VICIOS DE LA CORTE

«No le pongáis las esposas», suplicó el abogado de la Pantoja a los maderos que la entalegaron. La cantante, como Marifé, Los Morancos y Juan Belmonte, ha nacido en un barrio donde la gente tiene miedo a las esposas, no sólo porque hacen cortes en las muñecas, ni porque sean un estigma, una señal y una mácula, sino porque las leyendas tienen que administrar su aureola y su inmortalidad.

Al contrario de lo que piensa José Luis Rodríguez Zapatero, la Pantoja es más que una famosa o una celebridad; es una mujer con leyenda, la nueva cigarrera, la gitana-vampiro, la canción de luto. No creo en esa versión genovesa según la cual el Gobierno ha querido tapar o abrigar con la bata de cola su desnudez e indigencia en Ibiza. Con la detención de la tonadillera llega el pellizco de la pena, la vanidad del dolor; ahora sí que es inmortal, y más si la meten a la trena y canta en los patios.

Si la Pantoja se ha llevado la panoja que la procesen, y que enjuicien a los mil alcaldes y espesos concejales que han podrido los ríos y han construido en el mar; y que se haga con focos, con luz y paparazzi. Pero en el país de los playboys de taleguilla, de las putas de plató y de los políticos trincones, reconozcamos que la cantaora ya ha cumplido parte del paquete.

Todas las tardes la acusan en el juzgado del set de ser una devoradora de hombres y de mujeres, de llevarse la pastizara de tortilleras y de barandas chorizones (Julián Muñoz es Don José). La han sometido a un proceso tan duro como aquellos de las brujas. Han descuartizado su mito, han perseguido a su hijo hasta los prostíbulos y la acorralan como si se hubiera llevado las patenas de la catedral.

En otras épocas, sujetaban los pies con grillos a los presos y el populacho les vejaba cuando se acercaban al brasero. Los galeotes, los herejes, los de la puñeta iban ensartados como cuentas en una gran cadena de hierro por los cuellos y, además, llevaban esposas en las manos.

Eso ahora sólo se estila en Guantánamo, aunque las recomendaciones de la ONU y los textos de Amnistía Internacional digan que ningún ser humano, a no ser que exista el peligro de fuga, debe ser sometido a tratos degradantes.

España presume mucho de democracia, pero exporta grilletes a países donde se practica la tortura. Se pavonea de un sistema garantista y los jueces administran la prisión preventiva, no sólo como una coacción, sino como un espectáculo. ¿Cómo reparar el daño que se causa a los detenidos sometiéndoles al linchamiento diario? Hoy el garrote y el potro son la telebasura. ¿Por qué los jueces termidorianos y estrellas entregan a los acusados a la crucifixión virtual?

La justicia necesita publicidad para el escarmiento. Pero a nadie hay que vejarle colocándole las esposas del arrastramiento.

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