LA TRASTIENDA

Sigo procesando una debilidad por Pasqual Maragall. Lo he criticado tanto como lo he elogiado. Y creo que es el único político catalán que ha valorado esta modesta crítica periodística tanto cuando era positiva como negativa.

El año que se cumplía el décimo aniversario de EL MUNDO DE CATALUNYA le pedí al ex president que escribiera un artículo que fue el primero de una serie de reflexiones sobre ese acontecimiento en un suplemento especial. Aunque algunas personas de su equipo eran muy reacios a que lo hiciera, a través de Jordi Mercader, su mano derecha durante su presidencia, accedió a hacerlo, y fue de una profesional aplastante a la hora de entregarlo el día que se le había pedido.

No era un artículo fácil. Tenía que escribirlo en un momento en que nuestro diario era muy crítico con su presidencia y su política. Para nuestro asombro el artículo hablaba de los diez años fomentando la pluralidad. Con dos frases muy concretas: «EL MUNDO DE CATALUNYA no ha dejado de seguir la evolución de la realidad política catalana, ofreciendo una perspectiva específica, con la que no siempre he coincidido plenamente, pero que siempre he respetado. Una manera de entender el periodismo que demuestra día a día que la controversia y la discrepancia son los valores que ayudan a consolidar la pluralidad de ideas y en definitiva, la democracia».

Dos palabras fundamentales del texto: controversia y discrepancia.Durante los días que salió publicado eso es lo que se vivía en la calle y en la política. Tanto una palabra como otra se basan en la contradicción de ideas. Dos, que contrapuestas, circulan por laberintos discursivos que acaban por formular una nueva idea. O nuevas ideas. Durante aquellos días, dos formulaciones se mostraban contrapuestas. Los que estaban a favor de un nuevo Estatut y los que no. Cada uno con sus argumentos. Maragall siempre se acomodó en este espacio. No todos sus colegas, ni de partido, ni de gobierno, ni de profesión, mantenían la misma entereza plural frente a los que pensábamos que lo que se estaba tramando con el Estatut era una operación política que beneficiaba al tripartito, y enfrentaba, una vez más, a la sociedad catalana con el resto de España. Sobre todo desde un punto económico, que era el peor. Además, todo se inspiraba en un juego de espaldas a la Constitución y en contra de una parte de la sociedad española, no sólo la popular sino también la socialista. Evidentemente, todo este discurso era tachado de anticatalán.

Las declaraciones de Maragall a la publicación italiana Europa Quotidiana asegurando que la negociación del Estatut fue un error y que antes se debía haber reformado la Constitución, son la evidencia de que hemos vivido unos años difíciles de entender, sólo posibles en el método de la política fast food, que se basan en: hago hoy lo que me va bien para mañana, pero no pienso en el futuro. Y ahora, Maragall expía sus culpas. Y lo hace en dos publicaciones: la antes mencionada, de izquierdas, italiana, alejada del ruido peninsular, y en L'Avenç. Un mensual dirigido por historiadores, que es lo más alejado a un periodista, aunque trabaje con hechos. Muy hábil, el president.

El problema es que, a pesar de todo mi reconocimiento intelectual al personaje, a pesar de intuir que si Maragall hubiera gobernado sólo, sin tripartito, Cataluña viviría otro momento, con todo ello, el máximo responsable del Estatut, y de estos tres años en Cataluña, ha sido Maragall. Él permitió que el grado de descontrol se extendiera por la Generalitat y por el país; él permitió que sus compañeros de viaje camparan a sus anchas en la desmedida política. Todo era relativo siempre para tomar decisiones. Y, aunque filosóficamente pueda tener razón, la gestión diaria lo debería haber puesto en su sitio. Y no fue así.

Por ello, no deja de ser molesto que diga lo que muchos hemos venido diciendo desde hace mucho tiempo. Sólo desde el gran consenso se pueden construir grandes acuerdos. Y eso, criminalizando cada día al PP, era inviable. Aunque en ocasiones el PP tampoco estuviera las alturas de las circunstancias. Para qué, deberían decir.

El jueves veía caminar a Maragall junto a la consellera Montserrat Tura por Rambla Catalunya. Lo hacía desde la ventana de la Diputación de Barcelona donde su presidente, Celestino Corbacho, me había invitado a comer para hablar de política y de L Hospitalet. Andaba el president con su consellera contento, ágil, con esa sensación de cercanía que tan bien utiliza para seducir a algunos. Es como si no hubiera pasado nada. Pero no es así. Tenemos un Estatut que nos puede llevar al enfrentamiento continuo. Un texto excesivo, largo, poco concreto y donde todo es posible. Pero de ello hemos escrito tantas veces que a estas alturas tiene poco sentido.Ahora Maragall nos da la razón. No ha cambiado nada. Puede que le haya llegado el momento de dejar su partido, aunque Montilla se tire de los pelos.

alex.salmon@elmundo.es

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