo?»
El general vencedor se llamaba John Churchill y su título nobiliario, de tan extraña grafía y pronunciación para los españoles iletrados de varias generaciones, le convirtió en el Mambrú de nuestras rimas infantiles. La canción fue inventada por los soldados franceses cuando creyeron erróneamente que su temida Némesis había muerto en el campo de batalla y pronto el «Marlborough s'e va-t-en guerre, Mironton, Mironton, Mirontain, ne sais quand reviendra» fue traducido como «Mambrú se fue a la guerra, ay, ay qué dolor, qué dolor, qué pena, no sé cuando vendrá».
Pero Marlborough estaba vivo y pudo consumar el 13 de agosto de 1704, junto a un pueblecito del Danubio bávaro llamado Blenheim -o para ser más exactos Blidenheim-, una victoria decisiva que cambió la suerte de Europa, al derrotar por primera vez con inesperada contundencia a la Francia de Luis XIV dentro de la llamada Guerra de Sucesión Española, y sirvió para dar nombre a un palacio que aspiraba a eclipsar al de Versalles.
KYRIE
Pero Blenheim Palace no fue sólo fruto del reconocimiento al mérito militar, sino también el resultado de la tupida trama de pasión, intriga y romance que unió a la corte de los últimos Estuardo con la familia Churchill. Después de que una hermana de Marlborough hubiera sido amante de Jaime II, la reina Ana fijó sus predilecciones no en el apuesto general que comandaba sus ejércitos sino en su esposa, Lady Sarah, con quien mantenía una encendida correspondencia -«Te amo con un amor que ningún hombre conoció nunca» - bajo los nombres supuestos de Mrs. Morley y Mrs. Freeman. Al cabo de varios años de relación, los desaires de esta dama de carácter fuerte y orgulloso llevaron a la reina a cambiar de favorita y los Marlborough tuvieron que exilarse en Francia, dejando Blenheim a medio construir. Entonces se hizo realidad el viejo lema castellano de la familia, «Fiel pero desdichado», que tanto significado adquiriría también para Winston Churchill durante su «travesía del desierto» de los años 30, cuando sus advertencias contra el rearme alemán caían en el vacío, entre las muestras de sarcasmo de los partidarios de la política de apaciguamiento; y también en 1945 cuando el gran vencedor de la II Guerra Mundial se convirtió en el inaudito derrotado de las primeras elecciones generales de la postguerra.
«Fiel pero desdichado»: así es como Winston Churchill vio también durante toda su vida a su primo Charles, más conocido como Sunny, Noveno Marqués de Marlborough, el hombre melancólico que, embutido en una inmensa capa negra y adornado con el collar de la Orden de la Jarretera, acompaña en el mejor cuadro del Gabinete Rojo -un imponente retrato familiar obra de Singer Sargent- a la mujer enigmática y esbelta. Ella es Consuelo Vanderbilt, la bella norteamericana, nieta del magnate de los ferrocarriles a la que su madre casó aún adolescente con el puntilloso aristócrata en un matrimonio de conveniencia: los pujantes Estados Unidos ponían el dinero y la vieja Inglaterra el título. Falló el factor humano. Tras su majestuosa apariencia de gran garza del paraíso, con un interminable cuello sólo equiparable al del busto de Nefertiti del Museo de Pérgamo, latía un espíritu inconformista. Consuelo siempre recordaría el día de su llegada a Blenheim cuando, al traspasar los límites del parque, los sirvientes desengancharon los caballos del carruaje y se uncieron ellos mismos al tiro de madera, para arrastrar a los recién casados hasta la mansión.
No fue un buen presagio. En su libro El resplandor y el oro -The glitter and the gold - Consuelo ha dejado el testimonio de un mundo absurdo anclado en el pasado, en el que hasta el gesto más elemental debía escenificarse de acuerdo con un acotado ritual, de modo que si ella le pedía que encendiera el fuego al mayordomo éste, entre digno y ofendido, se apresuraba a llamar al criado cuya jerarquía y obligaciones incluían ese cometido. En los sótanos de Blenheim todavía pueden verse las hileras de campanas accionadas por kilómetros de cables y poleas que permitían identificar quién de los de arriba llamaba a quién de los de abajo. Cuando Consuelo se cansó de aprender las relaciones de parentesco dentro del centenar de grandes familias que les visitaban, el matrimonio de conveniencia se convirtió en matrimonio de aburrimiento y ella terminó marchándose con un amante.
