PERSONAJE DE LA SEMANA

Siempre le ha gustado estar alejado de la multitud, pasar las horas muertas fotografiando todo lo que le rodea, pasar de largo ante las tentaciones lúdico-festivas que conlleva la práctica futbolística y que tantas veces acaban por devorar al profesional.«Viéndolo, nadie diría que ha sido futbolista», dice de él Javier Clemente, que le bautizó como Txingurri (hormiga en euskera) en el campo de La Chatarra del Espanyol.

Tan discreto como cuando abandonó el Sestao para pisar por primera vez el vestuario del desaparecido Sarrià, hace ya 20 años, Ernesto Valverde Tejedor (Viandar de la Vera, Cáceres, 1964), en plena cresta de la ola y ahora como jefe del banquillo blanquiazul, quién lo iba a decir, sigue ganando batallas desde la humildad.

Valverde, a quien el maldito 18 de mayo de 1988 se le ocurrió tocar el trofeo de la Copa de la UEFA en el descanso, bendita ocurrencia, vivió aquella traumática final de Leverkusen en el banquillo. A diez días de la final de Glasgow, 19 años después, el cacereño se siente preparado para exorcizar al Espanyol del trauma que ha marcado a toda una generación. Descensos a Segunda, derribo de Sarrià, cansinas guerras de los llamados prohombres del espanyolismo por el control de la casa... Demasiados frentes abiertos para un club que siempre ha maldecido su suerte por tener que compartir espacio vital con el Barcelona. Con los últimos cetros coperos y la bonanza económica que debería traer consigo el nuevo estadio de Cornellà, el Espanyol vive su particular buenaventura.

El presidente Daniel Sánchez Llibre le deseó suerte a Valverde, su décimo entrenador en nueve años, el día de su presentación.«La suerte hay que buscarla», fue la respuesta del cacereño.Y la ha encontrado a su estilo, enseñándole a los futbolistas que existe mundo más allá de su ombligo.

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