Madrid, a botellazos y 'fotazos', de Montserrat Domínguez en La Vanguardia
FUERA DE FOCO
Mayo 1808: echamos a los franceses. Mayo 2007: echamos a los maderos. ¡Viva la utopía, viva la revuelta!". La pintada, rubricada por la A de Anarquía, podía leerse en una de las calles del madrileño barrio de Malasaña. En su epicentro, que en su día lo fue de la movida -¡snif!- está la plaza que Madrid dedica a los héroes que el 2 de mayo se levantaron contra las tropas francesas y quienes las consentían. Luego serían fusilados tal como se ve en una instantánea que hoy recibiría, sin duda, el Pulitzer o el World Press Photo de aquel 1808: los Fusilamientos del Tres de Mayo, vistos por Goya. La propia Manuela Malasaña que da nombre al barrio era una vecina del lugar, una costurera de quince años que murió en la refriega no sin hacer frente a los soldados franceses con sus tijeras: eso cuenta la leyenda.
El pasado lunes, exactamente dos siglos menos un año después de estos acontecimientos, las calles del barrio volvieron a vivir una batalla campal entre policías y jóvenes, que no protestaban contra Napoleón, ni contra su futuro incierto, ni para pedir viviendas asequibles, ni para denunciar los salarios paupérrimos. Lo que querían era beber en la calle. Punto. Ya había habido movida la noche anterior, que barruntaba una segunda parte más violenta aún, como así fue. Medio centenar de heridos, entre ellos varios municipales desbordados por los botellazos y los adoquinazos. Se defendieron a mamporros, sin contemplaciones, con una violencia directamente proporcional al pánico que debían sentir al verse rodeados por tres mil jóvenes. Manda narices que el alcalde Gallardón les mandara a proteger el perímetro de la plaza, mientras en las calles aledañas corría la cerveza y el alcohol. La cruzada antibotellón, cuando se hace sin medios, resulta mucho más letal para los vecinos, que amanecieron con el mobiliario urbano, los coches y las lunas de los escaparates del barrio literalmente destrozados.
El alboroto sólo se calmó con las primeras luces del amanecer, apenas unas horas después, de punta en blanco y como si nada, la Comunidad madrileña celebraba su día grande con desfiles y recepción en la Casa del Reloj. La plana mayor del Partido Popular autonómico y local soltó víboras por la boca ante la contraprogramación que había improvisado, para esa misma tarde, la ministra de Fomento.
Magdalena Álvarez quiso ser la primera en inaugurar la estación de cercanías que, en el futuro, permitirá la conexión de la terminal T4 con la red de Renfe; el problema es que esa estación comparte vestíbulo y pasillos con la estación de metro, que Esperanza Aguirre inauguró ayer. Qué hermoso sainete: a la ministra y a la presidenta sólo les faltó dibujar con tiza en el suelo los límites de la estación para que las respectivas comitivas no pisaran el territorio financiado por la parte contraria. Un duelo digno de OK Corral, entre andenes y pasadizos subterráneos.
Como ven, las formas son distintas; en lugar de botellazos, los políticos se enfrentan a fotazos. La burra grande, ande o no ande; como las estaciones de cercanías o los hospitales revocados por fuera y vacíos por dentro que estos días se inauguran. Menos mal que solamente quedan dos semanitas para las elecciones.
Kilómetros y kilómetros
Poca renta sacará la ministra de Fomento, Magdalena Álvarez, por hacerse la foto junto a la estación de la T4 de Barajas, flanqueada por los candidatos socialistas Rafael Simancas y Miguel Sebastián. La maquinaria del Partido Popular en la Comunidad de Madrid es imponente: los carteles de la presidenta con casco o con traje, subida a las patrullas municipales o posando sonriente y bien maquillada son sólo un apéndice a la abrumadora ola de inauguraciones que nos rodea. "Prometimos 60 kilómetros de metro y ¡hemos construido 90!", presume Esperanza Aguirre, que reta a la ministra de Fomento a que desbloquee otras dos autovías fundamentales para la ciudad. Así no hay quien la pare.
Y otra mujer
A cuatro días de la segunda y definitiva vuelta electoral en Francia, Ségolène Royal se batió con Nicolas Sarkozy frente a las cámaras, consciente de que apura sus últimas posibilidades mediáticas para acortar distancias con el favorito. Y su agresividad -o su apasionamiento, según se vea- hacia el candidato conservador ha jugado, curiosamente, a su favor. El tono calmado con el que Sarkozy le reprochó su salida de tono -"impropia de quien aspira a ser presidenta", dijo- tuvo un toque excesivamente condescendiente hacia su rival, un tanto despectivo, que quizá pese en el subconsciente de algunas votantes. Son esas las sensaciones que transmite un debate televisado: tanto o más importantes que las palabras.
