PREGUERIAS
Al principio se le escuchó con indolencia. La mañana había transcurrido espesa y sin color y la desesperación reinaba en las filas de los periodistas. Ninguno de los testigos había aportado algo digno de ser contado. Ni había tema, ni había titulares, ni existía la más remota posibilidad de llenar las páginas o los minutos que los medios de comunicación dedican cada día al asunto.
En éstas entró el hombre, alto y erguido, con melena rizada de negro zahíno, vestido de blanco nuclear, túnica y pantalones. Desde atrás no se le veían los pies pero iba mal calzado para lo que la ocasión habría requerido: zapatillas de cuadros, como de anciano español, y calcetines con números, como de adolescente norteamericano. Empezó a hablar en un susurro y, al principio, no repitió más que las frases de rigor: «No lo conozco, no le he visto antes». Hablaba de Rafá Zouhier, cuyo defensor le había llamado a declarar precisamente para eso, para que le ayudara a darle un empujoncito y sacarle fuera un poco más de la trama terrorista. Nunca lo hubiera hecho, el abogado.
Ni caso se le estaba haciendo, ya digo. Hasta que empezó a hilar las andanzas de uno de los acusados de la matanza de Atocha que lograron huir de España, Mohamed Afalah. ¡Aquello empezaba a tener sentido! Sus datos estaban bien hilados y correspondían a los hechos. Primera duda: ¿Es éste un tipo inteligente y hábil que lo ha leído todo sobre lo ocurrido el 11-M y nos está colocando una historia artificial, o nos está hablando un auténtico conocedor de los intestinos del terrorismo islamista en nuestro país?
Su declaración fue creciendo hasta convertirse en un torrente imparable de detalles, algunos espectaculares, otros nimios, pero todos muy precisos, que pueden ser ciertos o falsos y que ahora letrados, fiscales y jueces habrán de intentar comprobar. A esas alturas, los periodistas, frenéticos, volábamos tomando notas pero el hombre, que hablaba despacio y con la mirada fija en un punto del suelo, sin levantarla jamás, embutía demasiada información en cada frase y algunos datos se nos escapaban entre los dedos.
Había instantes en que aquello sonaba a milonga, pura patraña, y entonces era cuando en la sala se escuchaban rumores y se intercambiaban sonrisas, pero enseguida el relato volvía a anclarse en la realidad conocida y demostrada y levantaba otra vez el vuelo en medio del silencio. La fiscal, que era quien preguntaba, iba hilvanando sus preguntas sobre la marcha mientras intentaba recuperarse de la sorpresa. Y el hombre le contestaba una y otra vez con calma, después de uno o dos segundos de silencio y sin que en ningún momento llegara a dar el patinazo que todos esperábamos para poder concluir, aliviados por la certeza, que estábamos, en efecto, ante un embaucador. Pero certeza fue exactamente lo que no se despachó ayer en la sala del juicio. Ni entre los periodistas ni entre los abogados, ni entre los fiscales ni entre los jueces. Nivel de certeza, cero. Sólo pasmo.
Resulta muy prematuro, por lo tanto, darle al hombre o negarle la credibilidad de un plumazo, así en conjunto. Es mejor releer cada una de sus afirmaciones, cotejarlas con los hechos y, por descontado, acudir con cien ojos y mil oídos a la sesión del lunes que viene después de que, muy precavidamente, el presidente del tribunal decidiera levantar la sesión. Es demasiado el volumen de información que el individuo ha proporcionado y demasiado íntima la mezcla entre el heno y la paja que nos sirvió ayer. Hay que trillar.
Lo que sí podemos adelantar es que, de ser ciertas algunas de sus afirmaciones, este hombre está en condiciones de darle un vuelco al juicio del 11-M. No está nada claro, desde luego, que haya venido a apuntalar la versión oficial ni que su estrategia esté orientada exclusivamente a lograr la libertad de todos los acusados vivos. Lo único evidente es que puede haber abierto caminos insospechados en el examen de los hechos; que ha dejado colgadas incógnitas decisivas, y que podría estar poniendo en peligro la cabeza de todos los confidentes policiales y en el alero del escándalo el buen nombre de las Fuerzas de Seguridad españolas y el de nuestros servicios de información.
Por todo eso, es urgente esperar.
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