EL RUNRÚN
La confianza ciega siempre es peligrosa. En personas, animales o cosas. Y más aún en máquinas. De estudiante, viví la fiebre de la calculadora. Mi hermana mediana me trajo una de las Canarias que hacía todo tipo de operaciones inútiles. Fue la envidia del lugar. Supongo que le dedicábamos a la calculadora el tiempo que los adolescentes de hoy dedican a su teléfono móvil. Incluso escribíamos con ellas, mediante el sutil método de dar un giro de 180 grados a la pantalla para que, allá donde habíamos teclado 383873, se leyera ELBEBÉ. Tal vez por eso las escuelas no tardaron en prohibirlas. Por eso y porque nos habíamos olvidado alegremente de la tabla de multiplicar, por no hablar de las raíces cuadradas y otros cálculos más complejos. Llegó un momento en que nuestra confianza en la calculadora era tal que ya no fiábamos nada a nuestra memoria. Y así nos iba. Un día, harto de la cháchara de uno de los cabecillas de mi clase, le dejé la calculadora canaria para un examen. Mi ataque de generosidad tenía un lado oscuro. Acababa de descubrir que una de las múltiples funciones del aparatejo permitía vincular las operaciones a otras bases, más allá de la clásica base 10 en la que trabajamos habitualmente. De modo que se la fijé en base 7, con lo que 5+ 2 daban 0 y 4+ 4= 1. Mi compañero, que iba de enterado por la vida, ni se enteró. Hizo todas las operaciones con la calculadora y su fe ciega en la maquinita le costó un cero enorme. Nunca supo qué le pasó. Hoy es directivo de una multinacional y espero que no lea este artículo (lo siento, Javi).
Un vendedor de coches me previene contra los GPS. Dice que un sábado salió de Barcelona para ir a cenar a la Cerdanya, programó el trayecto a Llívia en su GPS y siguió escrupulosamente las indicaciones del aparatejo, sin reparar demasiado en el camino que emprendía. Charlando charlando, se encontró entrando en Lleida. La Llívia que constaba en su GPS no era la Cerdanya - tan fronteriza que ha acuñado el dicho que "no és de França ni d´Espanya"-, sino la que crece al norte de la ciudad de Lleida. Yo no tengo GPS, pero cuando debo ir a algún lado en coche suelo consultar internet para imprimirme la ruta. En cuestiones cartográficas san Google está en la capilla http:// maps. google. com. Es un instrumento impresionante. Permite búsquedas de todo tipo y tiene la función de itinerario entre dos puntos cualesquiera del mundo. No hace falta ni que sean poblaciones. Pueden teclearse incluso calles. El buscador establece el itinerario detallado hasta el más nimio giro, lo lista en tramos, lo vincula a mapas consultables para cada tramo y lo dibuja en un mapa general. No voy a extenderme, pero no quiero ni imaginar el vértigo que sentirían los antiguos cartógrafos ante esta pantalla.
Les invito a que tecleen Barcelona en el punto de salida y New York en el de llegada. La ruta dada se divide en 56 tramos, algunos tan cortos como el 4 (giro por la plaza Universitat, 67 metros), otros tan largos como el 20 (312 km por la autopista francesa La Méridienne). El mejor es el 39, tras tomar la entrada al Quai Frissard en Le Havre y justo antes de girar a la izquierda por el Long Wharf de NYC. Dice así: "nade a través del océano Atlántico (5.572 km)". La confianza ciega no está exenta de peligros.

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