Según la Organización Mundial de la Salud, ciento trece millones de europeos están expuestos a niveles de ruido perjudiciales para la salud. En España la encuesta de condiciones de vida 2005 muestra unos resultados preocupantes en cuanto a la contaminación acústica. Casi uno de cada tres hogares considera el ruido como uno de los problemas fundamentales de su falta de bienestar en el domicilio, un problema que se declara mucho más que la contaminación ambiental o la delincuencia y el vandalismo.

Estamos acostumbrados a ver en los medios de comunicación protestas por ruidos externos como los producidos por los aeropuertos u otros medios de transporte; también son habituales las denuncias contra locales de ocio o cualquier otro tipo de actividad económica por no permitir el descanso de los vecinos. Se habla mucho menos, pero se padece mucho más, otro aspecto muy importante de la generación de contaminación acústica: el ruido doméstico.

El ruido doméstico es un gran problema social porque presenta grandes dificultades de regulación y de control. Además, no hay que perder de vista que un sonido se convierte en ruido dependiendo de quién lo oiga, porque no todos consideramos molesto lo mismo. Tacones, lavadoras, ascensores, bricolaje, televisores, música, reformas... prácticas lícitas que resultan muy molestas - de noche o de día- para aquellos que están al lado, debajo o encima. Existe normativa - 35 decibelios de día y 30 de noche, en la mayoría de las comunidades autónomas-, pero una simple conversación ya la sobrepasa y no molesta a los demás sólo si la construcción es de calidad, imagínense una riña ocasional o continuada.

No es la primera vez - ni será la última- que aparecen datos sobre cuánto ruido soportamos. Sobre todo aquí porque junto con Italia y Rusia somos los países europeos con peores índices. Lo más curioso es que no se plantea al revés, es decir, en términos de cuánto ruido hacemos, y así parece que no somos nosotros mismos quienes causamos el problema - o una buena parte de él-. Tenemos como tarea pendiente de convivencia enmendar nuestras normas de conducta - quizás la tan criticada nueva asignatura de ciudadanía sería buen espacio para ello-. No me refiero - o en todo caso voy más allá- a ser ciudadanos activos y comprometidos y protestar por el ruido de aviones, trenes, coches, tranvías y horarios de locales nocturnos.

Somos unos vecinos de pena, porque vivimos como si estuviéramos solos en el mundo. De hecho, pensamos que en nuestra casa - la propiedad, o en su defecto el alquiler, de cuatro paredes- se nos permite imponer en ella sólo nuestras necesidades y deseos, que podemos hacer lo que queramos. Algunos dicen "que se fastidie el vecino", otros ni eso, pero viven pensando únicamente en ellos, y por lo tanto hacen insufrible tanto unos como otros - queriendo y no queriendo- la vida de los demás.

Sin duda alguna, hay distintos factores que explican el boom inmobiliario de estos últimos tiempos, pero nadie había considerado como uno de ellos el hecho de tener unas condiciones de vida insoportables a causa del comportamiento de los vecinos. Los resultados de la encuesta europea patrocinada por la multinacional AEG dicen que más de 900.000 españoles han cambiado de domicilio este último año a causa del ruido de los vecinos. Un dato sin duda que tener en cuenta, sobre todo porque el esfuerzo económico llevado a cabo para trasladarse no está claro que les asegure la tan ansiada paz vecinal que buscan.