La OCDE va a resituar el sistema educativo español en el centro de las críticas, porque circula por el sector de la enseñanza la previsión de que España volverá a suspender el informe de PISA sobre rendimiento escolar, que en esta edición (sobre datos del 2006) evalúa el aprendizaje de las ciencias. De ser así, la sensación de debacle será considerable. Cuando se hizo pública la anterior entrega, el flamante Gobierno del PSOE aún se veía legimitado para mirar atrás y culpar al PP de dejarle en herencia una suerte de depresión en las aulas. Ahora, tras tres años largos de gestión, la coartada del Ejecutivo deberá ser otra. Alegar que para paliar el desastre constatado en el 2004 se ha cambiado de ley educativa será mejor que callar, pero supondrá admitir que el único remedio era volar el sistema y reconstruirlo desde sus cimientos, lo que implícitamente supone dar por perdidas varias generaciones de alumnos.

Sea cual sea la estrategia de defensa que elijan los responsables educativos en Madrid, Barcelona o Valladolid, es muy probable que la búsqueda de soluciones apunte otra vez a Finlandia, que suele encabezar la clasificación de eficiencia de PISA. De repetir como primero de la clase,el país nórdico suscitará elogios como los que ya recibe por su papel de potencia investigadora. Es difícil sustraerse a la idea de que una buena base de los conocimientos impartidos por profesores motivados es la clave de que un país tan irrelevante sobre el mapa haya situado en el escaparate global, por ejemplo, el teléfono que articula la vida social de medio mundo. Es el modelo Nokia de supervivencia nacional frente a las turbulencias del capital deshumanizado.

Lástima que no se haya inventado aún la prenda prêt à porter que nos siente bien a todos. Porque cuando nos volvamos a mirar en el espejo finlandés nos veremos menos indignos si recordamos que el alumnado español dista mucho de estar tan cohesionado como el de aquel país, entendiendo aquí por cohesión un eufemismo que define la presencia mayoritaria de niños autóctonos en las aulas. La oleada inmigratoria que sufre España va a aportar sus ventajas, pero lo cierto es que la dificultad de absorber el aterrizaje masivo de alumnos extranjeros obliga a los centros a reinventarse curso tras curso, con poca opción de hacer previsiones a largo plazo. Del traje finlandés sí nos sentaría bien, por ejemplo, el prestigio que confiere al profesor, una figura que aquí sirve de chivo expiatorio de frustraciones que no tienen nada que ver con el papel que socialmente tiene asignado. Pero, en su conjunto, nunca será un modelo en el que nos sintamos cómodos.

En cualquier caso, el sistema educativo finlandés tampoco ha acertado a remediar dos lacras compartidas en ambos polos de Europa: la violencia contra la mujer y el alcoholismo. Contra la percepción de que la mujer ha asumido en Finlandia más cuotas de igualdad que en cualquier otro lugar, lo cierto es que el país nórdico presenta un balance de víctimas del terror doméstico tan impresentable como el de España. Y mucho tiene que ver en ello la borrachera colectiva que se extiende por los bares de Helsinki a partir del mediodía del viernes, una versión más compulsiva - aunque de consecuencias igualmente devastadoras- de nuestro alcoholismo del día a día.