OBSERVATORIO GLOBAL

Turquía ha estado de nuevo al borde de un golpe militar. Y en cualquier caso el pronunciamiento formal del estado mayor de las fuerzas armadas contra la candidatura de Abdullah Gül a la presidencia de la República ha creado las condiciones para bloquear su elección por el Parlamento y ha forzado la convocatoria de elecciones anticipadas para resolver la crisis constitucional. En el centro del conflicto se halla la contradicción entre nacionalismo secular e islamismo, un rasgo determinante de la geopolítica mundial.

Recordemos los datos básicos. En el 2002 ganó las elecciones con amplia mayoría en escaños (aunque sólo un 35% del voto) el partido Justicia y Desarrollo (AKP), un partido islamista moderado que ya las había ganado en 1995. Su triunfo anterior fue anulado por un golpe militar incruento en 1997. Y es que el poderoso ejército turco está enraizado en la tradición nacionalista secular instaurada por el fundador de la Turquía moderna, Kemal Atatürk, en 1923. En un entorno islámico y en un país musulmán, el proyecto de Atatürk era crear un país moderno y occidentalizado, con plena participación de las mujeres en la sociedad y con un Estado independiente de la tradicional influencia religiosa. Si bien distintos partidos políticos, y en particular el Partido Republicano (CHP), se inspiran en esa tradición, el principal defensor de la continuidad de ese proyecto nacionalista es el ejército. Y por eso dio cuatro golpes en la últimas cuatro décadas, aunque sólo el último estuvo motivado por el deseo de frenar el islamismo.

El auge del islamismo entre los sectores populares se manifestó sobre todo en los años noventa. Surgió en un contexto de crisis económica y social, de corrupción generalizada y de profundo desprestigio de la clase política. En esas condiciones, un pequeño núcleo de islamistas, dirigidos por Recep Tayyip Erdogan, adoptó un programa populista en lo social y moderado en la afirmación de los principios religiosos, aun sin ocultar su inspiración en los valores del islam. Ello le llevó a la alcaldía de Estambul y de allí al triunfo electoral de 1995. Tras la restauración de la democracia, el AKP propuso un programa en el que se afirmaba el respeto a los valores constitucionales del secularismo, concentrándose en estabilizar la economía y mejorar las condiciones de vida de la población. Ésa fue la combinación ganadora en las urnas: un islamismo socialmente progresista y sin traumas políticos. Efectivamente, desde el 2002 la situación económica y social de Turquía ha progresado sensiblemente, lo que ha reforzado la popularidad del partido de Gobierno. Erdogan ha impulsado además el proyecto europeísta de Turquía, intentando por todos los medios obtener el ingreso en la Unión Europea, si bien las negociaciones son complejas, lentas y sin muchas posibilidades de éxito a corto plazo. Muchos países europeos miran con recelo la posibilidad de admitir como europeo de pleno derecho a un país musulmán de 74 millones de habitantes y que dentro de diez años tendrá cerca de 90 millones y sería el país más poblado de la Unión, por tanto con mayor peso que ningún otro en las instituciones europeas. No deja de ser paradójico que sea un partido islamista el que haya puesto más empeño en la europeización de Turquía. En realidad, es coherente con el proyecto de Erdogan, que ha suscrito con Rodríguez Zapatero la estrategia de la alianza de civilizaciones. Es decir, el intento de crear mecanismos de coexistencia en el respeto mutuo entre las sociedades de matriz cristiana y las de impronta musulmana. Sin esa compaginación, la coexistencia de islamismo y modernización que caracteriza Turquía sería inviable y por tanto el país entraría en la contradicción entre su cultura y sus instituciones.En ese trasfondo, en el último mes se tenía que proceder a la elección del presidente de la República (con poderes limitados pero reales) por el Parlamento. El partido islamista, con mayoría absoluta, presentó a uno de sus líderes, Gül, actualmente ministro de Asuntos Exteriores. Los partidos de la oposición decidieron boicotear la elección por temer que dicha elección sería un paso decisivo hacia la islamización del país. El famoso velo se convirtió de nuevo en símbolo de conflicto identitario. Y es que la esposa de Gül había sido expulsada de la universidad precisamente por llevar velo. Por lo cual declaró que cuando fuese primera dama no renunciaría a llevar velo, como tampoco hacía actualmente. La imagen de una primera dama con velo pareció atacar a la raíz misma del secularismo turco y motivó a más de un millón de personas a salir a la calle en Estambul, Ankara y otras ciudades para protestar contra el peligro de islamización.

Fue entonces cuando el ejército publicó su advertencia formal contra la elección de Gül. Finalmente, el pasado martes el Tribunal Constitucional, a instancias de la oposición, anuló la elección por no disponer de suficiente quórum en el Parlamento, aunque no hay consenso de los juristas sobre lo que realmente dice la Constitución al respecto. Pero aunque Erdogan ha protestado por la decisión, la ha acatado y ha visto una salida política a la crisis mediante la convocatoria de nuevas elecciones y la propuesta de una reforma de la Constitución que permita la elección del presidente por voto popular directo.

La crisis actual parece pues superada, pero el conflicto latente no está resuelto. Porque lo que se enfrentan son identidades contrapuestas enraizadas en distintos grupos sociales. El secularismo está vinculado al nacionalismo turco, otra forma de expresión identitaria, y es este nacionalismo el que fundamenta la posición del ejército. Se reproduce así la oposición central de todo el Medio Oriente: nacionalismo contra islamismo, la nación frente a Dios. Eso es lo que fracciona a los palestinos entre Al Fatah y Hamas, lo que divide a los libaneses, lo que mantiene en tensión al nacionalismo egipcio contra los Hermanos Musulmanes, lo que motivó la revolución islámica de Irán contra el sha y lo que enfrento siempre a Sadam Husein con el chiismo hasta que el genio de Bush permitió a los chiíes sentar las bases de un futuro Estado islámico en Iraq. En el caso de Turquía este conflicto identitario tiene también una componente de clase. Esquematizando: los pobres apoyan al islamismo y la clase media hace del secularismo su bandera y del ejército su defensor en última instancia. Por eso la política moderada de Erdogan es percibida como una táctica para finalmente llegar a la imposición de la charia, la ley islámica. De ahí que la actual tolerancia al uso del velo en las escuelas, el apoyo oficial a sociedades islámicas, la creciente presencia del islam en la vida pública y el incremento del fervor religioso entre las clases populares sean interpretados como signos de un proceso gradual de alejamiento de Occidente e inserción en el mundo musulmán.

Y ésta es la verdadera cuestión, para Turquía y para Europa. ¿Son incompatibles islam y democracia? ¿Son recíprocamente excluyentes la legitimidad de la nación y la legitimidad de la religión? La apuesta de Erdogan, al menos en la práctica observada, es hacerlos compatibles. Si no lo fueran, si fracasara su intento y se desgarrara Turquía, su crisis sería también nuestra crisis, porque la creciente minoría musulmana europea tendría que concluir que sólo pueden formar parte de nuestra democracia sacrificando su identidad. Y es que, allí donde miremos en el planeta, no hay forma de librarnos de la cuestión de la identidad como tema central de los conflictos de nuestro tiempo. Cualquiera que sea nuestra opinión al respecto, ignorar las identidades o tratarlas como atavismos deplorables es rehuir la realidad del mundo en que vivimos.