ASI LO CUENTAN

La reanudación del juicio del 11-M tras el acueducto del 1 de mayo nos aportó, a través de las declaraciones de una abuela («la gitana Dolores», titula 'El País', en plan estereotipo étnico) y de quien sigue hoy de jefe de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil, otra muestra de estilos informativos diferentes.

De la declaración de la abuela sobre el teléfono móvil que fue de su nieto escribe en EL MUNDO Luis del Pino que «se deduce que lo que ella compró en la tienda de los hindúes era una tarjeta SIM que nada tenía que ver con la de la mochila de Vallecas, y un teléfono de un modelo distinto al de la mencionada mochila».

En cambio, el impresionista y a veces impreciso Pablo Ordaz lo narra así en El País: «Aquel móvil que ya le había fallado al churumbel volvió a hacerlo la mañana del 11-M. Estaba dentro de la mochila que no estalló en la estación de El Pozo» .

En lo que no cae Ordaz, que no parece tan familiarizado con el sumario como Del Pino, es en que lo que la abuelita reconoció ante la policía fue, sí, el teléfono que había sido de su nieto... pero no el de la famosa mochila, que no era ni de la misma marca. El teléfono que se le enseñó es (tal como consta en esa declaración) modelo TSM, no Trium T-110. Pero Ordaz, ni flores...

Por otra parte, las cosas tan raras que dice el coronel Hernando (¡ay, esa UCO!), que ¡ni hoy! se cree que nadie tuviese tanta dinamita en 2004, no llaman nada la atención a los reporteros de El País, que cuentan linealmente su declaración. En cambio, Victoria Prego lo fulmina en EL MUNDO: «La explicación a este dislate no está en el hipotético cerrilismo de un hombre que sigue teniendo hoy la altísima responsabilidad de proteger la seguridad de los ciudadanos. En absoluto. Está en que, con afirmaciones tan disparatadas, tan provocadoras, tan insostenibles como ésa, lo que él pretende es sacudirse el peso de otra responsabilidad mucho mayor, una responsabilidad moral que le cerca y le acecha según van pasando los días y los sucesivos testimonios van perfilando con claridad algunas realidades».

Y luego está Ernesto Ekaizer, quien esboza una especie de juicio paralelo al propio procedimiento, en términos casi apocalípticos, y vuelve a la futurología, esta vez a fecha fija: «¿Se imagina usted lo que puede sentir un magistrado que forma parte del tribunal que juzga el mayor atentado terrorista de la Historia de este país al ver cada día que una parte importante de los testigos y pistas son una desviación estratosférica, deliberada, respecto al objeto del juicio? ¿No es acaso como estar en medio de una sala de circo? (...) Estas jugarretas del tres al cuarto no son casuales. Los jueces Javier Gómez Bermúdez, Alfonso Guevara y Fernando García Nicolás tienen una agenda que no ocultan: visto para sentencia el 15 de julio de 2007».

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