En esta ocasión y a diferencia de lo ocurrido con anteriores tragedias, como la del instituto de Columbine en 1999 o las de los grandes magnicidios de los años sesenta, apenas ha habido debate político. En una incursión en el absurdo institucional con escasos precedentes, la matanza en Virginia Tech del pasado 16 de abril ha propiciado que el Partido Demócrata se haya propuesto negociar directamente con la Asociación Nacional del Rifle - NRA, en sus siglas en inglés-, en la convicción de que el Partido Republicano no moverá un dedo sin la aquiescencia del todopoderoso lobby armamentístico.
Y no piensen que las negociaciones tienen como objetivo algo sustancial, como cambiar o empezar a interpretar de forma no literal la segunda enmienda de la Constitución estadounidense, la que preserva el derecho a "guardar y llevar" (keep and bear)armas por parte de los ciudadanos. Persiguen algo mucho más modesto, impedir que un auténtico tarado mental como Cho Seung Hui - ¿de qué otra forma cabe describirle, visto su esperpéntico vídeo para la posteridad?-pueda comprar pistolas con total libertad, eso sí, no más de una al mes, como prescriben las leyes del Old Dominion (Virginia).
La verdad es que la cuestión está llena de contradicciones y paradojas. Por ejemplo, los principales candidatos a la presidencia del país, los senadores Clinton y Obama, el ex senador Edwards o el ex alcalde Giuliani, tienen un historial a favor de restringir la compra de armas de fuego, pero ahora han callado como muertos. En cambio, el senador McCain apoyó la no renovación de las restricciones a la compra de los rifles de asalto, auténticas armas de destrucción masiva que ningún cazador en su sano juicio utilizaría. Sin embargo, votar de otra forma equivaldría a un verdadero suicidio en el estado al que representa, Arizona.
Nada es blanco o negro. Al fin y al cabo, Giuliani no se aparta de la doctrina al respecto del Departamento de Policía (NYPD) de la ciudad de la que fue alcalde. Es el mismo dirigente que, a raíz del caso Diallo, pronunció en octubre de 1999 una frase ciertamente lapidaria: "Cuando la policía decide disparar, debe disparar a matar". Amadou Diallo era un pobre diablo que, al ver unos hombres con aspecto agresivo - eran policías de paisano-, trató de guarecerse en un portal y efectuó un gesto "sospechoso" (dirigir la mano al bolsillo). Su desarmado cuerpo recibió 41 disparos, ni uno menos, y sus homicidas fueron exonerados de cualquier responsabilidad, de lo que Giuliani se felicitó efusivamente. Por supuesto, Diallo era joven, pobre y negro.
¿Quién puede culparles? Al margen del latrocinio de Florida, Al Gore perdió probablemente las elecciones del 2000 al ser incapaz de añadir a su columna estados como West Virginia, Arkansas o el suyo propio de Tennessee - con uno de los tres le hubiera bastado- por su posición favorable a un mayor control de las armas.
Los mayores problemas son a nivel federal, ya que, a nivel estatal, las legislaciones son muy variopintas, diga lo que diga la Constitución. Comprar una pistola en Nueva York o Boston puede ser un proceso tan arduo como hacerlo en Barcelona o Madrid, pero en grandes zonas del sur o el oeste - más en el interior que en la costa- pueden adquirirse en tiendas, ferias, mercadillos y hasta por correspondencia. Y es que Colt, Winchester o Smith & Wesson son auténticos iconos culturales.

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