Un mundo sin libros, de Xuan Bello en El Comercio
Varias veces me han preguntado si tengo manías a la hora de escribir. Suelo decir que ninguna y, ahora que lo pienso más detenidamente, me doy cuenta de que no digo toda la verdad. Es cierto que me da igual escribir a mano o a máquina, en la pantalla del ordenador de un cibercafé o en un mantel sobre la mesa de un restaurante; es cierto que allí donde escriba está, mientras me dedico a esta tarea, mi casa; he escrito en plazas públicas, como tantas veces en la de Santa María del Trastevere, y en redacciones de periódicos; he escrito en Villafranca del Bierzo, mientras me ponían un vino y el camarero contemplaba con espanto el ordenador portátil. He escrito, y esto me gusta especialmente, en habitaciones de hotel escuchando el rumor de calles apenas conocidas; he escrito mientras alguien gritaba sobre mi hombro preguntándole a un compañero a que hora era esa maldita rueda de prensa y lo he hecho en el silencio de mi casa, recogido, con una música suave o la televisión encendida para que mi mente tuviese, al menos, un punto de fuga por donde escapar. He escrito por la noche y al amanecer. He escrito mientras soñaba y, cuando desperté, sólo tenía que echar un vistazo a mi subconsciente para darme cuenta de que llevaba el trabajo honestamente adelantado. No tengo manías, ya se ve, pero sí las tengo. No soy como Julien Gracq ni como Enesto Sábato, que si no disponen de un cuaderno muy determinado dicen ser incapaces de trazar cuatro letras con sentido, ni tampoco como Cesare Pavese, obsesionado con su pluma, capaz de mover Roma con Santiago si no la encontraba en el bolsillo interior de su chaqueta. Si embargo, hay algo que no puede faltar en mi despacho, algo sin lo cual sería incapaz de escribir. Muchas veces, pillado a mitad de un viaje por las prisas de tener que enviar un artículo o un cuento, me he sorprendido buscando en mi maleta los libros que llevaba conmigo y disponerlos -en la mesa del café, en la estantería que prometía el alfeizar de la ventana- a mi mano por si acaso los necesitaba. Es algo que sin duda me ayuda: cómo el desorden de los libros, entremezclados, me proponen un orden, una sensación de estabilidad.
Escribo porque otros han escrito; escribo porque me gusta leer y no entiendo la literatura -como en general no entiendo la vida-si no es como diálogo e intercambio. ¿He visto nacer tantas veces un poema de otro poema! Por esa razón, esté donde esté, me gusta tener libros a mano. Raras veces leo con atención, mientras escribo: pero me gusta abrir al azar las páginas de uno de ellos, acariciarles el lomo y decirme que por este paso por el que yo estoy pasando, el vértigo de tener que decir es indecible, ya han pasado otros.
No me imagino un mundo sin libros. Creo que las ciudades y los pueblos no existirían si alguien no los hubiese escrito antes. París no sería París sin los versos de Verlaine y Madrid apenas sería una sombra si Galdós no hubiese trazado, sobre la página escrita, la planta arquitectónica de su alma. Tengo manías, sí, como cualquiera, y creencias que me ayudan a comprenderme. He estado pensando en esta circunstancia, en un mundo sin libros, un mundo olvidado de sí mismo, y creo que sería insoportable. Robinson Crusoe, en su isla, tenía por lo menos la Biblia, el libro de los libros, y esa feliz ocurrencia de Defoe -el personaje no está enteramente sólo pues está reflejado y proyectado en el libro que lee- es anterior a la aparición de Viernes, su compañero. Para que yo me pueda llamar Xuan Bello, para que mi ser pese sobre el suelo, fueron necesarios muchos libros.
Entre el Día del Libro y la Selmana de les Lletres Asturianes proliferan aquí y allá homenajes a la literatura. Bienvenidos sean. Yo lo digo de una forma absolutamente egoísta. Si yo me imagino el infierno no pienso en llamas ni en castigos más o menos refinados y crueles: pienso en un mundo sin libros, un mundo en el que todo lo que se haya escrito lo haya sido hecho sobre la piel del agua. El hombre es un ser que sueña, que ha leído cuando menos el libro de su memoria o de su alma.
Puedo escribir en cualquier parte con tal de tener un libro a mano, un periódico, un apunte sobre esa capilla románica que se ve asomando tras esos tejados. A Alberto Manguel le hacían de niño aprenderse versos de memoria. Odiaba aquel trabajo impuesto por la familia y cuando le llegaron los días de la adolescencia se rebeló contra lo que le parecía una arbitrariedad. Una tía le dijo:
-Algún día estarás solo y esos versos recordados te harán mucha compañía.
La literatura como consuelo de la soledad. Miro las paredes de mi despacho: libros en la estantería, sobre el sofá, en el suelo, sobre la mesa. Abro uno al azar, 'Terra brava', de Ánxel Fole. Recuerdo aquellos días de mi adolescencia, cuando comencé a comprar libros en los rastrillos, en las librerías, y a ocupar el exiguo espacio de mi cuarto. Aparecía por la puerta con uno nuevo y mi padre lo miraba. Sacando unas monedas del bolsillo y dándomelas, me decía:
-Si compras libros, compra siempre los mejores.
