Curiosas las declaraciones con las que se ha descolgado el president Maragall. ¿Tienen algún valor? A mi juicio, escaso. Que se suelte todavía más el pelo, depende del caso - un poco exagerado- que le vayan haciendo los medios de comunicación. Supongo que estarán de acuerdo con quien afirme que no hubiera dicho lo mismo si sus compañeros de partido no le hubiesen apeado de las listas y siguiera en la más alta responsabilidad institucional de Catalunya. En este supesto escenario, en vez de afirmar que lo del Estatut no valía la pena andaría defendiéndolo contra viento y marea. Obsérvese pues la distancia que hay, en cuanto a declarar esto o aquello, según se ocupe el cargo o se haya uno visto desalojado de él.
Ya sé que se trata de una interpretación particular, pero creo que las palabras de Pasqual Maragall provienen de la displicencia. La actitud displicente se detectó en el personaje, si no desde el día en que fue nombrado president, sí desde que se vio, al cabo de pocas semanas, superado por los acontecimientos que acabaron con la salida del Govern de quien le aupó, Carod-Rovira. No hay que exprimir la memoria para concluir que media una enorme distancia entre el Maragall president y su antecesor, el Maragall alcalde de Barcelona. Como alcalde, llevaba las riendas del gobierno municipal, era el que mandaba, feia i desfeia.Sus sueños, genialidades y tortillas volteadas, que de todo había, eran tomados al pie de la letra. La mayoría se convertían en realidades. Como president, la figura empalideció. Portaba las riendas el azar, siempre dispuesto a organizar las cosas del modo más caótico posible en cuanto le dejaban empuñarlas. Maragall tomaba distancia, se lo miraba de lejos, a menudo se hubiera dicho que los acontecimientos no iban con él. O sea, displicencia, favorecida por una arraigada convicción sobre la insumergibilidad política de su persona, que acabó fallándole cuando ya había sobrevivido a las olas más tremebundas.
Como president, Maragall naufragó, o su barca fue volcada por fuerzas ajenas, si bien próximas, que para el caso es lo mismo. Al despedirse, o mejor ser despedido, le fue otorgado el mérito de ser el president del nuevo Estatut. Sin duda lo fue, puesto que la legislatura anterior no dio mucho más de sí. Hacer efectiva la alternancia, que ya es bastante. Ylo que le alzó hasta la cima sin comerlo ni beberlo - ni siquiera merecerlo por el resultado-, llevar a cabo el proceso estatutario de cabo a rabo, desde el inicio de la ponencia conjunta en el Parlament hasta el referéndum. Nose puede pedir más. Ono se podía, pues el colofón del Constitucional podría acabar de deslegitimarlo. En todo caso, Maragall se ha quitado la única medalla que poseía en tanto que president, la ha arrojado al barro y la ha pisoteado. Así le han quedado de envueltos los pies en este material, tan desagradable que casi impide levantar el pie.
¿Son las mejores circunstancias para iniciar una nueva andadura o singladura? De ninguna manera. Al menos, insisto, según los datos del presente. Nadie sabe gran cosa sobre el futuro, pero pocas veces falla el aserto, ya repetido en esta columna, de que en política se sube por la escalera y se sale por la ventana. El pastel del poder sufre de horror vacui desde el inicio de los tiempos, de manera que, cuando uno deja de participar en él, otros ocupan su lugar y completan el círculo, en el que una vez expulsado resulta casi imposible volver a tener tajada. Una cosa es incomodar, otra enfilar frases chocantes, una tercera muy distinta dar un salto desde la calle, su lugar actual, y entrar por una ventana más o menos visible, que son las de los pisos altos. Tal vez por ello se ha apuntado a la entelequia esa del Partido Demócrata Europeo, que nunca será un partido.

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