La persona con la que más había congeniado en aquel mundo sofocante era el joven Winston cuya pujante carrera política y literaria, cuyo entusiasmo y energía, le permitían descubrir algún vestigio de vida en medio del gigantesco mausoleo. Tras su traumática separación, Churchill siguió siendo amigo tanto de Consuelo -cuya casa en la Riviera frecuentó toda su vida- como de Sunny. Él se volvió a casar con otra americana, Gladys, que acabó traumatizada por el deterioro del implante de parafina que rellanaba su nariz tras haberse sometido como conejillo de indias a una operación pionera de la cirugía estética. A comienzos de los años 30 ella vagaba por la casa rodeada de varias docenas de perros spaniel que iban dejando su rastro de excrementos por las cortinas y paredes enteladas, mientras Sunny la seguía tratando de arreglar cada estropicio.
Poco después del inevitable segundo divorcio y cuando, tras convertirse al catolicismo, acariciaba la posibilidad de ingresar en un convento de clausura en España, el Noveno Duque de Marlborough pasó a mejor vida. El obituario de un periódico describió sus últimos días como los de «un patético pavo real vagando por jardines desiertos». Churchill estuvo a su lado hasta el final e hizo su mejor elogio fúnebre: «El tamaño y el coste de la gran casa que era el monumento a las victorias de sus ancestros siempre pesó sobre él porque estaba convencido de que su primer deber en la vida era preservarla y embellecerla; sacrificó mucho, tal vez demasiado a ello, pero ha triunfado porque a su muerte Blenheim ha pasado de manos en mejor estado que nunca».
EPISTOLA
De Sunny a Sunny. Antes del concierto, el Undécimo Duque de Marlborough -también apodado así porque el alias va unido a la sucesión en el condado de Sunderland, igualmente vinculado a la familia- se esmera al presentar a Gorbachov a sus invitados más especiales en una acogedora antesala. Allí están algunos de sus parientes, como su hija Henrietta, organizadora del evento, su tía Mary The Mouse o el hijo de ésta, el parlamentario Nicholas Soames, heredero de las ideas conservadoras, los hábitos de bon vivant y el perfil orondo de Winston Churchill. También aparecen el ex secretario del Foreign Office Douglas Hurd y el embajador ruso que han venido a arropar al orador.
He visto una foto del año 41 en la que este nuevo Sunny Marlborough, delgado y pálido como una espátula adolescente dentro de su abrigo de tweed, acompaña a su tío abuelo, ya primer ministro, en una visita de inspección a la bombardeada Liverpool. Churchill era además su padrino y en sus recuerdos de adolescencia ha quedado grabada la injusticia de aquella derrota electoral del 45. Cuando llegue el momento de presentar a Gorbachov ante la selecta audiencia, ese será, al cabo de 62 años, el punto de referencia de su paralelismo: «He aquí a uno de los dos hombres que tuvieron el mérito de acabar con la guerra fría. Perdió el poder, como Winston Churchill, cuando estaba en la cumbre de sus logros, lo cual prueba, una vez más, que en la política no existe la gratitud».
¿Fiel pero desdichado? Desde luego a Gorby no parece durarle aún el trauma de su humillante caída. En esa improvisada tertulia antes de que comience el acto, le pregunto qué se le pasó por la cabeza cuando hace pocos días supo la noticia de la muerte de Yeltsin, el hombre que, en la práctica, le echó del poder tras el fallido golpe de Estado de los dinosaurios del Kremlin. Al responderme, sonríe como quien muestra una buena baza en una partida de cartas:
-Cuando supe lo ocurrido, le escribí unas líneas muy afectuosas a su esposa, Naina. Le dije que aunque tuvimos grandes diferencias, los dos tratamos de hacer lo que más les convenía a nuestro país y a nuestro pueblo. Y decidí que no haría ningún otro comentario público. Sólo puedo decirle que era una persona muy difícil y que yo le traje a Moscú.
