La paradoja europea de Francia, de Bernard Cassen en La Voz de Asturias
El 29 de mayo del 2005, en el referendo francés sobre el Tratado Constitucional europeo, el índice de participación electoral se elevó a cerca del 70%. El pasado 22 de abril, en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, alcanzó el nivel récord del 83,78%. Se podría pensar que los dos escrutinios, aunque muy representativo cada uno de ellos, han dado resultados contradictorios en la medida en que los dos finalistas (e incluso los tres, si añadimos a François Bayrou, que se ha invitado a la campaña para la segunda vuelta) votaron sí al Tratado Constitucional, contrariamente a la mayoría de sus conciudadanos.
Esta paradoja solo es aparente y no hay que ver en el 22 de abril un desquite del 29 de mayo: las lecciones de la victoria del no en el referendo han sido integradas en los programas de todos los candidatos. Si nos atenemos a las apariencias, algunos, especialmente fuera de Francia, han deplorado que la cuestión europea haya estado demasiado ausente del debate electoral. Es una ilusión óptica, pues Ségolène Royal y Nicolas Sarkozy han hablado de ello, pero más de manera indirecta que directa.
Una verdadera pedagogía política hubiera requerido que explicaran que, como en el conjunto de la Unión Europea (UE), entre los dos tercios y los tres cuartos de los actos jurídicos que rigen la vida de los ciudadanos derivan del derecho comunitario, tanto si son de aplicación directa (reglamentos y decisiones) como si establecen obligaciones de efecto legislativo (directivas). En el primer caso, la representación nacional (diputados y senadores) no puede expresar su parecer. En el segundo, no hace más que traducir en derecho nacional una decisión tomada al margen del mismo por los gobiernos de los Veintisiete. Dicho en otras palabras: el presidente de la República y el Gobierno solo podrán someter a la deliberación soberana del Parlamento entre el 25% y el 33% de los actos jurídicos a los que estarán sometidos los ciudadanos.
Se comprende que esta situación, que evidencia la estrechez de los márgenes de maniobra de las políticas nacionales, no movilice mucho a los electores. Además, los principales candidatos han esquivado el obstáculo retomando algunos de los argumentos del no . Así, Nicolas Sarkozy exige un retorno a la "preferencia comunitaria", principalmente en materia agrícola; pide la rebaja del IVA al 5,5% para la hostelería y la restauración (dos sectores generadores de empleo); preconiza una armonización europea del gravamen sobre los beneficios de sociedades y, sobre todo, un control de los ministros de la zona euro sobre la política de cambios del Banco Central Europeo (BCE). Ségolène Royal adopta la misma postura en cuanto al BCE; quiere impedir las deslocalizaciones de empresas tanto en el seno de la UE como fuera de la misma; pretende subordinar los intercambios comerciales a criterios sociales y medioambientales, etcétera.
Estas propuestas, contrarias todas ellas a los textos europeos en vigor, provocan la consternación de la Comisión Europea y de los numerosos gobiernos para los que reconsiderar las políticas neoliberales realizadas hasta ahora está fuera de lugar. Pero todos se acantonan en un silencio prudente hasta el 6 de mayo, esperando que, una vez pasadas las elecciones, el realismo prevalezca en el nuevo presidente o la nueva presidenta. En otras palabras, que sus promesas de campaña caigan en saco roto.
Este es un cálculo equivocado, pues de todas formas se planteará el problema de la ratificación del nuevo tratado, más institucional que constitucional , del que Angela Merkel propondrá la hoja de ruta durante el Consejo Europeo de junio. Si, como es probable, se trata de un tratado aligerado --de un minitratado--, Nicolas Sarkozy ha anunciado que él lo haría ratificar por la vía parlamentaria. Pero asumiría entonces un grave riesgo frente a la opinión pública, muy mayoritariamente favorable a una consulta popular. "El riesgo de una nueva consulta es que desemboque en un nuevo no , lo que significaría la muerte de la Unión", ha creído poder afirmar el eurodiputado polaco Bronislaw Geremek. Es significativo de la trayectoria del exdirigente de Solidaridad que pretenda fríamente construir Europa sin sus pueblos, es decir contra ellos. Sarkozy puede mantener este discurso en Francia?
Por su parte, Ségolène Royal ha confirmado su compromiso de celebración de un referendo. Fran- çois Bayrou ya había hecho lo mismo. Si llega ese día, no se juzgará únicamente el tratado, sino también las políticas europeas. Al igual que para Sarkozy, se planteará entonces la cuestión de la aceptación por los otros gobiernos europeos de las propuestas francesas, principalmente sobre el BCE y, por consiguiente, del respeto de los compromisos electorales asumidos dos años antes por quien convoque la consulta. En definitiva, es evidente que Europa no ha estado tan ausente de las elecciones presidenciales francesas como pudieran sugerir las apariencias.
Bernard Cassen. Presidente de honor de Attac.
Traducción de Xavier Nerín.
