SEÑALES DE HUMO
Josep Piqué, fino analista, lo ha dicho en forma de titular: «La historia del Estatut es una historia de traiciones». Acierta.En efecto, muchas y muy variadas fueron las traiciones. En cambio, ofenden a la inteligencia aquellos que desde el nacionalismo español pretenden anotarse en su haber la crítica lanzada por Maragall al Estatut. El ex presidente opina que el texto es demasiado corto vistos los esfuerzos invertidos, los costes abonados y las ofensas soportadas, mientras que el españolismo rechaza el texto porque, presuntamente, va demasiado lejos. Nada tiene que ver la velocidad con el tocino.
Zapatero traicionó a Maragall -también traicionó a Artur Mas, pero esa es otra historia- en tres aspectos fundamentales. En primer lugar, porque en un momento dado el presidente español se puso nervioso y decidió resolver el asunto estatutario como fuera. Entonces recurrió directamente a Artur Mas. Sucedía eso con la llegada de los calores del verano de 2005. Gracias en gran parte a la interferencia monclovita se aprobaba en septiembre de aquel año en el Parlamento catalán el proyecto de Estatut que se debatiría en las Cortes españolas. Una vez el texto en Madrid, Maragall acabaría de perder el control sobre el proceso.Hay que tenerlo en cuenta al leer las consideraciones realizadas por éste a un diario italiano sobre lo oneroso de un Estatut que no habría resultado como se esperaba.
En segundo lugar, Zapatero traicionó a Maragall porque fue el líder del PSOE quien tomó la decisión de descabezarlo. «Me dijo que prefería a Montilla como presidente [de la Generalitat]», ha revelado el nieto del poeta al número correspondiente al mes de mayo de la revista L'Avenç. En 2005 Zapatero decidió desembarazarse del molesto e imprevisible Pasqual. Urdió una maniobra que, claro está, no hubiera sido viable sin el concurso activo de José Montilla y el PSC. Artur Mas observó los movimiento zapateriles con satisfacción.Calculaba, y en eso acertó, que le resultaría fácil hacer morder el polvo electoral al todavía ministro y antiguo alcalde de Cornellà.Olvidó para su pesar que Montilla, contrariamente a Maragall, no sólo es alguien con poder dentro del PSC, sino el número uno, el jefe.
La tercera traición la ha expresado Maragall en los siguientes términos: «El Zapatero federalista de Santillana ha dejado paso a un Zapatero felipista». Melancolía y amarga decepción se funden en la frase de quien fue presidente de Cataluña. Porque la gran ilusión, la verdadera obsesión política de Maragall, no fue otra que la de cambiar España, la de convertir la España áspera, la España de siempre, en una España amable y orgullosa de su diversidad. La España nación de naciones. También en ese empeño ZP lo dejó en la estacada.
Maragall confió en Zapatero, como Jesús confió en San Pedro para edificar su Iglesia. Recordemos que cuando Pedro, en la última cena, le prometió a Jesús mantenerse a su lado pasara lo que pasara, aunque ello le costara la vida, éste le replicó con tristeza: «Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo por segunda vez, me negarás tres veces». Tras prender a Jesús, los soldados interrogaron a Pedro. Como es sabido, en tres ocasiones negó conocerlo y luego el gallo cantó por segunda vez. Acto seguido, Pedro rompió a llorar para después ser perdonado. Un final feliz imposible entre Maragall y Zapatero.
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