Lo ha dicho hasta el abad de Montserrat, Josep Maria Soler: muchos quieren "un liderazgo fuerte al servicio de Catalunya". Es verdad. Se necesita alguien que señale el camino en medio de la confusión que nos domina. La plaza de líder está vacante desde que se jubiló Jordi Pujol. El pospujolismo es, antes que nada, un territorio sin liderazgo en el cual falta la voz segura de alguien que vea la jugada con antelación, que señale la ruta adecuada y que tenga, además, la virtud de generar grandes consensos e insuflar moral a la gente para hacer frente a los nuevos desafíos. El catalanismo, como cualquier gran proyecto político, ha funcionado cuando ha tenido un líder sólido al frente. Hay liderazgos de todo tipo. Prat de la Riba fue un líder sereno que, desde el despacho, convirtió su labor de incansable hormiga ordenadora en una épica regeneracionista que conectaba con el llamado "espíritu del 12 de septiembre", esa entrega al trabajo que hizo de Catalunya un país dinámico a partir del siglo XVIII, a pesar de haber sido derrotado y ocupado por las tropas de Felipe V.
Con todo, en el imaginario nacionalista catalán, el gran líder de masas por antonomasia sigue siendo Francesc Macià. Por encima de todos los demás. Estos días se ha estrenado la película de Josep Maria Forn titulada El coronel Macià, un honesto y eficaz biopic que retrata la conversión de un oficial del ejército español en un líder independentista carismático. Macià, más tarde llamado l´Avi, cultivó una aureola romántica muy al estilo del siglo XIX, buscando la estela de esos revolucionarios que forjaron naciones libres, al estilo del italiano Garibaldi o de algunos jefes del movimiento irlandés. A la vez, el creador del partido Estat Català fue un precursor en el uso moderno de la propaganda al servicio de una causa. Macià supo convertir su juicio en París en una plataforma de promoción y expansión de sus ideas y de su propia imagen.
La biografía de Macià es atractiva por muchos motivos. Algo que lo singulariza es, precisamente, su particular toma de conciencia política, que le acaba convirtiendo en un traidor a los ojos de sus compañeros de armas. Al final, debe renunciar a su profesión de militar, incompatible con su nueva ideología, que le coloca en las antípodas de los valores del ejército al que ha servido. El prototipo del traidor está en la base de muchos liderazgos y, de hecho, es una fuente especial de legitimidad para el mando. Aquel que proviene del campo enemigo y asume, desde la convicción y con alto riesgo personal, una nueva bandera es admirado por quienes le acogen como una figura dotada de atributos fuera de lo común. Las transiciones, las revoluciones y los grandes retos van asociados, a menudo, a un liderazgo basado en la traición.
Recordemos, por ejemplo, el papel clave que tuvo Adolfo Suárez como primer líder de la democracia española. El que había sido criado como una de las esperanzas blancas del régimen franquista devino el campeón de la transición pacífica.
En las últimas declaraciones de Pasqual Maragall cuestionando el Estatut que abanderó y contando con pelos y señales cómo fue apartado del cargo por Rodríguez Zapatero hay, además de una autocrítica a destiempo y una necesidad de reivindicarse, algo nuevo. Quizás una sombra de ese tipo de traición que busca reinventar un liderazgo que se quemó con el primer tripartito y que fue descabezado desde Madrid. Lo que ha dicho Maragall es una forma contundente de ahondar todavía más, si cabe, su conocida distancia respecto a la dirección del PSC, su partido de toda la vida. Ya sabemos que el ex president nunca ha sido una personalidad amoldable a los perfiles estrechos de unas siglas, pero ahora va mucho más allá. Quizás sin hacerlo de modo consciente, Maragall se está postulando como nuevo líder de una Catalunya rebelde. Por eso dice cosas parecidas a las que antes dijeron otros, por ejemplo el ex conseller Carretero, que él relevó por pensar en voz alta. Si se analizan las últimas palabras de Maragall, se detecta la agria decepción de alguien que afirmó que el futuro estaba escrito en un eslogan del PSOE: "Si gana Zapatero, gana Catalunya". Al ex president se le ha puesto cara de català emprenyat, que diría el amigo Enric Juliana. Emprenyat i enredat, añado yo.
Ni España plural ni federalismos asimétricos. Zapatero es como todos los demás. Prometió amor federal, pero sólo entiende el lenguaje del sexo comercial, que es el de los apoyos parlamentarios. Por eso Maragall, que se había creído su propia fantasía, reprocha hoy a Zapatero que se haya convertido en felipista, en recuerdo del periodo 1993-1996, cuando Pujol y Roca hicieron, a cambio del peix al cove, de airbag de un González muy tocado. Así, por el atajo de la decepción, el nieto del poeta coquetea con la traición y no es nada casual que sólo hayan sido los dirigentes de ERC quienes han acogido favorablemente sus declaraciones sobre el esfuerzo baldío de reformar el Estatut. Esta corriente de simpatía mutua no es nueva, a pesar de la ruptura del primer tripartito. Siendo todavía president, Maragall y Carod-Rovira bromearon alguna vez en privado con la posibilidad de que el dirigente socialista se apuntara al partido independentista. En este sentido se ha expresado también el republicano Bargalló, con menos ironía de lo que parece, al glosar su relación con Maragall para la revista de la Universitat de Barcelona: "Diria que, amb alguns anys més, encara l´hauria tornat independentista". En el PSC se lo querían quitar de encima y en ERC le ofrecían el hombro para que llorara.
No pienso que veamos nunca a Maragall en ERC, sería demasiado maragallada. Ni el independentismo alambicado de su amigo Xavier Rubert de Ventós podría lograr tal conversión. El ex president no es un independentista, sólo es un federalista que ha descubierto la evidencia: que no hay federalistas en las Españas y que, si los hubiera, Zapatero no sería uno de ellos. Tras la caída del caballo, Maragall es una figura en busca de un relato nuevo y no se resigna a jubilarse. ¿Se convertirá en el coronel Maragall? Se abren todos los interrogantes: ¿qué podría hacer Maragall para concretar su voceada desafección? Lo previsible es que su traición consista en alejarse un poco más del PSC, dejando la presidencia del partido y animando, acaso, otra versión de sus Ciutadans pel Canvi. La coartada para tales maniobras ya la ha apuntado estos días: un nuevo Partido Demócrata de ámbito europeo, impulsado inicialmente por el centroizquierda italiano y por los centristas franceses de Bayrou. Maragall admite que podría estar en una nave así, lo que no aclara es si ello implicaría romper definitivamente todo vínculo con el PSC.
Pero el personaje no es previsible, así que no descarten otros inventos. Estén atentos y quédense con una imagen potente: la de ese Maragall que fue aplaudido y arropado cuando acudió al reciente concierto de despedida de Lluís Llach, en Verges, el mismo lugar donde se abucheó a Montilla y se coreó: "Independència, independència!". Tal vez aquella noche Maragall acarició la idea de intentar seguir los pasos del coronel Macià. El problema es que, a lo peor y de rebote, acaba emulando a Josep Tarradellas, el Molt Honorable que, una vez jubilado, se dedicó a disparar obsesivamente sobre su sucesor.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados