Dónde está la vida, de Jordi Llavina en La Vanguardia
El protagonista de este artículo se levanta un día con la intención de adivinar dónde se encuentra el meollo de la vida. Se afeita las mejillas, ásperas de noche; se cepilla los dientes hasta casi hacer sangrar las encías; se ducha y se frota bien, con la mano grasienta de jabón, las partes pudendas (así como las no pudendas). Si tuviera pelo, se echaría la raya en medio. Pero el pelo ralea, así es que se da una especie de arañazo, que le pone un tejadillo a lo puerco espín. Ya con mejor aspecto, se viste y sale a la calle.
Es un sábado cualquiera, y en esta ciudad, a esa hora temprana, los puestos del mercado se van llenando del color de las frutas, del polvillo de las especias que colman los saquitos abiertos, de las verduras arrogantes, algunas despachurradas en el suelo (el protagonista recuerda un hermoso poema de Valverde, La mañana:"la verdura/ aún viva, sorprendida mientras duerme, / las patatas mineras y pesadas / de querencia de suelo, los tomates / con fresco escalofrío"). El aire huele a rancio: aceitunas de varias clases, algunas gordas como escarabajos; quesos fuertes. Un chico magrebí, a quien conoció hace ya muchos años, le alcanza una bolsa con siete u ocho manzanas, de pobre aspecto pero sabor muy dulce. Nuestro hombre va anotando en el cuaderno, bajo la leyenda "dónde está la vida": madrugar, pasear por el mercado, regalo del amigo tendero, las patatas mineras de Valverde.
No apuntará nada más en todo el día. Aun así, deja abierto su cuaderno al lado de la ventana: igual lo empapa un polen pasajero.
El lunes es Sant Jordi. Tiene una cita. No le alcanzaría el papel para apuntar todos los sitios, todos los minutos donde está la vida. Le pareció prudente no regalar rosa alguna. A él sí se la ofrecieron, y por partida doble. Ahora esas dos rosas rojo sangre envejecen dignamente en un vaso, tras una larga jornada sin el alivio del agua. Huelen a hierba agostada. La tersura de los pétalos se va amojamando. El carmín adquiere una tonalidad violácea. Cuando los tallos se hayan bebido la poca agua del vaso, será el momento de llevar la cabecita de las rosas a un tomo grueso, para que en el futuro den testimonio, desde el refugio o el sepulcro de la literatura, del mejor día del libro que jamás ha vivido el protagonista del artículo. Escogerá el volumen Poesia,de Josep Carner. Antes habrá envuelto las flores en un papel que proteja, al pétalo y al poema, de contaminaciones innecesarias y de sombras enojosas. El cuaderno se va llenando de caligrafía: notas, sintagmas. Por cierto, el protagonista querría mostrar su miniaturizada caligrafía a la chica de las rosas. Apenas conoce, de él, su voz. ¿Qué más íntimo que la escritura? Escribe en el cuaderno: rosas que conservaré como preciados camafeos, caligrafía. Dónde está la vida.
El protagonista es un hombre con suerte. Le invitan a cenar. La casa no es muy grande, ni muy nueva. Su piel sabe a sol. Es el primer día que sabe así (lo anota, también, a riesgo de imitar a la protagonista de esa latosa novela de Nicole Krauss). La cocina tiene el techo pintado de rojo (dónde, la vida: techos pintados de rojo, objetos bien seleccionados). Antes de llegar ahí, divisó en la carretera una palmera que chorreaba de piar de pájaros. El papel de seda de decenas de amapolas temblaba en las cunetas (amapolas, palmera llena de píos). Velas perfumadas (vainilla y chocolate) en la mesa. Sí, vale: el tiempo va a despellejarlo todo. Pero en ese momento la vida está tan ahí, en la pequeña cocina, en las manos de la chica, en sus palabras tan dulces como chistosas, en una cámara de fotos, en su risa alborozada, que el chico apenas puede anotar nada en el cuaderno de la mente, esperando disponer a la mañana siguiente de más tiempo para registrarlo todo al detalle y hasta sacar un artículo de tanta felicidad inaugural.
