En el día en memoria de los caídos en las guerras de Israel se celebraron ceremonias de homenaje en los cementerios militares, con discursos de personalidades de la política y el ejército. Sin embargo, los muchísimos civiles muertos en los últimos seis años fueron olvidados, pese a que su número es mucho mayor que el de los soldados caídos en operaciones militares durante esos seis años.
Y entonces me pregunto si como pueblo, como sociedad, podremos no sólo rendir un homenaje oficial sino dotar de verdadero significado a aquella abuela que murió junto a su nieta en la puerta de un centro comercial o a aquel joven que estaba desayunando en un café y que, de pronto, fallecía por una explosión y su sangre se mezclaba con la sangre del kamikaze, que estaba sentado en la mesa de al lado. ¿Y podremos rendir un tributo a aquel turista que iba en autobús contemplando el paisaje hasta que de repente se vio en medio de una escena dantesca? ¿Acaso seremos capaces de darle sentido a la muerte de un trabajador extranjero, chino, tailandés o rumano, sin apenas documentación, y del que por fin se encuentra una pista que dé con su familia para saber adónde repatriar su cadáver? ¿Y podremos algún día grabar en nuestra memoria colectiva a aquel médico árabe-israelí de Saknin o Dir el Asad que murió camino del hospital?
No obstante, no sólo deberíamos recordar a las víctimas civiles del lado israelí, sino también tener presente el duelo ciudadano al otro lado de la frontera, de la valla de separación o del puesto de control, y no olvidar a aquellos niños muertos en Gaza a causa de un ataque preventivo que no tenía ni podía tener un objetivo concreto, o a aquel bebé de Kabatia que nació en una ambulancia que aguardaba junto a un puesto de control israelí, cerca de Yenín, y que murió por falta de atención médica, o a aquel estudiante inocente de Bir Zait que andaba por una calle de Ramala y que fue disparado por nuestros soldados por considerarlo de antemano sospechoso.
Y a todos estos habría que sumar los civiles muertos el pasado verano a ambos lados de la frontera, en la guerra de Líbano, junto al refugio, o en su lugar de trabajo o en la terraza de sus casas. Éstos constituyen la mayor parte de las víctimas en las guerras de los últimos años, y si por desgracia estallase una nueva guerra, seguirían siendo sus principales víctimas: ciudadanos que no se alistaron para defender la patria, que nunca recibirán una condecoración por su heroísmo y junto a cuyas tumbas no habrá un cortejo militar ni se dispararán salvas en su honor. Así pues, ¿de qué forma el país podrá rendir homenaje a estos civiles?
Durante años, sobre todo después de la guerra de la Independencia, en 1948, cuando el límite entre civiles y militares era aún difuso, la sociedad israelí aprendió a convivir con el duelo por los caídos en combate y a recordarlos a través de un sinfín de canciones e historias populares. Las propias unidades militares dedicaron lugares concretos al recuerdo por los muertos en las guerras. Ysi el recuerdo sirve un poco de consuelo, sin duda los familiares de los soldados caídos gozan al menos de ese consuelo gracias al recuerdo de sus familiares en la memoria colectiva. En cambio, y más allá de lo que pueda hacer la Seguridad Social, ¿cómo se puede rendir tributo a esa madre que perdió a parte de su familia mientras comían todos en un restaurante? Es cierto que oficialmente las víctimas civiles están incluidas en el homenaje que se rinde a los caídos en las guerras, pero siempre quedan en segundo plano. Tal vez convendría fijar un día concreto en el calendario como día en recuerdo de los muertos civiles, tanto en el lado israelí como en el palestino, un día en común para ambos pueblos donde se recordase a los civiles caídos por la guerra a uno y otro lado de la frontera. Un día para contar la vida cotidiana de algunos de ellos, una ocasión para identificarse con el dolor y el duelo de los civiles del lado enemigo, algo que contribuiría aún más a esforzarse por evitar una futura guerra.

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