La Infanta Sofía viene a sumarse al royal baby boom que está azotando a las casas reales europeas desde hace unos años. Las cortes de las monarquías más antiguas del viejo continente se han convertido en grandes nurseries de luxe y cuesta imaginarse ya a Máxima de los Países Bajos, Matilde de Bélgica, Mette-Marit de Noruega, Mary de Dinamarca e incluso Letizia de España, sin el bombo de la embarazada.
Es como si los príncipes herederos y sus consortes a las que la revista francesa Point de Vue llama «las irresistibles plebeyas» hubiesen decidido aumentar la natalidad de sus países con hijos e hijas a la mayor rapidez posible. La única corte que no oye el llanto o las risas de un roro real es la británica y las esperanzas que teníamos de ver a Carlos de Gales convertido en abuelo se han esfumado ante la ruptura entre el príncipe Guillermo y la desafortunada Kate Middleton.
Hemos visto cómo estos royal babies son llevados en brazos por sus orgullosos papás a las bodas o bautizos reales. Es algo que hubiese resultado improcedente hace unos años cuando los principitos solían permanecer ocultos al cuidado de sus niñeras y, más tarde, de sus institutrices o tutores. Pero no resulta tan descabellado cuando se piensa que es una buena forma de que se conozcan los que tendrán que reinar -si llegan a reinar- algún día.
Una forma excelente, además, para que intimen estos primos reales o irreales de Europa, descendientes en su mayoría de la reina/emperatriz Victoria I de Inglaterra y que surjan romances que pongan fin a la ola de mésalliances que ha sido la constante de esta última década. A Victoria no le hubiesen divertido en absoluto.
Es de esperar que en el bautizo de la Infanta Sofía veamos más royal glamour que en el de su hermana doña Leonor en el que se exageró demasiado la nota íntima y se echó en falta la presencia de otros jóvenes padres de la realeza europea con su prole. Aunque el palacio de La Zarzuela piense que el pueblo aplaude la sobriedad, es todo lo contrario y nos hubiese encantando ver a los primos reales e irreales de Europa en torno a la pila bautismal en alegre compañía.
Hay que aplaudir la elección del nombre de la neófita aunque llegue un poco tarde: hubiera tenido que llevarlo su hermana mayor en vez de ése tan desconcertante de Leonor.
© Mundinteractivos, S.A.

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