José María Aznar confesó a los pocos meses de pisar la Moncloa que se sentía como el líder del Tour: "Cuando uno se enfunda el maillot amarillo su figura se engrandece a los ojos de los que le rodean y todos los que podían menospreciarle pasan a reconocerle méritos que él ni sospechaba". El maillot le hace a uno más líder, venía a subrayar Aznar en sus confidencias a una pareja de periodistas. Anteanoche, José Montilla apareció en el programa Geometria variable,de La 2, pero de sus palabras no pareció desprenderse que tuviera la misma sensación que el ex presidente del Gobierno en su día. Al contrario, el presidente de la Generalitat dijo que liderar un país consiste en ir resolviendo los problemas y añadió, en lo que parecía una bala de plata a su antecesor (o antecesores), que Catalunya está harta de líderes mesiánicos.
Montilla, que es hombre de pocas palabras, hasta el extremo de querer hacer virtud de su escasa locuacidad, suele ser rotundo en sus afirmaciones. Así que sus oraciones no rebosan subordinadas, pero sus sentencias cortas se entienden sin recurrir al diccionario. Para el titular del Palau de la Generalitat, no hace falta que la primera autoridad catalana muestre el camino a la tierra prometida, porque la sociedad sabe adónde va cada mañana cuando suena el despertador; luego, el GPS del coche conduce a cada uno a cada personal geografía. Sin ánimo de corregir a Montilla, no es menos cierto que los políticos catalanes han hecho del Estatut sus tablas de la ley, de tal modo que es lógico que la colectividad a la que se animó a votar quiera saber a qué Icaria nos va a conducir el texto aprobado en referéndum. Ahora que se acumulan los recursos contra el Estatut en el Constitucional y sus miembros se afanan en trocearlo con un cuchillo parecido al del chef con el que este diario anunció su exitosa colección, no estaría de más un poco de liderazgo, si no mesiánico, sí al menos confortador.
Por otro lado, confundir el liderazgo político con la gestión diaria resulta algo parecido a pensar que en el fútbol se ganan los partidos mirando la pizarra del entrenador antes que metiendo la pierna en el estadio. Por cierto, si el balompié hemos convenido que es un estado de ánimo, lo mismo vale para la política: los países necesitan de la autoestima, de la ilusión y del estímulo. Así que no estaría de más que el presidente de la Generalitat hiciera un poco de gimnasia matinal, si no con el maillot amarillo del Tour, sí al menos con el de la Volta. El público necesita que los protagonistas le digan que este partido vamos a ganarlo o al menos aquello que Cruyff le soltó a Bakero en Wembley: "Salid y disfrutad". Que también es una manera de ejercer el liderazgo.

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