TRIBUNA LIBRE
Estaban mareando la perdiz. Fueron contumaces, no escatimaron presión mediática. A todas horas: en aeropuertos, en pabellones feriales, en saraos... Incluso siguieron a su hijo por los puticlubs sevillanos. Al final, se cobraron la pieza.
La detención de Isabel Pantoja el pasado miércoles por la noche, era la guinda que faltaba en esta hoguera de las vanidades lumpen-marbellí. ¿Una gloria nacional, un icono de la España profunda en chirona? ¡Qué duro es ser famoso en los tiempos que corren!
¿Han percibido que para ser alguien en este país hay que someterse al insulto, a la persecución o a la calumnia sistemática? Los medios han ido a por ella, y la han acabado convirtiendo en una especie de heroína de un Falcon Crest a la española, la más presentable de este circo marbellí con cuatreros del ladrillo, alcaldesas aficionadas al karaoke y políticos chorizos que se autotitulan presos políticos.
Menudo manjar: El festín de Isabel. Se han apuntado todos: sesudos columnistas, periódicos serios, las radios y, sobre todo, las televisiones.
Isabel Pantoja permanecía en la recámara del poder, para ser servida como cadáver exquisito, para ser ofrecida a los magazines de personajes de todo a cien. La más grande de una etapa escasamente glamourosa, de un star system cutre y de muy poco calado, llena lo mismo en Bilbao que en Cartagena. Es el único icono que vertebra a España. Y el poder político, que lo sabe, ha utilizado su arresto, y se ha producido un evidente ensañamiento judicial contra ella.
Nadie mejor que una señora entrada en arrobas para definir esta tragedia nacional. Madrid, Plaza de Castilla, 8 de la mañana de ayer viernes; tararea una canción de la terrorista canora: «Se me enchirona el alma».
¡Qué manjar para ese público despolitizado, aburrido, desencantado, que sólo se emociona con los chismes! La Pantoja entrando en el trullo gusta más que Robert de Niro en un peliculón de Hollywood. Qué golpe letal para la España profunda; qué suculentas plusvalías para la industria audiovisual especializada en comerse higadillos de los famosos. ¡Aquí hay material para varios monográficos tomateros!
Probablemente, no hay que buscarle mucho misterio a la dama y a sus circunstancias. Hay datos objetivos: vivió tres años con el señor Muñoz (imagen prototípica de la corrupción), ¿cómo no iba a estar, como mínimo, enterada de nada?
Ahora bien, en estos momentos, también conviene recordar a tantos observadores de la realidad que buscan una sola variable para explicar un acontecimiento que tan importante es la presuncion de inocencia como el principio de la igualdad legal. A quien no blanquea dinero negro ni defrauda a Hacienda no le detienen.
De la Pantoja, somos todos cómplices: el público, los medios, tantos colegas que la han convertido en una gloria nacional, que le han perdonado sus patinazos. ¡Qué sufrimiento el de esas madres, tan españolas, tan patriotas que disfrazan a sus hijos de pantojitas y rickismartin, y de folclóricas repelentes, y los mandan a los concursos de la tele a que canten, a que bailen, a que consigan los cutres aplausos y la fama que, en el fondo, siempre anhelaron para ellas!
En la década de los 70, la televisión era la morada de los dioses, de las estrellas de Hollywood, de los escritores de renombre, de la gentes con glamour. Ahora, en una venganza sin precedentes, la ordinary people ha tomado los platós, imponiendo su zarrapastrosa estética y su insoportable levedad.
Pero no culpemos sólo a los productores de televisión de la existencia del género basuril. Ellos saben que gusta, que es barato y que cuenta con la complicidad de una parte muy importante de la sociedad española. Tenemos la clase media más inculta del mundo occidental, que potencia y da esplendor con su dependencia a la telebasura. ¿Cómo es posible que Julián Muñoz, alias Cachuli, sea más conocido que Severo Ochoa, Miguel de Unamuno, Valle Inclán y, si me apuran, incluso que Picasso?
