SISMOGRAMA
Hay aspectos técnicos frecuentemente olvidados por el inversor de a pie
A toro pasado, todo el mundo es experto, pero es cierto que en el correctivo bursátil que afectó la semana pasada al sector inmobiliario -a unos más que a otros- influyeron algunos aspectos técnicos frecuentemente olvidados por el inversor de a pie.
Lo que precipitó el primer desplome de Astroc, el pasado día 18, fue una práctica que en una empresa privada, en el sentido anglosajón del término -es decir, no cotizada en bolsa- no habría tenido mayor importancia, pero que en el mercado de valores tiene una imagen deleznable. En efecto, vender unos activos de la empresa a otra firma controlada por el propio presidente, que es lo que hizo Enrique Bañuelos, no deja de ser un artificio contable, máxime cuando esas operaciones equivalieron a casi la mitad del beneficio neto.
Un cierto grado de apalancamiento es consustancial a un crecimiento rápido y a cualquier fusión empresarial, con la excepción de las bancarias, pero, a determinados niveles, presenta evidentes riesgos. Un mecanismo particularmente delicado es cuando la garantía exigida por el banco (collateral) está vinculada al precio de la acción de la empresa que compra a otra o se expande. Así está financiada, por ejemplo, la compra de acciones de Repsol YPF por parte de Sacyr Vallehermoso y que ha convertido a la firma presidida por Luis del Rivero en el primer accionista de referencia de la petrolera hispano argentina.
En fin, invertir en una compañía en la que el presidente controla individualmente más del 50% del capital y en la que el free float -las acciones en bolsa- es reducida -del 20% o menos-, es también una decisión muy arriesgada, porque, para bien o para mal, uno está al albur de una decisión personal y no de las fuerzas del mercado. Es el caso del citado Bañuelos, pero también de Luis Portillo (Inmocaral-Colonial), Fernando Martín (Martinsa-Fadesa) o, fuera del sector inmobiliario, de José María Suescun (Corporación Dermoestética) o Leopoldo Fernández-Pujals (Jazztel). Acaba siendo una cuestión de fe, aunque ya se sabe que la fe mueve montañas.

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