La tercera España
El centro no existe, pero todos quieren ocuparlo. Incluso los que pretenden ganar las elecciones desde los extremos. Para algunos, el centro es sólo el ala izquierda de la derecha. O la extrema derecha del centroizquierda. Y para otros es un espacio equidistante que permite eludir un dilema cerrado: el que obliga a escoger entre conservadores o socialistas. La gran virtud del centro - pero también su gran inconveniente- es que puede asumir distintas identidades y marcas: liberalismo con preocupaciones sociales, socialdemocracia tibia, democracia cristiana avanzada...
En la España profunda, el centro político desapareció formalmente hace ya algunos años y hoy sólo sobrevive, y con la salud quebrantada, en algún territorio periférico (como Catalunya). Esta circunstancia parece condenar al voto de centro de ámbito general a una periódica migración en busca del sosiego, a falta de una marca electoral propia. La pregunta inevitable - ¿dónde está el centro?- resulta, por lo tanto, difícil de responder. Y más difícil aún saber cuántos electores lo componen. La historia reciente ofrece, eso sí, algunas pistas. Al menos en lo que respecta al centro químicamente puro.
Por ejemplo, el número de electores que negaron su confianza a Mariano Rajoy en los dramáticos comicios del 2004, pero que respaldaron a José María Aznar en las plácidas elecciones del 2000, fue de 600.000. Y a la inversa, esa misma cifra de votantes es la que el propio Aznar sumó en el 2000 a su cosecha de 1996, tras una legislatura atada al centro. La magia de ese número reside en el hecho de que coincide con el total de papeletas que reunió el microcentro de Adolfo Suárez - el CDS- en las irrepetibles elecciones de 1982: 600.000.
Sin embargo, en España, el centro político ha registrado épocas de mayor esplendor. Durante la transición, el presidente Suárez se sacó de la chistera un extraordinario artilugio - la UCD- que albergaba en su seno a conservadores templados, democristianos de todos los pelajes, liberales de amplio espectro y socialtecnócratas dubitativos. La providencial capacidad de penetración electoral de ese centro posfranquista - que se extendía desde la derecha nítida hasta el centroizquierda difuso- se resumía en un cómputo de seis millones largos de votos.
Eso sí, la UCD no pasaba de ser un simple ejercicio de prestidigitación. Cuando se deshizo del seductor arbitraje de Suárez y perdió su condición de centroderecha útil, las verdaderas magnitudes del centro quedaron en evidencia. Más de cuatro millones de votantes migraron hacia la rotundidad derechista de Alianza Popular y sólo dos millones mantuvieron su fe en la ortodoxia centrista. Las siguientes elecciones, en 1986, ratificaron esa magnitud, ya que la nueva marca de Suárez se hizo con casi todos esos electores.
Sin embargo, cuando el sistema electoral dejó claro que el divorcio entre el centro y la derecha suponía la perpetuación del PSOE en el poder, el CDS de Suárez perdió su condición de alternativa viable y el centro comenzó a diluirse. Eso ocurrió a finales de la década de los 80, aunque la confluencia de gran parte de los electores centristas en torno al nuevo Partido Popular tardó aún en producirse. Las diferencias entre los votantes del centro y los de la derecha habían adquirido entonces una gran profundidad estratégica. Y esas distancias se registraban en torno a temas tan emblemáticos como la valoración del franquismo, las preferencias sobre la democracia como sistema o el modelo autonómico. El divorcio se extendía incluso al ámbito de la religiosidad. Se trataba, por tanto, de dos almas bien diferenciadas que difícilmente podían convivir en un mismo cuerpo. Y todavía en 1993, el agónico CDS movilizó a más de 400.000 votantes.
Sin embargo, los posteriores éxitos electorales de José María Aznar han llevado a pensar que el grueso del voto centrista ha recalado finalmente en el Partido Popular. Y un análisis retrospectivo así parece confirmarlo. No en vano, el centro (UCD) y la derecha (AP y UN) congregaron en 1979 a casi el 29% del censo electoral, mientras que Aznar logró una tasa del 29,9%, en 1996, y del 30,4%, en el 2000. Rajoy, en cambio, cosechó un 28,2% en el 2004.
Ahora bien, esa es sólo una parte de la historia. Entre otras cosas porque gran parte del avance del Partido Popular responde a su capacidad de arrastrar apocalípticamente a las urnas a un nutrido grupo de indiferentes ideológicos que probablemente no tenían previsto acudir a esa cita. Y esto es así porque los progresos del PP - por ejemplo en 1996- han coexistido casi siempre con unas magnitudes del voto de izquierda muy superiores a las que se registraban en la etapa de UCD.
En consecuencia, no todos los herederos del centro democrático de la transición han desembocado en el vehemente centroderecha actual.
Buena prueba de ello es que el centro y la derecha sumaron en 1977 el 33,1% del censo electoral, mientras que Aznar y su partido único de centroderecha no han logrado nunca movilizar amásdel 30,4%. Por lo tanto, parece evidente que una parte del voto de Suárez acabó en el PSOE. Eso sí, los procesos de confluencia han sido sinuosos. Visto retrospectivamente, el voto de centro de las clases medias urbanas se ha incorporado en mayor medida al bloque que configura el PP. Yno hay más que observar la inversión electoral en beneficio del centroderecha que se ha producido en algunas capitales a lo largo de tres décadas de democracia.
En cambio, una parte del voto rural que respaldó a Suárez en 1977 ha recalado en el PSOE. Y de ahí el reequilibrio en favor de la izquierda que se ha registrado en numerosas circunscripciones de la España interior tras 14 años de Gobierno socialista. Ahora bien, no todo está dicho sobre el voto de centro. Aún queda una última medida: la que dista entre los comicios de 1996 y los del 2004. En ese tránsito, el centroderecha ha perdido 1,6 puntos en cuota de voto sobre censo, y el conjunto de la izquierda, 1,5. Yel destinatario más verosímil de esos desertores es la abstención. En total, un millón de electores que a veces se niegan a elegir entre socialista y conservador.

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