La televisión ha sustituido a la realidad, creando otra nueva en la que se trivializa todo lo negativo. Sus mensajes no sólo son frívolos e intrascendentes, sino que crean estilos de vida, concepciones del mundo, paradigmas sociales y gustos estéticos. Es mucho más barato meter a 20 mataos en un caserón de San Agustín de Guadalix -localidad donde se ubican los platós de Gran Hermano y otros espacios por el estilo- que mandar a Irak a un equipo de reporteros para que realicen un buen programa de investigación.
La Pantoja es en sí misma todo un género televisivo, y da más audiencia y resulta mucho más barato hablar de ella y mostrarla que una serie americana; por ello se la disputan a cara de perro por igual comunicadores de informativos y periodistas rosas. Algo similar a lo que está ocurriendo ahora ya pasó en Alcásser, con Pepe Navarro y con José Amedo. Ahora moros y cristianos se disputan el festín de Isabel: los Matamoros y Gabilondo y Lorenzo Milá -el periodista, eso sí, con rostro de perplejidad, más acostumbrado a hablar en La 2 del lince de Doñana que de los atentados de Bagdad-.
¡Lo que ha conseguido la Pantoja! Todos están locos por hincarle el diente. «¡Yo la vi primero!». La Brunete del periodismo de corazón con sobrada solvencia bibliográfica de la saga pantojil llevaba demasiados meses esperando cazar a la pieza, como para dejarla solo en manos del periodismo informativo, de los telediarios -que, por cierto, obtienen a diario sus picos más altos de audiencia cuando salen Casillas y Ronaldinho o con un asesinato a lo Truman Capote-.
Ahora la tele oficial, que sigue encargando a productoras particulares el grueso de su producción, ha visto que la Pantoja atrae audiencia y se sube al machito y quiere presa. Pues nada, la televisión rosa, barata y cotilla tiene género para todos. Así que, ¿por qué no utilizar La 2 para servir género rosa analizado por epistemólogos de la talla de Eugenio Trías, Fernando Savater o Angel Gabilondo? No sería mala idea ahora que han colocado los nuevos programadores del Ente los espacios culturales como Miradas, La Mandrágora, Redes y Estravagario a partir de las 12 de la noche.
Ayer, comentaba un castizo en el programa de radio de Carlos Herrera: «Con el tiempo que la han dejado para blanquear lo blanqueado y ocultar las pruebas, si la detienen no es por delincuente, sino por gilipollas».
Sabíamos que era una pieza a cobrar cuando la política exigiera un tributo, un baño de demagogia y plusvalía mediática. Y así ha sido. El zapaterismo necesitaba a una folclórica que jugase la champion para exhibirla como carne de cañón ante el marujeo vociferante, ante la rebelión de las masas. Necesitaba alguien representativo, alguien con tirón, un chivo expiatorio para adornar el fuego de las hogueras de las vanidades políticas. Pero, ¿con la Pantoja se cierra la caja de Pandora y no se apunta más alto?
No es de esperar que se cierre definitivamente este sabroso serial sobre Los Malayos, legitimados por la televisión como un producto muy consumible que ha dado grandes plusvalías a las televisiones generalistas. ¿Tirará la Pantoja de la manta e inculpará a otros ciudadanos de más alto status? ¿Estamos sólo en la versión lumpen de la historia? ¿Hay una segunda edición más glamourosa tipo Corrupción en Miami?
Lo que está claro es que la dama no es fácilmente doblegable. Tiene raza, es una superviviente de mil batallas, se mete en el bolsillo a una variopinta opinión pública y es estrella rutilante de la España profunda ¿Y ustedes creen que se acaba en un periquete con la España de siempre?
Estemos atentos al desarrollo de los acontecimientos porque, parafraseando a un programa de Telecinco, aquí hay tomate.
Lorenzo Díaz es sociólogo, escritor y periodista. Ha publicado: La radio en España, 50 años de TVE y La caja sucia. Telebasura en España.
© Mundinteractivos, S.A.

Sólo una aclaración: El "caserón"no está en San Agustín del Guadalix (Diós nos libre) sino en Guadalix de la Sierra. Ruego no cometa estos fallos tan elementales.Saludos,
Chulapa