-Bueno, esa es una reacción magnánima. Muy... churchilliana. Ya tienen ustedes otra cosa en común, además del Telón de Acero.
Gorby agradece el cumplido, pero lo que le apetece es adelantarme parte de las tesis de su inminente perorata
-Stalin tenía celos de Churchill. Se enfadó tanto con su discurso de Fulton, que no permitió que se difundiera. Hasta la época de Kruschev no supimos qué es lo que de verdad había dicho. Lo que yo sostengo es que después de Fulton no debió comenzar la guerra fría, sino extenderse la cooperación.
¡El discurso de Fulton! Es cierto que pocas veces unas cuantas palabras, una frase bien urdida, una mera aunque elocuente metáfora, han logrado cautivar el imaginario colectivo de una generación como las que Winston Churchill pronunció aquel 5 de marzo de 1946 en el gimnasio universitario de la pequeña localidad de Missouri a la que había llegado después de un viaje en tren de veinticuatro horas -y unas cuantas partidas de póker de por medio- con el presidente Truman. Mary The Mouse recuerda con detalle lo ocurrido, a través de las cartas, llenas de observaciones y detalles, que le enviaba su madre desde Estados Unidos.
Dirigiéndose a su primer mandatario y al pueblo norteamericano en general, arrastrando las eses con la oratoria enfática e impactante que la radio había hecho familiar durante la guerra, Churchill formuló allí su histórica advertencia: «Desde Estetin en el Báltico hasta Trieste en el Adriático, un telón de acero ha descendido a través del Continente. Detrás de esa línea quedan todas las capitales de los antiguos Estados del Centro y el Este de Europa. Varsovia, Berlín, Praga, Viena, Budapest, Bucarest y Sofía, todas esas famosas ciudades y las poblaciones alrededor de ellas han quedado en lo que debemos llamar la esfera soviética... Esta no es ciertamente la Europa liberada por cuya construcción hemos luchado. Ni tampoco una que contenga los elementos esenciales de una paz permanente».
Su consejo final -«No hay nada que los rusos admiren más que la fuerza, ni nada que respeten menos que la debilidad militar»- le mereció duras críticas de la prensa pacifista y el perpetuo sambenito de impulsor de la carrera de armamentos. El propio Truman se desmarcó del mensaje como si no lo hubiera leído y elogiado cálidamente durante el viaje en el tren. Pero lo cierto es que una semana antes de todo ello ya se había recibido en el Departamento de Estado el famoso «telegrama Kennan» en el que un joven y prometedor diplomático destinado en la embajada en Moscú -el mismo George Kennan que murió hace veinticinco meses a los 101 años, farfullando bien articuladas críticas a la intervención en Irak- proponía convincentemente, con las mismas razones que Churchill, la política de la «disuasión» encaminada a «contener» a la Unión Soviética, sobre la que se articularía la Guerra Fría.
-Toda mi vida he combatido el espíritu de Fulton -me explica Gorby-... incluso en el propio Fulton.
En el 46 él era sólo un chaval avispado que en su aldea de Privolnoye, en el borde meridional de Rusia, alternaba las durísimas jornadas de trabajo ayudando a su padre a manejar una traqueteante segadora de gasógeno, con el aprovechamiento escolar que le permitiría convertirse en el primer joven de toda la comarca en llegar a la universidad. Pero es cierto que durante su meteórica carrera como líder soviético una de sus grandes obsesiones fue alancear quijotescamente los molinos de viento de la Guerra Fría cuya simbólica puesta en funcionamiento se atribuía a Churchill. «Ya le dije a la señora Thatcher que no considero correcto seguir basando la política de finales del siglo XX en el discurso de Fulton», puede leerse en la transcripción de su decisivo encuentro de abril del 87 con el Secretario de Estado norteamericano George Shultz. Incluso un año después, preparando una intervención clave ante las Naciones Unidas se hizo el propósito -así consta en sus Memorias- de que «el discurso debía de ser antifultoniano, un Fulton de signo opuesto».
