Soy el alcalde de Barcelona y estoy haciendo campaña electoral. Ya saben: reírme como un cretino con las verduleras, inaugurar un derribo o hacer ver que me como una paella asquerosa". Esta descripción de un político que propone Eduardo Mendoza en La aventura del tocador de señoras es un tanto extremosa. Pero sintoniza con la deriva mediática de las campañas electorales. Siempre en pos de una foto vistosa, los aspirantes a un cargo público son capaces de hacer cualquier cosa. Así es como los vemos en los noticiarios besando a niños, visitando barrios conflictivos, tragando calçots o bebiendo en porrón. En campaña, el político forja la imagen que quiere vender a su público potencial. Y hoy eso significa definir un perfil ideológico y, sobre todo, un perfil icónico. Hay que estar atento a lo que hace un político en campaña y hay que intentar desentrañar el sentido y el componente simbólico de sus acciones, porque éstas pueden revelarnos, mejor que las palabras, con quién estamos tratando.
Nicolas Sarkozy, que el pasado domingo venció en la primera vuelta de las elecciones francesas, y que el próximo luchará por la presidencia con Ségolène Royal, es un tipo muy ambicioso y con gran sentido de la imagen. El pasado verano precalentó la campaña con unas fotos en traje de baño, en las que exhibía su talla corta pero maciza, y que obligaron a Royal, hija de un estricto militar, a exhibirse en bikini. Desde entonces, el líder de la derecha francesa no ha dado tregua a los fotógrafos. Y, a modo de broche de su carrera hacia el Elíseo, optó - dos días antes de la primera vuelta- por un paseo a caballo en las marismas de la Camarga.
Nada más llegar a tan hermoso paraje, Sarko sustituyó el traje y la corbata por unos vaqueros y una camisa a cuadros, y se montó a lomos de un blanco corcel. Los cincuenta periodistas que estos días son su sombra fueron acomodados en el remolque de un tractor. Y, durante tres cuartos de hora, el candidato espoleó a su montura entre la manada de toros, constantemente inmortalizado por docenas de cámaras tambaleantes.
Echando mano de su gracejo habitual, Sarko justificó la excursión con estas palabras a la prensa: "Os veía muy paliduchos y me dije: les vendrá bien tomar un poco el aire". Pero algo nos sugiere que no fue el bronceado de los periodistas lo que motivó la jornada campestre, sino el deseo del político de reafirmar una imagen determinada. La prensa francesa ha barajado, en este sentido, diversas hipótesis. Algunos vieron en el candidato a una reencarnación del cowboy, a un pequeño John Wayne dispuesto a imponer justicia y perseguir el mal. El propio Sarkozy se comparó al cantante Johnny Hallyday, eterno ídolo de los franceses, que le adoran pese a sus tropiezos familiares, sentimentales, fiscales o tóxicos. Y no faltó quien asoció la mise en scène a las de George W. Bush, que prefiere fotografiarse en su rancho de Texas que hacerlo en la Casa Blanca.
La cosa, en definitiva, no pareció quedar clara. Un periodista incluso le preguntó al político cuál era el simbolismo que encerraba el paseo ecuestre. Y Sarkozy echó pelotas fuera diciendo que "quizás ninguno". Pero no estará de más recordar aquí que, desde épocas medievales, la cabalgadura simboliza lo dominado, y el caballero simboliza al dominador. Por cierto, el blanco caballo del ambicioso Sarkozy tenía el bonito nombre de Univers.El que avisa no es traidor.

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