Tengo un amigo que un buen día decidió pasarse a la heterodoxia. Tras ello, se sentó y respiró. Como si se hubiera quitado un peso de encima. Como si hubiera cambiado de bando, se hubiera pasado al «lado oscuro». Son cosas que pasan, cuesta nadar a contra corriente.
Los otros le miraban con recelo. Como si portara un estigma, una señal diferenciadora. Y simplemente ocurría que había decidido dejar de bailar al son que le tocaban y abandonar el arrullo de la manada, pues no sabía a donde le llevaba y tampoco entendía por qué le llevaban. Mi amigo no quería ser masa y, para dejar de serlo, decidió pensar por sí mismo y expresar sin complejos sus puntos de vista. Decidió, como ya he dicho, hacerse heterodoxo, iconoclasta. El resultado fue un torrente de insultos y descalificaciones (de todo tipo y ralea: que si facha, que si rojo, atorrante, pedante, simple.. y lindezas por el estilo). Y ello porque vivimos en una sociedad con el pensamiento modulado, que huye de las estridencias y cercena el pensamiento que se sale del cauce. Si lo haces, te topas con la Iglesia (hay muchas iglesias, muchos conservatorios que nos dictan lo bien sonante).
En su deambular por la heterodoxia mi amigo se hizo afrancesado. Su argumentación era compleja. Los franceses no sólo habían inventado la democracia y el constitucionalismo. No sólo habían inventado la República y la división entre «izquierdas y derechas». El Estado francés es uno de los más centralistas del mundo y nadie pone en duda que también es uno de los más progresistas. Francia es centralista porque sitúa por delante la idea de igualdad, ante otras como la de libertad (la de las regiones más ricas para seguir siéndolo). Porque Francia también inventó las ideas base del sistema democrático (igualdad, libertad y fraternidad) y saben que no hay democracia sin igualdad, sin atemperamiento de privilegios, y ello sobre la base de los ciudadanos, no de los territorios (ni de las razas, o los sexos).
Mi amigo también opina que el Estado francés nos está dando lecciones de sensatez en la campaña de sus elecciones a presidente de la República. Los principales candidatos hablan de nacionalismo, por supuesto francés, e incentivan el uso de la bandera y del himno en todos los actos públicos. Pero no lo hacen de los representativos de los diversos territorios (regiones), sino de los identificadores del conjunto. Aquí, en nuestra España, sólo usamos nuestra bandera cuando juega el Real Madrid, en un comportamiento sorprendente pues este equipo de fútbol es propiedad de sus socios y no del conjunto de los españoles. Los símbolos de identidad nacional son cualquier cosa menos nacionales (identificadores del conjunto de los ciudadanos que vivimos en España).
Al margen de lo evidente, la profunda lección de sensatez que aportan los franceses es la de colocar la idea de democracia deliberativa como eje de la campaña electoral. Me explico: el gran reto de la democracia es conseguir la participación de los ciudadanos en la toma de decisiones. Vivimos en una democracia representativa, nosotros elegimos a unas personas que luego van a decidir por nosotros. Si la cosa queda en eso, se corre el riesgo de que el ciudadano dé la espalda al sistema, por considerarlo insuficiente ante sus expectativas. En los tiempos que corren, el gran reto de la democracia es profundizar en la participación ciudadana, en la implicación de los individuos en la toma de decisiones. Y hacerlo creando mecanismos operativos. Los consejos de distrito, como los que se han puesto en marcha en Gijón, pueden ser uno de esos mecanismos, pero debe de haber más. Las nuevas tecnologías pueden aportar mucho valor añadido en esta cuestión.
En el fondo, mi amigo cree que la gran lección de nuestros vecinos norteños radica en el papel de los intelectuales, de las ideas, en el debate político. Aquí, el intelectual es pesebrista (luego no es intelectual); allí, interviene en la elaboración de ideas políticas (sociales). La resultante es que se delibera y discute, sobre ideas, no sobre insultos y descalificaciones. Se presentan proyectos de ciudadanía y se debate en torno a ellos.
En nuestro círculo, tratamos con mimo al heterodoxo, como se trataría a una especie en vías de extinción Aunque mi amigo piense que deambula solo, quizás esté equivocado y seamos muchos a los que también nos atraiga la heterodoxia. Es un virus contagioso.

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