«NUESTRO AJO IBA A PICAR MAS QUE NINGUNO»

Afinales de 1999, tras 12 años dirigiendo la segunda etapa de Ajoblanco como revista cultural independiente, decidí emprender un ambicioso proyecto literario: despertar algunas de las voces rebeldes que iluminaron el despertar de la libertad en España. Mucho se ha escrito de la transición, pero casi siempre desde el pragmatismo de los políticos que la pactaron, pocas veces desde la ingenuidad de quienes la soñamos diferente. Mi proyecto consistía en rescatar del olvido a los protagonistas callejeros de un cambio trascendental en nuestra historia común. Viví dicho periodo amarrado a una nave en forma de revista, primero contracultural, a partir de 1976 libertaria. Ajoblanco aglutinó en los 70 la inquietud de una generación que necesitaba la justicia social, la libertad sin tapones y escapar de los tabúes. La juventud salió a la calle y emprendió una revolución en las costumbres cotidianas y en las formas de crear nueva cultura sin pedir permiso, por la cara. «La libertad se toma no se mendiga», proclamábamos a los cuatro vientos.

Había guardado libretas, agendas, correspondencia, direcciones y revistas más o menos undergrounds editadas en el periodo que me proponía revisitar. Jamás se me pasó por la cabeza que iba a tardar siete años. No me arrepiento. Ha sido una tarea dura, que me ha reconectado con unos protagonistas y unas actitudes cotidianas que aún siguen vigentes. Desde el principio supe que tendría que buscar recursos literarios nuevos pues no pretendía analizar sino rescatar el día a día. Buscaba un libro de acción, ágil, dinámico, para que los que no hubiesen vivido aquello, lo sintiesen como algo vivo, y los otros recuperasen la memoria. Ahora que he concluido el trabajo, pienso que Los 70 a destajo es un libro ágil, sencillo y divertido en el que he conseguido devolver la voz sin nostalgia a unos mil personajes de entonces. Aquí unos extractos:

13 de septiembre (de 1973).

Los tres virgos del grupo Nabucco -José, Tomás y yo- celebramos conjuntamente nuestros cumpleaños el 13 de septiembre de 1973 en el restaurante Putxet en compañía de Ana Castellar, Antonio Otero, Alfredo Astor y su nueva novia, Keles (...). Flora, la dueña del local, nos había cogido cariño, supongo que por ser sus clientes más jóvenes. Antes del verano nos había prometido prepararnos el plato típico de su pueblo, elaborado con almendra tierna. José dijo que las traería de La Secuita, Tarragona, donde su padre tenía una finca de almendros. «Aquí tenéis la sopa que mi madre ha majado como si estuviera en su cocina del pueblo de Málaga», dijo Flora al servir el ajoblanco con aquel calor sureño que le granjeaba todo tipo de parabienes (...).

Yo guardaba aún en secreto la propuesta que iba a hacerles. (...) «Voy a montar una revista de arte y cultura con quien quiera seguirme fuera de los círculos de la facultad». Expresiones de sorpresa. «Es necesario dar voz a esa juventud que está harta de lo que hay, de la gauche divine, de los Novísimos y de los marxistas, y que necesita expresar lo que siente y verlo escrito en papel impreso». «¿Una revista de quiosco y legal?», preguntó escéptico Antonio, algo achispado a aquellas horas (...).

Febrero de 1974.

Bajé del castillo y me fui al drugstore del Liceo, el más canalla de la ciudad. En la barra, entre putas y rambleros noctámbulos estaban Quim Monzó y Albert Abril (...). «Ya tenemos artículo para el número cero», me dijeron. Entonces les dije, con cierta solemnidad, que había dado con el nombre de la revista. «Ajoblanco, la sopa más popular que existe. Ajo, almendras, aceite, sal, pan, agua, vinagre y granos de uva. Combinan bien».

(...) Para convencerles de las bondades de aquel nombre castizo y popular, les dije que el ajo picaba siempre y que el nuestro iba a picar más que ninguno. «¡Por el éxito de Ajoblanco!», exclamó Quim. Y levantó la copa de cerveza con una mano mientras con la otra rozaba las caderas de una vecina de barra. Tras el brindis, me contaron de qué iba a ir el artículo. Era una bofetada al espíritu del 12 de febrero que el nuevo presidente de Gobierno, Arias Navarro, había transmitido por televisión. Arias había proclamado una cierta apertura en las Cortes franquistas (...). Y anunció una nueva ley de asociaciones políticas, que la oposición clandestina rechazó y que a nosotros nos pareció más de lo mismo. (...)

