En un comunicado divulgado ayer, Amnistía Internacional considera que, pese a las importantes reformas realizadas en China con motivo de los Juegos Olímpicos en materia de pena de muerte y de las nuevas normas para periodistas extranjeros, "hay pocas señales de mejora en otros ámbitos de los derechos humanos en relación con los Juegos, y la represión del activismo de derechos humanos y del periodismo interno ha aumentado".
Todos se preparan para los Juegos del año que viene. Las autoridades chinas y los atletas, pero también muchos otros dispuestos a aguarles la fiesta; el lobby budista tibetano, diversos defensores de derechos humanos, la ultraderecha global enemiga de cualquier país en desarrollo que levante cabeza, la secta Falun Gong, los independentistas taiwaneses… La lista es larga, los motivos de cada componente son distintos, pero conducen a lo mismo: la pésima imagen de China en Occidente puede dar lugar a muchas sorpresas.
"Los Juegos no van a ser juzgados sólo por el aspecto técnico, sino también por la percepción que el mundo tiene de ellos, así que no perdamos de vista los aspectos que conformarán la imagen de China", dijo el presidente del COI, Jacques Rogge.
El referente de los Juegos Olímpicos de Moscú de 1980, cuando Estados Unidos los boicoteó por la guerra de Afganistán, arrastrando a países clientes, no sirve. Ahora no hay guerra fría. Está, eso si, la rivalidad comercial y los derechos humanos. También la aprensión ante el resurgir de un país, antes pobre y dictatorial y ahora menos, que es considerado "próxima amenaza" en algunos importantes cuarteles generales.
Pero todo eso viene paliado por el enorme nexo comercial y la mutua dependencia existente entre Estados Unidos y China, y no alcanza para convertirles en beligerantes. El asunto de aguarle a China los Juegos no va a correr a cargo de estados, sino de la sociedad civil y de unos medios de comunicación hostiles. Los puntos débiles son muchos.
China tiene en Xinjiang, la gran zona uigur del noroeste, un problema nacional ahogado a punta de represión, que incluye cierta tradición reciente de atentados. Tíbet, que no da esos sobresaltos violentos desde los años setenta, tiene un exilio organizado y una red de activistas del lobby tibetano/ budista internacional, con apoyos en Hollywood, que ya se está preparando para los Juegos. La secta Falun Gong, con centros organizados en Hong Kong, EE. UU. y Taiwán, no dejará pasar la ocasión. La secta había llegado a interferir señales de satélite para pasar sus mensajes en TV.
Respecto a Darfur, la idea de que China es responsable en la guerra civil de Sudán, por comprarle el grueso de su petróleo, se ha instalado en la opinión pública internacional. En The Wall Street Journal, la actriz Mia Farrow escribió que Steven Spielberg pasaría a la historia como "el Leni Riefenstahl (cineasta del nazismo) de los Juegos de Pekín", por ser su asesor artístico.
En Taiwán, la idea de hacer coincidir los Juegos con cambios constitucionales para provocar a China ha madurado en la cabeza de Chen Shui Bian, el presidente taiwanés. Todo eso son más certezas que hipótesis, y no está claro que China esté preparada para afrontarlo.
Para un país que no consiente las manifestaciones pacíficas y las considera un serio delito, las protestas de esos sectores van a ser un problema, incluso si se practica una gestión inteligente de ellas, como sugiere la nueva norma que levanta restricciones a los periodistas extranjeros. Que una persona agite una bandera o reparta folletos nacionalistas, sectarios o religiosos es considerado delito en China. Si esa persona es detenida, será contradictorio con la imagen de una China libre y abierta que sus autoridades quieren dar. Yno hay duda de que ya hay mucha gente trabajando para que esa contradicción explote en Pekín 2008.

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