En la cascada de noticias de todo orden que nos vuelca la actualidad, se ha mantenido poco más de un par de días la muerte y funeral de Boris Yeltsin. Retirado de la vida política - y pública- debido a dolencias en parte derivadas de su inclinación a la bebida, Yeltsin ya fue despedido políticamente cuando le sustituyó el actual presidente Putin, que él designó. Quizá por ello mismo hemos podido ver no mucho más que ráfagas de televisión dedicadas a las exequias de Yeltsin, a las que se dio un trato de jefe de Estado. Y con razón puesto que lo fue para bien y para mal. Ha sido bueno, además, que el funeral tuviera un gran ceremonial religioso. Se oyeron los coros que suelen acompañar a las distintas celebraciones de la Iglesia ortodoxa. A pesar de que el rito católico o romano guarda un ceremonial solemne, siempre se ha mantenido por debajo del también cristiano rito ortodoxo. Cuando Rusia se incorpora, hace mil años - con otros mil de retraso- a lo que se ha podido llamar la civilización occidental, el zar, al cristianizarse como toda la Rusia, escoge la modalidad constantina, así como será el griego y no el latín su referencia clásica.

Boris Yeltsin, como otros ejemplares rusos, era excesivo, un poco desmesurado y a menudo sentimental. En sus comienzos políticos ejerció, dentro del Partido Comunista, funciones directivas en una provincia que se hizo famosa por luctuosos hechos. En ella está enclavada la ciudad de Ekaterimburgo, donde residió Nicolás II, con su familia y allegados, los últimos meses de su vida. Ya no era zar porque abdicó mucho antes frente a Kerensky, el republicano barrido, a su vez, por los bolcheviques. Nicolás II era una persona pasiva y resignada. Con su familia fue trasladado a distintos lugares hasta que en Ekaterimburgo el Soviet Supremo puso punto final. Llegó un telegrama a sus guardianes firmado por un comité, aunque nadie dudó, dado su contenido, que había sido el propio Lenin el mandatario. El telegrama ordenaba la ejecución de toda la familia, cosa que se hizo sin más. En los sótanos de la casa Ipatiev, donde se alojaban, se concentró, alrededor del zar y la zarina, todo el resto de la familia: el zarevich, enfermo, apoyado en su cuidador, sus cuatro hermanas alrededor, otros allegados o servidores e incluso el médico de la familia. Se escogió un pelotón de soldados no rusos para la horrorosa matanza. Los detalles se supieron a no tardar porque la hija del médico de los zares pudo, con otros, escapar hacia China, donde relató en un libro los pormenores.

Se atribuye a Boris Yeltsin, cuando era mandamás del sector, el derribo de la casa Ipatiev para evitar que, andando el tiempo, se convirtiera en objetivo de peregrinación zarista. ¿Cambió Yeltsin de pensamiento? En todo caso, ya en el poder es él quien ordena recuperar los despojos de la masacre enterrados en un pequeño bosque no lejos de la casa Ipatiev. Él conocía el lugar y quiso dar a los restos de la familia del zar la tumba que les correspondía en San Petersburgo. No podía haber error de identidades porque se practicó examen delADN y se pudo personalizar la mayor parte de los esqueletos, sin excluir el de Anastasia. Como se recordará, de esta hija se dijo que había sido salvada de la masacre y se la hizo revivir en la persona de una impostora.

Boris - nombre de zar- Yeltsin era, casi sin saberlo, un zarista,como muchos rusos, unos a conciencia y otros no. Como un zar actuó Yeltsin al intervenir después de perorar desde un tanque para cortar la involución del Partido Comunista ruso. Él lo acabó - y con él la URSS- contra el pensamiento de Gorbachov, que más atinadamente quería prolongar la vida del Partido Comunista para conservar una estructura estatal desde donde evolucionar. En definitiva, Gorbachov había pensado hacer algo parecido a lo que después se ha realizado con éxito en China: estructurar la economía de mercado conservando el Partido Comunista para mantener un orden en el país. Una situación de paradoja. Pero peor es la fractura, con caída hacia la nada, como ocurrió en Rusia, donde privatizaron los medios de producción con un injusto desorden que ha dado ocasión a un sistema barroco y mafioso del cual será difícil salir.

Mientras tanto Boris Yeltsin, que fue bautizado y recibió exequias cristianas como las de un zar, ha dejado como presidente a Vladimir Putin, otro zar de imagen distinta de la suya. Putin era teniente coronel del KGB y ha llevado esta organización de características secretas al poder. Si no lo hubiera hecho él, quizá se hubiera adelantado un general para intentar poner orden en el caos económico-político que una mala transición suele dejar. Ahora Putin, que no es bebedor ni desmesurado, no ejerce como un zar teatral y espectacular como un Iván el Terrible, tan admirado por Stalin, a quien también le llamaban el Zar Rojo.

Nunca Rusia ha conocido, ni por asomo, un sistema político democrático. Nicolás II, primo hermano del príncipe de Gales y que de muy joven pasó alguna temporada en Londres, barruntó implantar un régimen parlamentario a imagen y semejanza del inglés. A pesar de que su abuelo fue asesinado por un anarquista y que semejante terrorismo se mantuvo en Rusia, dio poderes, en 1911, a su primer ministro, Stolypin, para que empezara la reforma política. Una vez más, el anarquismo cortó el tímido intento de liberalización.

Stolypin fue, a su vez, asesinado, también por un anarquista. Después de eso Nicolás II se olvidó de cualquier reforma y continuó el régimen absolutista que en el fondo se mantuvo a través de la revolución. Al zar Lenin le siguió, después del duelo con Trotsky, un Stalin que admiraba a los zares - también a Pedro el Grande- que ensancharon el imperio ruso. El mismo Stalin llevó su expansión imperial hasta el centro de Europa, aunque no por mucho tiempo...