18 de julio.

Como no estaba dispuesto a dejar suelto ningún cabo, había viajado a la capital a conocer a José Mario Armero, la conexión madrileña del equipo del despacho Bertran y Musitu, donde trabajaba Félix Vilaseca. Días antes había conseguido cumplimentar toda la documentación exigida y quise llevarla al Ministerio de Información y Turismo.

José Luis Fernández García, director general de Régimen Jurídico de la Prensa, me preguntó la edad. Cuando se enteró de que tenía 22 años, recuerdo que exclamó: «¡Qué barbaridad, cómo apretáis los jóvenes de hoy!». Cuando estuve seguro de haberme camelado a aquel hombre animoso le pedí su teléfono directo. El funcionario me dijo que en agosto el BOE no descansaba y que podía estar seguro de que a principios de mes saldría publicada la solicitud de Ajoblanco Ediciones para su inscripción en el Registro de Empresas Periodísticas. Aquel mismo día, José Mario Armero me había citado en Casa Lucio. (...) Sabía que Armero era un hombre poderoso que hablaba con Santiago Carrillo, Tierno Galván, Raúl Morodo y Enrique Múgica, entre otros, y que manejaba los intereses del capitalismo norteamericano en España junto a Joaquín Garrigues Walker. A tenor de lo que hablaba, comprobé que era uno de los hombres mejor informados del país. (...) Armero estaba seguro de que la situación evolucionaría hasta dar con una salida para España dentro del concierto internacional y de que Juan Carlos, apoyado por el ejército, iría optando por una democracia como las europeas. (...)

Al día siguiente, Madrid daba miedo. Bandas de guerrilleros de extrema derecha pululaban por la ciudad con banderas españolas y muchas ganas de bronca. Hacían sonar los cláxones de los coches y gritaban consignas contra los traidores que pretendían liquidar el régimen desde dentro, contra los rojos y contra los separatistas. Era el maldito año en que el régimen había ejecutado a Puig Antich. Yo paseaba por las avenidas con rabia (...).

Febrero de 1976.

1976 fue un año espontáneo en el que ningún partido consiguió controlar el ánimo revolucionario que se expandía por las calles y las fábricas. La libertad ya tenía pueblo, faltaba saber cómo iban a manejar los políticos que revoloteaban por los periódicos tal caudal de esperanzas.

No me cansaba nunca de trabajar y sin embargo no tenía sensación de hacerlo. Mi ilusión era contagiosa. En Ajoblanco, las secciones habituales de cualquier revista empezaban a ser otras: ODAF (Oficina de Ayuda al Freak), Ecología y planeta sano, Viajes, Antipsiquiatría, Salud, Terapias alternativas, Tu sexo tu gozo, Medicina preventiva, Oriente, Cooperativas, Acción Súper 8, Comuneros, Teatro de guerrilla, Arte y vida, Litercrack, Músicas para cambiar el estilo de vida. También habíamos conseguido poner en marcha la distribución paralela por todo el territorio, mediante una red de activistas que conectaba a profesores de instituto con universitarios, jóvenes obreros, responsables de teatros alternativos, organizadores de conciertos y libreros progresistas.(...) Un día, el director de la distribuidora, José Cadena, me llamó y me dijo que quería verme. Cadena era un fuera de serie al que toda la prensa alternativa le debe que este tipo de prensa se distribuyese por todo el país sin censura comercial, algo que europeos y norteamericanos no comprendían. «¿Cómo puede ser que la red de quioscos de un país que sale del fascismo reparta las revistas contra el sistema cuando en las democracias consolidadas esto es imposible?» El distribuidor me aconsejó subir la tirada. (...)

Años más tarde supe que Ramon Barnils bautizó aquella etapa como la de la ingenuidad, en la que un grupo de jóvenes que no iban de nada plasmaron la inquietud de su época en papel.

«Los 70 a destajo. "Ajoblanco" y libertad», de José Ribas, (editorial RBA) se publica el 11 de mayo.

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