La inmobiliaria valenciana Astroc, valor estrella de la era del ladrillo, ha sufrido una vertiginosa caída bursátil. En el 2006 protagonizó un debut fulgurante, y luego un alza sostenida, que le llevó hasta una revalorización del 1.000%. Pero, hace dos meses, esta sociedad inició su declive. A finales de febrero, el título se pagaba a 72,6 euros. El viernes cerró sesión a 14,02. En pocas semanas, había perdido cuatro quintas partes de su precio.

¿A qué obedece una caída de estas proporciones? Los conocedores del sector la habían vaticinado tiempo atrás, argumentando que la acción de Astroc estaba sobreponderada y que acabaría emparejando su precio con su valor. Es una razón sin duda plausible, que hace al caso. Pero a mí me ha llamado más la atención un motivo de orden general, aducido por un analista financiero que explicó el batacazo con estas palabras: "El pánico es simétrico a la codicia". Es decir, aquellos accionistas que obran guiados por un insaciable afán de lucro son los mismos que, llegado el ciclo bajista, huyen despavoridos, atropellándose unos a otros. De ahí el hundimiento de Astroc. De ahí y también, claro, de la volatilidad del producto.

Pánico y codicia forman una pareja extraña, aunque propia de nuestros tiempos, marcados por la inseguridad y la abundancia. Pánico lo hubo siempre en la Tierra. El pánico es el temor producido por un peligro inminente que fácilmente resulta contagioso y, por tanto, colectivo. Al pánico le dio nombre el dios Pan, divinidad silvestre a la que se atribuían los misteriosos ruidos oídos en montes o valles, para congoja de pastores y rebaños. (Digámoslo todo: también asustaba Pan, mitad hombre, mitad macho cabrío, por su carácter lascivo, su priapismo y su afición a perseguir ninfas o mancebos).

Por extensión, luego nos dio pánico todo aquello que podía reportarnos un quebranto. Y así hasta hoy. Pero la codicia, el afán excesivo de riquezas, es un fenómeno cuya difusión actual no conoce precedentes. Cierto es que siempre hubo codiciosos: ya decía Balzac que la avaricia -una de las formas de la codicia- empieza allá mismo donde termina la pobreza. Y pobres nunca faltaron. Pero jamás como ahora se dieron las condiciones para una popularización de la codicia. Cualquier insolvente, merced al bombardeo televisivo y publicitario, al exhibicionismo de tantas celebridades que se revuelcan en el lujo, tiene una idea de lo que le gustaría poseer y no posee, de lo que codicia. Todos acumulamos información más que suficiente para ser codiciosos. Y, por tanto, todos estamos a un paso del pánico.

¿Somos conscientes de ello? Parece que no, por más que abunden los indicios. Basta fijarse, por ejemplo, en los frutos de la era del ladrillo. La edad de piedra, también la de bronce, legaron a la humanidad habilidades y progresos. El siglo de las luces nos llevó a pensar que podríamos librarnos de la ignorancia y de la maldad. En cambio, la herencia de la era del ladrillo es un dogal de construcciones que han transformado nuestras costas en un pandemónium cacofónico, donde el otrora temible dios Pan no lograría hacer audibles sus ruidos (ni preocupantes sus asaltos sexuales).

¿Nos da eso miedo? Todavía no. Más bien nos da ganas de participar en el festín, de comprar, vender y, en la medida de nuestras humildes posibilidades, de especular, ajenos a todas las consecuencias pánicas y simétricas de la codicia, que nos aguardan ineluctablemente, ahí mismo, a la vuelta del movimiento pendular.