A Pedro Solbes le sucede justo lo contrario que a Dmitri Fiodorovich Karamazov, aquel personaje de Dostoievski al que el gran escritor moscovita comparó con Rusia. Pero si el mayor de los hermanos Karamazov era “excesivo” e “imprevisible”, como el viejo imperio de Catalina la Grande, el vicepresidente económico representa todo lo contrario. Lleva diciendo exactamente lo mismo desde hace al menos dos décadas, y saca los pies del plato sólo lo justo. Ni le gustan los excesos -un viejo vicio de este país llamado España- ni los aventurerismos políticos -una de las escasas aportaciones intelectuales que ha hecho esta vieja nación a la teoría política-. En Solbes, por el contrario, todo es tan cotidiano como esos paseos que se da los domingos por la mañana por los pinares de Aravaca.

Hay quien dice que esta posición un tanto ecléctica hacia la vida -en algunos momentos, incluso, pasota- es una bendición caída del cielo para un sistema político, como el español, basado en los excesos, y en el que un día sí y otro también la clase política acusa al adversario de una tacada de alentar la corrupción, todo tipo de fechorías y conspiraciones; la llegada de nuevos fascismos y hasta la promoción de infames golpes de Estado en aras de alterar los resultados electorales. Tirios y troyanos, como se sabe, se lanzan a diario toda clase de lindezas como si viviéramos en un Estado de excepción. Menos mal que la ciudadanía no les hace caso.

Pedro, el ausente

Pedro Solbes ha sabido alejarse de ese ruido mediático con un discurso monocorde y a menudo hueco. Aprendido, sin lugar a dudas, en las cancillerías extranjeras, en las que el arte de no decir nada, pero aparentando que se dejan caer las verdades del barquero, es de una destreza suprema. El vicepresidente es, por ello, un alumno aventajado en ese noble arte de la diplomacia inane. Algo que, sin duda, le ha dado buenos resultados. Ha escalado posiciones políticas sin ganar batalla alguna. Sin mojarse políticamente y sin decir esta boca es mía. Al contrario que algunos de los políticos de su generación, que perdieron lo mejor de su trayectoria política defendiendo lo que consideraban justo. Defendiendo unas ideas que, al fin y al cabo, es para lo que se está en política.

Solbes, al contrario, ha acostumbrado a hacer mutis por el foro cuando suenan los disparos, lo que unido a una imagen corporal un tanto decimonónica, de maestro ciruelo, ha acabado por da la impresión de que está situado por encima del bien y del mal. La mezcla de ambas realidades ha convertido a Solbes en un enemigo imbatible para sus adversarios políticos: los que tiene dentro del partido y los que le quieren jubilar lo antes posible y que hoy habitan en la calle Génova.

Habrá quien piensa que esta descripción del vicepresidente segundo del Gobierno responde al perfil del clásico corcho que existe en todas las fuerzas políticas. Esa clase de individuos que flotan siempre en cualquier circunstancia. Gobierne quien gobierne.

Mejor no equivocarse que dar soluciones

No creo que Solbes responda a ese perfil. Es evidente que el ministro de Economía ha renunciado en innumerables ocasiones a sus ideas -estoy convencido que las tiene- no por un principio de supervivencia, sino más bien por una determinada forma de entender el mundo. Solbes es de lo que piensan que en política es tan importante no equivocarse como ofrecer soluciones Y él, desde luego, se ha apuntado desde hace muchos años a la primera de las posibilidades, renunciando, de forma expresa, a la segunda. No le pidan al vicepresidente que haga experimentos o que resuelva problemas, pero si necesitan un gestor honrado que no le sise cantidad alguna, contrate a Solbes.

El vicepresidente es, por lo tanto, el problema y la solución. Renunció en su día a imponer su autoridad en ese colosal despropósito que han sido las opas sobre Endesa. Y, sobre todo, ha sido incapaz de frenar a una Oficina Económica tan mal diseñada como incompetente, que produce documentos carentes de rigor estratégico, que es lo menos que se le puede pedir a un aparato gubernamental que lo único que tienen que hacer es pensar. Poner ideas en circulación.

Lo peor, sin embargo, es que Solbes -y poco más- es el único activo verdaderamente relevante que tiene Zapatero en ese mediocre Consejo de Ministros que cada viernes se reúne en el Palacio de la Moncloa. ¿Se imaginan un Ministerio de Economía dirigido por Miguel Sebastián con Arenillas como secretario de Estado de Economía?

El tiempo de Solbes, sin embargo, se está agotando. Seguir mirando para otro lado, como si no hubiera pasado nada en estos últimos meses, es un auténtico dislate. Y pensar que la economía española ha encontrado la solución a sus problemas es tan iluso como disparatado. Es la hora de que alguien con iniciativa política y con ganas de cambiar las cosas -evitando que este país caiga en manos de un grupo de oligopolios- se siente en el viejo caserón de Aduanas.