Debate sobre dos visiones de Francia, de Lluís Foix en Los Blogs de La Vanguardia
Dos horas y media de debate entre Sarkozy y Royal no cambiaron sustancialmente las intenciones de voto de los franceses. Ninguno de ellos lo perdió pero tampoco lo ganó nadie. La sorpresa fue la dureza dialéctica de Ségolène Royal que acusó a Sarkozy de practicar la inmoralidad política.
Palabras duras, cruce de acusaciones, intercambio de ideas sobre dos visiones de Francia. La Francia conservadora, de ley y orden, del no a Turquía, del mérito, del esfuerzo, del trabajo. La Francia que se da cuenta que está demasiado encorsetada para competir en un mundo globalizado y que pide reformas estructurales.
Sarkozy salía con la ventaja de las encuestas y con la seguridad que le daba el haber conseguido más votos que nadie. Iba un poco sobrado aunque es consciente que el "todos contra Sarkozy" es una consigna invisible pero real que ha asumido la izquierda y parte del centro.
Ségolène Royal iba de segunda, con la etiqueta de blanda, pero con la certeza que había salvado al partido socialista de la catástrofe que sufrió en las presidenciales de 2002. No tenía nada que perder.
Y sorprendió a los franceses y al propio Sarkozy con un lenguaje muy claro sobre la moralidad de la política. Es propio de la izquierda. Aprovechó un desliz de Sarkozy sobre la escolarización de los discapacitados y Royal perdió subió la tensión del debate.
Levantó la voz y fue el candidato de la derecha el que le recomendó que no perdiera los nervios si quería ser presidenta de la República.
No, señor Sarkozy, no he perdido los nervios sino que he montado en cólera frente a la injusticia. Fue en ese instante cuando Royal acusó a su contrincante de inmoral. Sarkozy bajó la mirada, buscó unas notas y le recomendó calma.
La candidata socialista insistió en la necesidad de las reformas, pero "sin brutalizar" ya que no todo es posible en la vida política. Ségolène sorprendió por su contundencia, salió bien parada de la gran profesionalidad de Sarkozy, pero no parece que cambió la tendencia.
Un estilo desconocido para esa hija de militar, pareja del secretario general de los socialistas, François Hollande, madre de cuatro hijos, que se presentaba como la encarnación de los valores morales de la República.
Sarkozy le vino a decir que la moral es importante pero que la gestión, la eficacia y el futuro de Francia no pueden dejarse de lado. Valores republicanos que no quiere decir exactamente valores morales. Acusó a los socialistas de ser agitadores legislativos, de presentar leyes que no responden a las necesidades de los franceses y de haber obligado a que no se trabajara más de 35 horas a la semana.
La señora Royal no se rindió. Dijo que no se aprobaría ninguna ley sin que se estuviera cumpliendo todos los extremos de la ley anterior y le sacó la famosa tolerancia cero de 2002 que no ha disminuido precisamente la inseguridad personal de los franceses.
Ségolène no ha llegado a ser candidata por casualidad, le dijo Sarkozy cuando fue preguntado que valorara a su contrincante. Es usted una política democrática que ha merecido los votos de muchos millones de franceses. Ews encantadora, le decía.
Pero Royal no quiso valorar la persona de Sarkozy. Se refirió a sus ideas que no compartía. Todo transcurrió con nivel, con la inevitable pugna entre dos conceptos de Francia, con un nivel dialéctico que ya quisiera para nuestros políticos.
Hablaron de todo con gran soltura, sin apenas papeles. De China, de Darfur, de Europa, del desempleo, de la enseñanza, de la seguridad, de cifras y balances, de talante, de ideología y de Turquía. La República goza de buena salud, remarcó Sarkozy, porque en la primera vuelta acudieron a votar el 85 por ciento de los franceses.
Los franceses van a votar el domingo. Si se observa fríamente, Sarkozy tiene más posibilidades de ganar en una sociedad que observa cómo pierde peso en el mundo. Las reformas hay que hacerlas, aunque no gusten.
Royal se movió más cómodamente en el terreno de las ideas, en las reformas suaves, en el tener en cuenta más a las personas que a las estructuras.
El próximo presidente de Francia será muy importante para los franceses. Pero también para Europa que depende tanto de la salud política, económica y social de Francia. El domingo por la noche sabremos a quién encomiendan su futuro y el de la Unión Europea.
