LA NUEVA AGENDA
Probablemente no tenga nada que ver, pero la decisión de Benedicto XVI de resucitar el infierno coincide con las horas más bajas del neoconservador más emblemático. La presión sigue aumentado sobre Paul Wolfowitz para que dimita como presidente del Banco Mundial, cargo que ocupa desde el 2005, a causa del trato de favor dispensado a su pareja, Shaha Riza, una funcionaria a la que ascendió y subió generosamente el sueldo.
Los neoconservadores han perdido peso. Unos se han retirado a tiempo, y otros, a la vista de lo que sucede en Afganistán e Iraq, han rectificado el tiro. Entre los que han desaparecido de la línea del frente están algunos de los más destacados firmantes del Project for the New American Century (proyecto para un nuevo siglo americano, 1997), considerado el manifiesto fundacional neoconservador. Éste es el caso de Paul Wolfowitz, el arquitecto de la guerra de Iraq, que en el segundo mandato de Bush pasó a ocupar la presidencia del Banco Mundial; de Richard Perle, ex asesor del Likud israelí y protegido de Wolfowitz, que lo reclutó para el movimiento, y también es el caso de Lewis Libby, jefe de gabinete del vicepresidente Dick Cheney, que ha sido condenado por obstrucción a la justicia, perjurio y falso testimonio.
El apartado de los neoconservadores que han rectificado el tiro no es menos interesante. El ejemplo más ilustrativo es el de Francis Fukuyama, autor del célebre El final de la historia y el último hombre,en el que cantó el triunfo de la democracia y del libre mercado. Fukuyama, posiblemente el más destacado de los intelectuales que firmaron el manifiesto neoconservador de 1997, ya no ve el mundo de la misma manera. Los neoconservadores que han reconocido errores son, básicamente, de dos tipos: los que consideran que a los doctrinarios se les ha ido la mano y los que dicen que la equivocación fue la manera como se condujo la guerra, no la doctrina. Entre los segundos está Perle. Fukuyama pertenece al primer grupo, por lo que se ha permitido recomendar a los neoconservadores que se armen de paciencia y que su idealismo sea más realista (America at the crossroads,Yale University Press, 2006).
El consejo de Fukuyama, un autor siempre en busca de una idea, no ha caído en saco roto. En diciembre del 2005, cuando Iraq ya era un caos y el talibán levantaba cabeza, Condoleezza Rice, la secretaria de Estado, rectificó para dar con la diplomacia transformadora,una síntesis de idealismo y realismo que recuerda la evolución de Fukuyama desde que la realidad le estropeó un magnífico análisis. Los hechos no han hecho buena la doctrina Bush, basada en el ataque preventivo, el cambio de régimen por las bravas y el convencimiento de que las elecciones, como por ensalmo, cambiarían todo Oriente Medio. Pero una vez desacreditada la doctrina, Rice lanzó la idea de la diplomacia transformadora, que pretende contentar a todos.
La diplomacia transformadora no renuncia al cambio de régimen y a la expansión de la democracia, por lo que aún podrá dar mucha guerra. Pero se lo toma con más calma, ya que se preocupa por la estabilidad, que es lo que importa a los realistas. La fórmula no reniega del idealismo de la agenda del primer Bush, tiene en cuenta las críticas del Congreso y de los aliados europeos - escépticos ante el simplismo de la ilusión democratizadora-, admite las situaciones caóticas de Iraq y Afganistán, y no hace ascos a los neoconservadores, que consideran hipócritas a los realistas. ¿Todos, pues, satisfechos?
William Kristol, editor de la biblia neoconservadora, The Weekly Standard,ha bendecido la diplomacia transformadora. "Los tiempos en transformación exigen una diplomacia transformadora. El término puede parecer una fantasía, pero contiene una verdad. Estados Unidos no es un poder partidario del statu quo", ha declarado Kristol al Financial Times.¿Tendrá, entonces, futuro la diplomacia transformadora o pasará a la historia con Bush? En cierto modo, Bush ha recorrido el camino de Clinton pero al revés. Clinton comenzó con la extensión de la democracia como primer mandamiento y después atemperó su ímpetu. Bush empezó abjurando de la construcción de naciones para después entusiasmarse con la idea y, finalmente, echar agua al vino.
¿Qué pasará, pues, después de la presidencia de Bush? ¿Puede haber un consenso bipartito en Washington sobre la diplomacia transformadora? Los demócratas aprietan las tuercas a Bush, pero tampoco faltan demócratas que acusan a los neoconservadores de haberles copiado algunas de sus ideas. Entre otros están Ivo Daalder y James Lindsay, autores de An alliance of democracies,y Ken Pollack y Ronald Asmus, que estuvieron entre los primeros en hablar de un Oriente Medio democratizado. Las ideas, ya se sabe, pueden ser como la energía, que no se crea ni se destruye, sino que sólo se transforma.
(RECTIFICACIÓN: En La Nueva Agenda anterior, Adiós a Andropov, cometí un error imperdonable al atribuir la firma del tratado de Fuerzas Convencionales de 1990 a Yeltsin, cosa que no pudo hacer ni borracho, ya que el mandamás era Gorbachov).

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