AQUI NO HAY PLAYA
Asumiendo de entrada la existencia irremediable de botarates con ganas de cancha, y asumiendo también que aquí no hay playa pero que tampoco la había bajo los adoquines de mayo del 68, pasemos a evocar los jacarandosos sucesos del pasado puente en 2 de Mayo y aledaños. Todo se reduce al arcaico principio del estímulo-respuesta: unos la montan y otros sacuden. Pero el principio no es del todo cierto. Habría que renombrarlo: estímulo-respuesta-respuesta-respuesta. Unos la montan, otros sacuden, los sacudidos la montan aún más parda y los profesionales de la porra se aplican ya en plan a lo bestia. Y todo es una crujiente Babilonia de sangre, sudor y tortazos a go-gó. Cuando en una plaza se juntan macarras y mamporreros fuera de control se monta parda. La ligera diferencia es que los segundos actúan respondiendo a algo, a alguien. O sea, pongamos por caso, no es probable que un retén de policías municipales o nacionales estén sentados en el cuartelillo jugando al tute y, de repente, el jefe se levante y suelte porque sí: «¡Hala, a currar!» (o sea, a trabajar currando al personal). No. Cuando la poli curra, es porque le han llamado. Y si le han llamado, es porque hay macarras en la calle jibando la marrana a tutiplén. Otra cosa distinta es eso, que algunos agentes del honorable cuerpo policial suelen travestirse de golpe y porrazo (glups) en Terminators de andar por casa. Y otra cosa distinta es que la proximidad de unas elecciones les recuerde a los que llaman que con los temas de la seguridad y de la inseguridad se rascan cantidad de votos.
Quien acaba quemando una barricada en Palma, en Valverde o en Madera porque le han dejado sin fiesta es un macarra. Mano dura, leña al mono. La guerrilla urbana es difícil de defender, pero siempre habrá pretextos, causas y lemas más justificables que otros. Al calabozo con los macarras, ya se llamen neonazis, redskins o simplemente niñitos disfrazados de Juana de Arco. En Francia, decenas de miles de estudiantes suelen pisar las calles cuando el Gobierno les toca las narices con la financiación de la escuela pública. Nuestros gladiadores de Dos de Mayo se pegan por el botellón y por el botellín, por la jarana y el hedonismo. Que luchan contra la opresión y tal y cual, dicen. A otro perro con ese hueso. Mi amigo Protasio Ibáñez es muy suyo, pero si no le dejan echarse una boñiga en el Retiro, pues no monta un pifostio del tres: se recoge las vergüenzas y a casita, con el rabo entre las piernas. Romper y quemar mobiliario urbano poniendo en peligro al peatón ajeno a la cosa es merecedor de colleja. Pasarse en la colleja -por vocación o por mala organización-, también. Dice Angel Gabilondo, rector de la Autónoma: mejor políticas de prevención que políticas de represión. Vale. Pero asumiendo que las dos son imprescindibles. A Dios rogando, sí, pero si no hay más remedio, con el mazo dando.
© Mundinteractivos, S.A.

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