Y es cierto que en mayo de 1992, ya destituido, acudió al tantas veces aludido y mitificado pueblecito de Missouri para, desde un estrado al aire libre y ante la enorme expectación de miles de asistentes, desarrollar su tesis de que después de la Segunda Guerra Mundial «los líderes de los Estados Unidos y la Unión Soviética dejaron escapar de sus manos la oportunidad de la paz». Esa va a ser también la primera premisa de su homilía de hoy, pero antes deberá de escuchar algunas piezas de música sagrada junto al altar mayor de este templo de la Historia.
HOMILIA
El altar es la plataforma que ocupa el centro de la espléndida biblioteca de los Marlborough -cincuenta y cinco metros de largo, imponentes techos artesonados, retratos y esculturas de los primeros duques y la Reina Ana y el espectacular órgano construido por el reverendo Willis al fondo- a la que accedemos a través de un doble arco triunfal de mármol, flanqueado por las estanterías en las se alinean los frutos de tres siglos de civilización y conocimiento. Y la música sacra -bueno, en realidad, piezas de grandes compositores rusos en honor del predicador invitado- corre a cargo de la Orquesta de Cámara de la vecina Universidad de Oxford.
Para que, cursivas al margen, la sensación mística sea completa, el director dedica el concierto de esta misa mayor, a la que los hombres hemos acudido de esmoquin y las señoras con sus vestidos largos más hermosos, a la memoria de Rostropovich, fallecido esa misma semana. Y mientras los músicos locales atacan el melancólico vals de la Serenata para Cuerda en C Mayor de Tchaikovsky, la imagen del gran Misha, tañendo su violonchelo junto al Muro de Berlín para celebrar la caída de ese Telón de Acero cuyo principio y final une a los dos gigantes del día, parece corporeizarse bajo las falsas bóvedas de nuestra catedral.
«Churchill fue un hombre para la Historia», comienza diciendo Gorbachov para, a continuación, introducir la primera de sus citas: «Cuando decimos que el pasado pertenece al pasado, estamos sacrificando el futuro».
Por eso el último secretario general del PCUS digno de tal nombre evoca la tremenda encrucijada del 40 en la que un líder creíble sólo podía pedir «sangre, sudor, lágrimas y esfuerzo». La energía y determinación de Churchill reviven ante nosotros a medida que Gorbachov describe las «grandes palabras» del discurso radiofónico en el que el jefe de aquel gabinete de guerra se reafirmó en sus críticas al comunismo, pero anunció que «ahora el único propósito es destruir a Hitler», cimentando las bases de la alianza con la Unión Soviética.
Gorbachov omite el irónico comentario autojustificativo de Churchill -«Si Hitler invadiera el infierno, yo tendría alguna buena palabra para el diablo»- y prefiere centrarse en lo positivo de aquella colaboración: «La victoria sobre Hitler fue un triunfo común. Luego vinieron momentos dramáticos, pero la guerra fría nunca se hizo caliente... El conflicto ideológico degeneró en una división artificial del mundo, hasta que las nuevas generaciones la rechazaron».
Y enseguida van desfilando ante una audiencia ya capturada por el sentido de la trascendencia y el valor del testimonio, las figuras de Margaret Thatcher, Helmut Kohl, François Mitterrand y sobre todo Ronald Reagan a quienes Gorbachov rinde un sentido tributo, presentándolos como los «líderes valientes» que durante su glasnost y perestroika le ayudaron a terminar con «aquellos estereotipos en cuyo nacimiento estuvo directamente implicado Churchill». Golpe bajo que muy pronto corrige, presentando al homenajeado como precursor de la distensión paneuropea.
