"El centro hoy en España es un desierto, no lo ocupa nadie", declaraba el sociólogo José Félix Tezanos en una entrevista concedida hace cinco meses a ´La Vanguardia´. Últimamente resulta más interesante entrevistar en España a sociólogos y economistas, que a algunos líderes políticos, defensivos, previsibles, muy expuestos a la luz cegadora de los focos y cada vez mejor secuestrados por los talleres de relaciones públicas. He ahí una revolución liberal pendiente: emancipar la política de las asfixiantes técnicas de intermediación. Dar una nueva autenticidad a la batalla de las ideas y al choque de intereses. Que es lo que hay.
Las palabras de Tezanos eran especialmente significativas, porque el sociólogo de cabecera de la Fundación Sistemas y de la revista mensual ´Temas´ pertenece al ala guerrista del PSOE. Y al guerrismo - objeto político no del todo identificado- se le atribuye un toque descamisado, una sublimación del resentimiento: un tribuno de la plebe con camisa a cuadros pegando voces en el madrileño Vallecas o en el sevillano barrio de Triana.
Los análisis más agudos de la incierta realidad española, sin embargo, provienen hoy de la FAES y del guerrismo, marcos de pensamiento que aún otorgan una tensión dramática a las relaciones sociales. Visiones que parten del clasicismo y conservan, desde ángulos muy opuestos, un poso mineral. El presidente Zapatero y su equipo, por el contrario, se mueven en una dimensión líquida, donde la política se entiende más como contrapoder, como emulsión sentimental y como posible factor correctivo: un ´banner´en la vida de la gente.
Tenía razón Tezanos, pero no habrá un Bayrou en España, a corto plazo, al menos. No lo habrá porque la política española es hoy fuertemente bipolar y los mismos que han creado un desierto político llamado centro, ahora se disponen a regarlo con moderaciones, que no están las encuestas para bollos.
La política española sigue siendo muy previsible y basada en una fuerte verticalidad, puesto que las instancias sociales intermedias gozan de poca autonomía de vuelo. Están encuadradas. Todo está mucho más atado de lo que parece. La política económica es el mejor ejemplo de ello. Desde los pactos de la Moncloa, factor decisivo en el anclaje de la frágil democracia, la gestión de la economía se ha desplazado siempre sobre el mismo carril, con ligeras curvas y modulaciones, así en tiempos de Pedro Solbes como de Rodrigo Rato. Resuelto el ingreso en Europa, la pelea, que la ha habido y seria, se ha centrado en el engarce entre economía y política; primero con el control de las empresas públicas y después mediante el tutelaje de las empresas privatizadas, convertidas por Aznar en atractivo serrallo del partido dominante.
Todo está muy atado. Sólo Catalunya, más horizontal, más enredada y ligeramente republicana, difiere algo. Un acto como el del IESE sobre El Prat es hoy poco imaginable en otras comunidades autónomas. Los teléfonos oficiales habrían echado humo. Rayos y truenos.
De manera que el PP ha tensado la cuerda todo lo que el cuerpo le ha pedido, para mantener movilizada a la corriente principal de la derecha - la trola sobre ´la conspiración´del 11-M, convertida ahora en material desechable, perseguía básicamente este objetivo-, y el PSOE ha fagocitado el espacio de Izquierda Unida todo lo que ha podido, hasta convertirse en marca casi exclusiva de la izquierda. Asegurados los extremos, ahora vamos todos con flores a María.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados