IDEAS Y DEBATES
Vas a escribir sobre las irregularidades del caso Wolfowitz?", me pregunta un amigo. "Parece un caso bastante claro", concluye. Pues sí, voy a escribir. Pero el caso no lo veo tan claro.
Cuando escribo estas líneas, no se sabe todavía si Paul Wolfowitz ha dimitido o no de su cargo de Presidente del Banco Mundial. Por si acaso, recordaré brevemente al lector de qué va el affaire.Wolfowitz desembarcó como primer ejecutivo del Banco Mundial, procedente de la Administración norteamericana, hace un par de años. Su compañera sentimental, Shaha Riza, trabajaba ya en el Banco, cuatro escalones por debajo del Presidente.
El código de conducta de la institución prohíbe ese tipo de dependencia, como un caso típico de conflicto de intereses, ya que se supone que el jefe tendrá por lo menos la tentación de proteger o ayudar al subordinado con quien le liga una relación sentimental. De modo que Shaha fue enviada en una especie de comisión de servicio al Departamento de Estado norteamericano, previo aumento de sueldo y categoría, para compensarle de los perjuicios que le podría suponer el traslado. Hasta aquí, todo parece normal. Pero una denuncia de enero de 2006 señalaba que Wolfowitz dio instrucciones al director de recursos humanos para que pusiese en práctica esa decisión. Y que Shaha disfrutaba de un sueldo (supongo que bruto) de 193.590 dólares, superior al de su nueva jefa, la Secretaria de Estado.
"El caso está claro", añade el lector. "Wolfowitz debió haberse quitado de en medio en esa decisión. Y no lo hizo. Luego actuó contra el código de conducta del Banco y contra las reglas de la ética". Pues no está tan claro, al menos de acuerdo con un informe de 109 páginas que el propio Banco Mundial colgó de su web, y al que elWallStreet Journal dedicó una editorial el pasado 17 de abril.
Parece que Wolfowitz explicó su relación sentimental antes de tomar posesión como Presidente, y pidió que se le separase del caso. El Consejo, formado por 24 representantes de los países que aportan el capital del Banco Mundial, pasó la patata caliente al Comité de Ética, que decidió que Shaha debía dejar el Banco y marchar a otro sitio, eso sí, con un aumento de sueldo por los perjuicios que le podría suponer un traslado que ella no deseaba y que no iba a resultar, probablemente, breve. Pero, además, el Comité de Ética manifestó no tener autoridad para dar instrucciones al director de recursos humanos sobre lo que había que hacer, de modo que encargó al Presidente que lo hiciese. Y, claro, Wolfowitz dio las instrucciones. Y ahí empezaron los problemas.
Según se mire, pues, Wolfowitz es inocente: la única manera que le dejaron para resolver el asunto era que él acabase involucrándose en él, cosa que él sabía que no debía hacer y que no quería hacer. Y según se mire, es culpable, porque acabó dando unas instrucciones que concedían un trato de favor a su compañera sentimental -quizás porque tenía prisa en resolver el problema y la burocracia del Banco no le ayudaba; o quizás porque quería ser generoso en la compensación, o quizás porque pensó que se trataba de un asunto claro que, además, tenía las bendiciones del Comité de Ética y del Consejo.
Los demás protagonistas de la historia no parecen ser unos sinvergüenzas, pero tampoco hacen un alarde de prudencia. Los que negociaron con Shaha fueron muy generosos, quizás porque pensaban que, efectivamente, le estaban haciendo una faena al truncar su carrera en el Banco, o quizás porque, tratándose de la novia del jefe, no valía la pena regatear un dinero que, en definitiva, era una gota de agua en las abultadas cuentas de la burocracia de la institución.
Los miembros del Consejo hubiesen tenido que tomar el toro por los cuernos y establecer ellos las condiciones: si no era oportuno que Wolfowitz entrase en el asunto, a ellos les correspondía arremangarse y tomar el mando de la situación. No lo hicieron, quizás porque pretendían congraciarse con el nuevo Presidente, o porque prefirieron pasar del asunto para ahorrarse complicaciones. También el Comité de Ética debió ser más claro, exigiendo que el Presidente se mantuviese siempre al margen, y que el Consejo se involucrase. Y, probablemente, Wolfowitz hubiese tenido también que dar un puñetazo sobre la mesa, negarse en redondo a involucrarse en el caso y obligar al Consejo a mojarse.
Todo lo anterior me lleva a pensar que, casi siempre, en los problemas éticos la respuesta no es fácil, ni siquiera cuando el hecho es patente y clamoroso -y en este caso, no lo es, como acabamos de comprobar. Una cosa es el código de conducta y el reglamento de personal, que pueden estar más o menos claros, y que hay que cumplir, y otra cosa es el juicio sobre la moralidad de una decisión como la de Wolfowitz, pues ese juicio no puede limitarse a comprobar si ha cumplido o no el reglamento. Como dice el refrán, hay que oír las dos campanas, y a veces hay que enterarse de quién es el campanero.
En definitiva, cómo valore cada uno un ligero matiz en el cumplimiento o incumplimiento de una norma puede llevar a conclusiones muy distintas sobre la legalidad y sobre la moralidad de la acción. Yaún queda otra dimensión: en una institución, sobre todo si es grande, como el Banco Mundial, las cosas han de ser hechas, y un escrúpulo legal puede paralizar la acción, de modo que, a veces, el que manda se ve tentado a buscar un atajo -explicable, claro, aunque no siempre justificable.
Al final de todo este affaire,al menos cuando escribo estas líneas, me parece claro que Wolfowitz debe dimitir, pero no porque haya cometido una irregularidad ética -aunque ya he aclarado que no lo hizo todo bien-, ni siquiera porque la conducta del Presidente de una institución que ha puesto en marcha una ambiciosa estrategia contra la corrupción debe ser irreprochable más allá de toda duda, sino porque el ambiente debe ser ahora ya irrespirable en las oficinas del Banco. Wolfowitz no fue bien recibido, quizás por ser americano y por su conexión con la guerra de Iraq; luego, su manera de dirigir ha chocado con la cultura de la casa, que debe ser bastante curiosa. Muchos miembros del Consejo -representantes de los accionistas, no lo olvidemos-están contra él, lo mismo que muchos directivos y empleados.
En todo caso, con el paso de los días y, sobre todo, después de la editorial delWallStreet Journal, los comentaristas han dejado de pedir la cabeza de Wolfowitz por razones éticas, para hacerlo con argumentos más mundanos: su estilo de dirección, algunos nombramientos que no han caído bien, el deterioro de la reputación del Banco,… Y esto me parece que confirma lo que ya he dicho: juzgar las conductas éticas de la gente es algo muy complicado, aunque los medios de comunicación lo hagan cada día y, a menudo, con la falta de prudencia que han mostrado en el affaire Wolkowitz.
Antonio Argandoña. Titular de la cátedra " la Caixa" de Responsabilidad Social de la Empresa y Gobierno Corporativo, IESE Business School.

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