Pero Gorby no ha venido a hablar sólo del pasado. Según él, la actual situación internacional empieza a parecerse peligrosamente a la de después de la Segunda Guerra Mundial. El denominador común es «la falta de confianza entre las grandes potencias» y pone como ejemplos lo ocurrido con la invasión de Irak y el deterioro de las relaciones entre Estados Unidos y Rusia. Lo tiene claro tanto en relación con lo uno («La responsabilidad del actual callejón sin salida es de la administración norteamericana») como con lo otro («Putin tiene razón al advertir que Rusia debe ser tratada sobre bases de igualdad»).
EUCARISTIA
En este sancta sanctorum del conservadurismo británico Gorbachov está defendiendo las bases esenciales de una política internacional progresista: apoyo a las Naciones Unidas, advertencia seria sobre los riesgos medioambientales, críticas a los gobiernos que permiten que crezcan las diferencias entre ricos y pobres... Pero justo cuando la benevolencia general empieza a ser sustituida por algunos ceños fruncidos, el hábil malabarista echa mano de nuevo del vademécum churchilliano para borrar toda sombra de tensión con la cita perfecta en el sitio perfecto y el momento perfecto: «Bueno, en definitiva debemos confiar en que los norteamericanos harán lo correcto... después de que hayan intentado todo lo demás».
Las risas y aplausos pueblan el aire y Gorby remata la faena con unas sensatas reflexiones sobre la «crisis de la política» y la falta de mecanismos de reacción a los grandes problemas planetarios: «Todavía no hemos aprendido a vivir en un mundo global». Mary The Mouse le entrega una placa conmemorativa en medio de una cerrada ovación general, pero a esta liturgia aún le falta su apoteosis.
Después de que una soprano interprete varias canciones populares rusas, son los arrogantes tubos metálicos del Organo Willis los que entran en acción desde su pedestal ornamentado con molduras de querubines, atacando los inconfundibles sones imperiales de Pompa y Circunstancia de Edward Elgar. La pieza fue compuesta en 1901 cuando aún reinaba Victoria y Winston Churchill era ya miembro del Parlamento. Un año después su adaptación como marcha solemne para la coronación de Eduardo VII, incluyó la incorporación de la letra de la oda Land of Hope and Glory.
Ese es el himno -concretamente su segunda estrofa- que todos los presentes entonan puestos en pie, en un crescendo de tres repeticiones que va elevando a la vez las gargantas y los espíritus.
«Land of hope and glory, mother of the free,
How shall we extol thee, who are born of thee»
«Tierra de esperanza y gloria, madre de los hombres libres,
Cómo podremos ensalzarte, habiendo nacido de ti».
Las voces del Undécimo Duque de Marlborough y su hija Henrietta, de Mary The Mouse y su hijo Nicholas Soames Churchill, de Neil y Serena Balfour, de Sir Douglas Hurd y su esposa se funden en un único cántico de nostalgia hacia las gestas del pasado. Gorby les observa, también en pie, con una mezcla de respeto y envidia. Mi voz se une a las suyas. Pronto cada columna, cada tapiz, cada mueble del palacio parece haberse sumado al coro.
«Wider and still wider shall thy bounds be set :
God, who make thee mighty, make thee mightier yet»
«Lejanos y aun más lejanos se fijarán tus límites:
Dios que te hizo poderosa, te hará más poderosa aún».
No es tan sólo la elegía a una nación sino a toda una concepción del mundo. Es el réquiem eterno por un siglo XX -el siglo de Gorbachov y Churchill- que engendró abominables monstruos, superó terribles pruebas y terminó haciendo razonablemente sus deberes. ¿Podrán los hijos de nuestros nietos decir lo mismo de este que acaba de comenzar?
«Primero nosotros damos forma a los edificios, pero luego los edificios nos dan forma a nosotros», escribió su más ilustre hijo a propósito de Blenheim Palace. Eso mismo podría decirse de los prejuicios, las convenciones y las fantasías ideológicas. Todos los presentes somos parte del mobiliario que el nuevo mundo ha recibido como herencia. Miramos hacia atrás con orgullo, pronunciamos las palabras Dios y Libertad con un temblor en la garganta, pero ni siquiera podemos dar ya fe de ninguna incertidumbre.
pedroj.ramirez@el-mundo.es
© Mundinteractivos, S.A.

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