Cuentan los viejos que en aquellos tiempos de antes, cuando se quería hacer una pista a un pueblo, se mandaba a un burro delante. Allí por donde iba el burro, se hacía la carretera. En los pueblos donde no había burro no quedaba más remedio que contratar a un ingeniero. Desdichadamente, debido al desplazamiento de la población hacia las grandes urbes, ya casi no quedan burros en los pueblos.

Ahora, cuando se quiere hacer una autovía que comunique el suroccidente de Asturias con el centro y con León, se encarga un proyecto a una empresa (supongo que repleta de ingenieros). Y he aquí que, tras un sesudo estudio y coincidiendo casualmente con algún período preelectoral, se presenta un mapa con una preciosa rayita dibujada encima a un coste de varios miles de euros el centímetro de tinta.

Por otra parte, resulta que la autovía de La Espina, a la que se uniría uno de los extremos, no está terminada ni lo estará en unos cuantos años, y la autovía de León, a la que se unirá el otro extremo, aún no se sabe ni por dónde irá. En fin, estamos hablando de una rayita imaginaria que une una rayita futura con una rayita indefinida. Si a esto añadimos que no se sabe de dónde va a salir el dinero para la obra y que hablar de plazos es un puro ejercicio de adivinación, todo este asunto parece más bien una de esas extracciones capilares a las que las personas de cabellera poco poblada, como yo, somos tan reacios.

Con estos antecedentes, uno se imaginaría que la noticia de la pretendida obra sólo provocaría una sonrisa irónica en los lectores mezclada con cierta indignación por el descaro que ha llegado a adquirir nuestra clase política. Pero no, en vez de ello se abre una encendida polémica sobre si es necesaria o no, si es conveniente que pase por un sitio o por otro, si hay que pincharla aquí, allí o cada ocho horas, si molestará a los osos o si contaminará las costumbres ancestrales de los nativos.

Para calmar los ánimos quisiera hacer algunas reflexiones tranquilizadoras. En los últimos quince años el tiempo que se tarda en llegar a Oviedo se ha reducido en un tercio, la población de la zona en un cuarto. Dado que nuestros dirigentes piensan seguir acercándonos a la capital y alejándonos de cualquier esperanza de creación de empleo, es muy probable que para cuando la obra esté terminada hayamos desaparecido por completo. Esto supondrá un gran ahorro en enlaces y eliminará muchos problemas de impacto ambiental, pudiendo hacerse la autovía por donde les salga más a modo.

Por otro lado, la recuperación del hábitat que ahora ocupan los humanos dejará mucho más espacio a la vida salvaje y al cambio climático, que hará que los osos ya no necesiten hibernar y puedan dedicar las largas noches invernales al cortejo, con lo que esta especie experimentará un gran crecimiento. Es más, auguro que, para cuando se termine la autovía, el oso será una especie cinegética que se podrá venir a cazar desde Oviedo en poco más de media hora, y desde Madrid en poco más de dos.