Hubiera votado a Bayrou, por eliminación, pero los franceses le apearon en la primera vuelta. Así que, de poder votar como francés, estaría ahora en un serio aprieto. Igual que les ha pasado a no pocos franceses, mis simpatías iniciales por Ségolène Royal se han ido enfriando, sin que disminuyan los temores por la inflexibilidad de su rival, Nicolas Sarkozy.

Tendría serias dudas entre la indefinición de la candidata socialista y la rigidez ideológica del favorito, reforzada por su demostrado carácter autoritario y poco dialogante.

Al final, y para no quedarme como el asno de Buridán, que se abstendría, paralizado entre la sensibilidad de Royal y la dureza de Sarkozy, haría de tripas corazón, vencería mi natural inclinación a favor de la izquierda y votaría, no sin importantes temores, por el más reformista y realista, además de mejor preparado, que sin duda es el ex ministro del Interior. Bueno, una vez mehe definido, sin que sirva para otra cosa que para situarme ante ustedes los lectores, ya puedo entrar en materia.

Lo haré de un modo indirecto, dando la palabra a una amiga italiana, naturalmente, del norte, que obtiene beneficios importantes de uno de los importantes huecos que deja el sistema laboral francés. En pocos años, ha pasado de ama de casa abandonada por el marido a levantar una empresa, que ya llega a mediana, de servicios a los creadores de moda. Por ejemplo, en el 2004 armó dos viejos telares manuales de madera y se fue con ellos a unos lugares africanos en los que no hay electricidad, donde han hecho innumerables réplicas que funcionan a todo ritmo, tejiendo ropas singulares de gran valor artesano que vende a algunas de las más importantes firmas. Cada vez que hay un salón de moda en París, los diseñadores necesitan equipos dispuestos a reelaborar sus creaciones en muy pocas horas, a menudo en una noche. Como esa necesidad no puede ser cubierta, mi amiga viaja con unas docenas de buenas modistas de su empresa, las hospeda en un par de plantas de céntricos hoteles, y allí están de guardia, unos días cobrando bastante por no hacer nada, otros cobrando mucho más por trabajar duro. A la pregunta de cómo es posible que este servicio no puedan cubrirlo trabajadores franceses, me espetó: "Los franceses ya no quieren trabajar, y los sindicatos abonan esta pretensión. ¿Leíste Bon jour, paresse?".Pues eso. Eso es lo que dice querer cambiar Sarkozy, que pretende favorecer a la Francia que trabaja frente a la que simula trabajar o vive del trabajo ajeno. ¿A quién votaría mi amiga? ¿A favor de que eso cambie y ella se quede sin una importante fuente de ingresos? Mejor no se lo pregunto.

Francia es un país rico, aún más rico de lo que parece, en el que la inmensa mayoría de sus habitantes vive realmente bien. El capitalismo francés es muy singular, con la mitad aproximada de puestos de trabajo que dependen directa o indirectamente de la Administración o de la empresa pública o participada por el Estado. Pero funciona, en buena parte porque la Administración es un reloj, tanto para bien como para mal. Sarkozy, que se define como antiigualitarista, afirma con toda contundencia estar a favor de la promoción social de los que se esfuerzan en ganar dinero, suprimiendo las múltiples rigideces de una sociedad que se juzga a ella misma anquilosada y poco dinámica. Frente a eso, la candidata de izquierdas ofrece palabras algo vacuas como tranquilidad e imaginación, una nueva forma, más participativa, de gobernar, menos injusticia y la salvación de la Seguridad Social, así como un sinnúmero de medidas para reforzar la protección de los desfavorecidos y el igualitarismo.

Si mañana no se produce un vuelco espectacular sobre las perspectivas - el debate del miércoles por la noche no tuvo a mi juicio GALLARDO un claro ganador-, el ciclón Sarkozy será elegido presidente de los franceses. No lo den por hecho, porque en política pueden darse siempre sorpresas, pero permítanme escribir unas líneas como si fuera domingo por la noche y ya se hubiera proclamado vencedor. Que Dios les coja confesados. Agárrense que vienen curvas, también para Europa. Como líder, como protagonista de impacto de la escena pública, no tiene rival conocido. Tampoco cuenta con muchos precedentes su capacidad propositiva y su resolución operativa. ¿Cambiará de veras Francia? No lo creo. Una cosa es que lo intente, otra, que consiga llevar su ideario ni la mitad de lejos de lo que se propone. Al principio, si sale elegido, pondrá muchas cosas patas arriba. Pero topará con sucesivas oleadas de protestas - menudos son los franceses para defender privilegios de casta- que pueden ponerle en aprietos y hacerle perder popularidad. A no ser que se muestre aún más inflexible de lo que revela su trayectoria, el candidato favorito se verá forzado a dar bandazos en vez de ir en línea recta y a toda máquina. Con Sarkozy al frente de uno de los dos grandes motores europeos, nada ni nadie podrá quedar indiferente.