DESDE EL GUINDO

La Monarquía siempre ha dado mucho juego. Y no me refiero a los cuentos de hadas, que también. Si no existiera la Monarquía no existiría la República, porque las cosas se justifican por sus contrarias. Este país es esencialmente republicano, pero siempre se ha explayado con los Reyes, aunque sea para ponerlos a parir. Tranquilos, lectores. No voy a sacar la guillotina, pero tampoco el botafumeiro. Si para mucha gente todo lo que hacen los Reyes está bien, para otra es justo lo contrario, hasta el punto de responsabilizar a la prensa de ocultar las sombras del Trono con silencios cómplices y escabrosos. En ambos casos exageran. No hay que gastar más pólvora que la justa en el formato del Estado. Los temas sustanciales son de gobierno y los monarcas no gobiernan.

Muchos españoles crecimos a la sombra de los reyes godos, y en alguna parte de nuestro subconsciente se alojó el recuerdo de la monarquía electiva. Si un periodista sale a la calle con una alcachofa recogerá muchas manifestaciones de juancarlismo. Seguramente quienes así se autoproclaman no son del todo monárquicos, pero si tuvieran que votar a un Rey, votarían a Juan Carlos. Cada vez menos, todo hay que decirlo.

Ahora hay bastante republicano de nuevo cuño. Se trata de una postura más estética que ideológica. Las banderas y los himnos son enganches fáciles, pero no creo yo que los jóvenes republicanos estén sinceramente interesados en la cuestión de Estado teniendo por resolver la vivienda y el paro, temas sobre los que gravita la vida de buena parte de los españoles.

Hecha esta salvedad, el Rey sigue manteniendo buenos índices de audiencia (léase popularidad: hablo en clave Salsa Rosa), si bien la Reina le sobrepasa con holgura. No tiene nada de raro. A la Reina Sofía, que era una extranjera cuando llegó, y de la que enseguida percibimos actitudes distantes, ha experimentado un subidón. La edad ha jugado en su favor, haciéndola mas vulnerable y próxima, más sencilla, más cálida. El calificativo de «profesional», que siempre ha sonado a premio de consolación, le queda ahora pequeño. Según Jaime Peñafiel, todo lo que nos acerca a la persona nos aleja de la institución.

No es por fastidiar, pero yo opino justamente lo contrario. La institución sale fortalecida si quien la sirve es, ante todo, una persona humana. La Reina lo es y se nota. El Rey también, pero él ha empezado a cansarse de los gestos. Por no hacer, ni siquiera le hace cucamonas a Leonor.

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