La Coctelera

Reggio

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2 Mayo 2007

Suite «República», de Julio José Ordovás en ABC

Ramón J. Sender llegó como corresponsal del diario «La Libertad» a la aldea gaditana de Casas Viejas, también llamada Benalup, tres días después de que se hubiera consumado la tragedia: veintiuno o veintidós campesinos -según los cómputos más fiables: los historiadores no han llegado a ponerse de acuerdo en la cifra- muertos a consecuencia de una razia salvaje de la Guardia de Asalto, cuerpo creado por la República para relevar a la Guardia Civil en el mantenimiento del orden público. Pero ni las cenizas de los muertos ni los alaridos de sus vecinos y familiares se habían apagado todavía en aquella aldehuela dejada de la mano de Dios que de un día para otro se había visto inundada de sangre y de reporteros. Así, con el testimonio en carne viva de todos aquellos testigos «dolientes», Sender pudo reconstruir, con tanta precisión como viveza y veracidad, los lamentables hechos que habían ocurrido a principios de aquel enero, trágicamente inolvidable, de 1933, sucesos que supondrían una gangrena fatal para el Gobierno azañista, porque, como el escritor aragonés diría años más tarde, «una república que era capaz de hacer lo de Casas Viejas no podía sobrevivir». El reportaje de Sender, que apenas un mes después de salir en el periódico vería la luz en forma de libro, es una de las obras cumbres del periodismo español, y dudo de que quien haya leído «Casas Viejas» o «Viaje a la aldea del crimen» (así es como lo tituló en la segunda edición, corregida y aumentada), pueda olvidar toda la miseria, la desesperación y la brutalidad que contienen esas páginas que forman parte también del libro de la historia de España.

La poeta Julia Uceda no sólo no ha olvidado esas páginas estremecidas y estremecedoras, sino que parece tenerlas grabadas a fuego en la memoria. Y la construcción, en 2005, con el apoyo del alcalde socialista de la localidad y el respaldo de la Junta de Andalucía, de un hotel de superlujo junto a la choza de «Seisdedos», el septuagenario y terco líder de los jornaleros, no hizo sino avivarlas. Por eso escribió «Regresa el pálido caballo», poema con el que cierra su poemario «Zona desconocida». El poema de Julia Uceda es un grito de rabia que inevitablemente se resuelve en un lamento de impotencia:
«Callan las encinas / porque el viento ni roza sus hojas sagradas: miran / cómo el campo de golf devora lo sagrado, / el barro de los muertos / da cuerpo a las paredes de un hotel. / Y la diosa blanca de ojos sin párpados, / desde entonces, / continúa llorando hacia adentro. / La mano del testigo ya se hizo cristal / en las aguas de Núñez de Balboa / donde polvo de estrellas le sirve de almohada. / Los otros, cenizas nunca redimidas, / divertirán a fugaces viajeros». (El testigo cuya mano se hizo cristal en las aguas de Núñez de Balboa, o sea, en el Pacífico, a la altura de San Diego, California, es por supuesto Sender, quien -tal vez haya que insistir en ello- no fue testigo directo de los hechos, aunque su talento periodístico, unido a su pericia novelística, puedan haberle hecho creer a Julia Uceda lo contrario).

Ese hotel de superlujo que en un principio iba a llamarse «La Libertaria» en honor -sí, han leído bien, «en honor»- de María Silva Cruz, la nieta de seis «Seisdedos» y una de las contadas supervivientes de la matanza («la libertaria» era como la apodaban), se llama Hotel Utopía, y es una especie de hotel temático dedicado a los glamurosos años treinta. Y el que quiera hospedarse en él puede alojarse en estancias con tan evocadores y sugestivos nombres como «Casas viejas» o «República».

Hay que tener mucho y muy negro humor, desde luego, para ponerle el nombre de «República» a una suite situada a escasos metros de donde la Segunda República Española perdió la cabeza y la credibilidad. Y hay que tener mucha cara para proponer una ley como la de la memoria histórica pero siempre y cuando esa «memoria histórica» no manche o afee la historia que a los proponedores les interesa contar. ¿O es que existen muertos de primera clase y muertos de segunda clase? ¿O es que hay muertos que conviene mantener enterrados y muertos que interesa desenterrar?

La memoria es antojadiza y maleable, pero la historia no. La historia es granítica. Y no se puede pretender trivializarla ni encalarla ni rentabilizarla ni aspirar a convertirla en un parque temático para uso y disfrute de los que Ignacio Vidal-Folch ha dado en llamar, con exacta ironía, «turistas del ideal». Vivimos tiempos cada vez más banales y más grotescos. El episodio de Casas Viejas, en la versión senderiana, se desencadenó de una manera absurda -a «Seisdedos» le llegaron noticias o más bien rumores de que en España se había declarado el comunismo libertario, y el buen hombre, ni corto ni perezoso, se puso a la tarea de repartir la tierra- y concluyó de una manera dramática. Es natural que los habitantes de Casas Viejas estén hasta la coronilla de las resonancias fúnebremente numantinas de su pueblo, pueblo que, dicho sea de paso, ha crecido y ha prosperado de forma admirable. Pero por eso mismo no deberían haber permitido que la hostelería y la política se aliaran para jugar al Monopoly con el recuerdo de unos benalupenses hambrientos y mal informados para los que la vida no tenía mucho más valor que la muerte.

Julio José Ordovás. Escritor.

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Lector de artículos de opinión, fundamentalmente de política y economía, que pretende divulgar trabajos publicados por diferentes autores en otros medios digitales.

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