FRANÇOIS BAYROU TIENE BUENA PARTE DEL MÉRITO DE HABER REAVIVADO LA POLITICA DURANTE LA CAMPAÑA DE LAS PRESIDENCIALES FRANCESAS PESE A HABER QUEDADO FUERA DE LA CARRERA AL ELISEO. MUCHO DE SU CENTRISMO ESTA EN LOS MENSAJES DE UNIO.
Hoy sabremos, finalmente, quién presidirá la República Francesa, después de una campaña electoral larga, intensa, fecunda, en el que se habrán vivido momentos muy variopintos, pero de la que emerge, para nuestra satisfacción, una evidencia clara: la elevada participación en la primera vuelta (y previsiblemente también hoy, en la segunda) y los debates habidos sobre políticas concretas y valores que reflejan una repolitización saludable de Francia, sin que ello represente atizar fantasmas de enfrentamiento fratricida.
El debate televisivo del pasado miércoles incidió en ese punto envidiable. Y todo ello pese a los pronósticos agoreros que podían cundir si nos ateníamos a la constatación de que la sociedad francesa daba síntomas preocupantes de agotamiento, paralizada ante retos formidables de gobierno y de gestión pública, desahuciada ante la eclosión de conflictos sociales de difícil abordaje, dubitativa y crecientemente malhumorada ante la incógnita sobre el engranaje francés en el proyecto común europeo, etc.
No cabe duda de que buena parte del mérito de reavivar la política francesa recae en el candidato centrista François Bayrou, pese a haber quedado eliminado en la primera vuelta de la elección presidencial. El líder bearnés ha influido enormemente en el desarrollo de toda la campaña, al fustigar las inercias de la confrontación omnipresente derecha-izquierda (o UMP-PS) que impera en Francia, a su juicio empobrecedora. De hecho, François Bayrou se ha erigido como paladín de una alternativa clara: con un mensaje vivaz, ha querido recuperar el pulso de la sociedad y de la política galas, sin demagogias baratas, sino transmitiendo, desde la convicción profunda, la ilusión de quien se sabía que no estaba ni por una Francia ni por la otra, sino que pretendía que emergiese una tercera. Y esa tercera Francia era la que había de permitir superar, precisamente, el estancamiento bipartidista actual, desde un revitalización de los valores republicanos, aglutinando voluntades y adhesiones de todo el espectro político democrático bajo la bandera de una profunda reforma institucional. Una Francia, en definitiva, firme, generosa, serena, rehabilitada.
Salvando las distancias, mucho de lo que defiende François Bayrou, así como el tono y el talante por él exhibidos, aparecen en los mensajes -recientes y más lejanos- de Unió Democràtica de Catalunya, partido político que, dicho sea de paso, ha tenido, desde su creación en el lejano año 1931, una larga y fecunda relación con los movimientos demócratacristianos franceses, a los cuales se adscriben hoy el propio Bayrou y buena parte del partido UDF.Sin ir más lejos, cabe resaltar aquí que el libro Entre una Espanya i l'altra. De l'11-M a l'atemptat de Barajas (también editado en castellano), de Josep A. Duran i Lleida, incide en esta lógica política que abunda en la profundización democrática, en la medida en que huye tanto de la dilución como de la exacerbación ideológicas.La receta resulta simple, pero, sin duda, arriesgada: es preciso mojarse, tomar partido, sin mirar de reojo a los rivales ni a lo que se considera políticamente correcto, pero huyendo, asimismo, de los prejuicios, de la descalificación del adversario y, con más motivo aún, de su anatematización.
La recuperación del centrismo, como actor o, en su caso, catalizador del juego político, es la gran lección que se puede extraer de las elecciones presidenciales francesas, pese a que quien las ganará será de derechas o de izquierdas. Y ello ha de servir de regocijo para los que primamos la convivencia, la moderación, el sentido constructivo y la cortesía en la vida política y social.Con el 6-M, el paisaje político francés habrá quedado alterado, sin que, por ello, el debido contraste de ideas y propuestas haya estado reñido con el temperamento ni con la vehemencia.Podría decirse, acaso, que incluso el electorado francés ha agradecido que se den mensajes fuertes, que se debata sin componendas ni cortapisas ni sordinas. Francia habrá aprovechado, con acierto, la oportunidad que se ha dado de recuperar el entusiasmo o, por lo menos, el interés en la política y en todo lo que le rodea, mejorando así significativamente la democracia. Lo cierto es que la sociedad francesa habrá sabido encontrar el punto justo de confrontación política, un punto que está en las antípodas del recurso tan rastrero a la política visceral que, por desgracia, se da demasiado en esta parte de los Pirineos.
Cabe desear, para acabar, que la presidencia de la República y, en general, el pueblo francés disfruten de un quinquenio tranquilo, provechoso. En todo caso, ya han salido ganando con la campaña tal como se ha desarrollado, porque ha servido para reactivar la democracia, recuperar el debate y llamar a la movilización cívica. Ojalá cunda el ejemplo.
Joana Ortega i Alemany es portavoz de UDC y diputada de CiU
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