LOS TRILEROS FILOLOGOS

Que el significado de las palabras cambia con el tiempo es una realidad que no sorprende a nadie. Además, en el universo de las referencias directa o indirectamente políticas, la deriva de significados es señal de las nuevas identidades y valores históricos. En los años 30, por ejemplo, todos los intelectuales y artistas, incluidos los de la vanguardia catalana más radical, se despachaban con referencias a la raza y al espíritu racial de los pueblos que hoy, después del nazismo, resultarían impensables.

En otras ocasiones no es tanto el descrédito de acontecimientos pasados, cuanto la emergencia de los nuevos valores lo que transforma de raíz las significaciones. Será por ello que la palabra democracia, y sus adjetivaciones, es tan moldeable. Así, en la universidad revolucionaria de los años 60, cuando se quería insultar o hacer mofa de alguien se le acusaba de demócrata. Lo sé bien, porque yo también durante un par de cursos participé de ese juego. Luego me dediqué a estudiar nuestra reciente historia en toda suerte de textos, casi siempre clandestinos. Saqué entonces la conclusión -sin duda errónea- de que a los militares en su conjunto, a la inmensa mayoría del clero y a los falangistas imitadores del fascio, pero también a los socialistas revolucionarios, sobre todo asturianos, de Largo Caballero, a los anarquistas de Cataluña y a los pequeños grupos trostkistas y estalinistas a la espera de acontecimientos, a todos ellos, y tal vez me quede corto -obviamente la aventura de Esquerra es más compleja de calificar-, los valores y principios democráticos tal y como hoy los entendemos, y que entonces encarnaban la legalidad de la Segunda República Española, les traían, y vuelvo a quedarme corto, bastante sin cuidado.

Sin duda, decía, estoy equivocado y me meto en un berenjenal, pero me permito manifestar cierto desconcierto ante algunas de las apasionadas reacciones que parece ser que provoca la ley de memoria histórica del Gobierno español y nuestro paralelo Memorial Democràtic. Creo que es irrenunciable que los escolares sepan qué vivieron, y por qué, sus familiares antes, durante y después de la Guerra Civil, y en este sentido a nadie debiera escandalizar la exigencia de Duran Lleida (La Vanguardia, 29 abril) de que no se hurten a la memoria histórica los miles de fusilados sin proceso en la retaguardia de Cataluña. Por supuesto.Pero yo apuntaba a otra cosa: al milagro semántico que parece que acabará por convertir en demócratas del siglo XXI a los militantes de los partidos revolucionarios del XX. Todo un anacronismo.Todavía en 1977, en el baño de masas que Barcelona dispensó a Federica Montseny -y que yo no quise perderme-, la líder histórica del anarquismo bromeó con acidez sobre el elevado coste para las amas de casa el kilo de «carne de diputado». Poco futuro tenía el anarcosindicalismo, entonces pensé, en un país tan sediento de democracia. Pero ése ya es tema para otro lugar y día.

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