Algunos que lo vivieron de cerca -y que le quieren bien- cuentan que a las dos semanas de haber iniciado su andadura en Cuatro, Gabilondo ya hubiera podido pedir la baja por depresión. Después de cuarenta años de gloria y laureles, muchos comenzaron a cuestionar su hasta entonces indiscutible pedestal en el Olimpo. El periodista vasco vivió aquellos días sumido en el lamento, atormentado por cada una de las líneas de hasta el último periódico de mala muerte que caía en sus manos, ya que por aquel entonces se había puesto de moda en el gremio la sátira de su nuevo oficio de ‘telepredicador’ en un telediario con demasiada doctrina.

Cuando cada mañana se levantaba a eso de las siete a leer y a escuchar música, sus dos grandes pasiones, no podía evitar mirar de reojo las vitrinas de su casa en las que batallan, por no caber más, todos los premios del mundo: la Cruz de San Jordi, el Francisco Cerecedo, el Gonzalo de Berceo, la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo, seis Ondas y un largo etcétera... Y entonces se dejaba impregnar por la sensación de haber caído tan bajo como aquellas folclóricas o futbolistas que no saben retirarse a tiempo, víctima de los caprichos de Polanco.

En Prisa habían prometido convertirle en un punto de referencia informativa en la televisión de este país, al frente de un noticiario diferente, sereno y con ansías de remodelar el paisaje. Nada que ver. La audiencia hace tiempo que dictó sentencia, y ahora su permanencia pende de un hilo tan exiguo como las esperanzas de recuperar el prestigio que se ha ido dejando por el camino. Un hilo de corte ideológico, como no podía ser de otro modo, porque a estas alturas es la ideología lo único que todavía le une a la cadena, para beneficio electoral de aquellos que quieran recoger los frutos ahora que viene la temporada. Por lo demás, ya está todo el pescado vendido.

Él, desde luego, se quiere marchar, porque sabe de sobra que, mientras presenta el telediario vespertino, los directivos de su cadena se reúnen en el despacho de al lado para corregir sus limitaciones y elegir un sustituto. Un par de nombres ya corren como la pólvora por los pasillos de Cuatro. Nada definitivo. Pero un hecho lo suficientemente humillante para que ‘Gabi’, que es como le conocen por allí, haga oídos sordos a las súplicas de los cuatro o cinco miembros del grupo –entre ellos Polanco- que desearían que el periodista continuara al menos una temporada más, hasta las elecciones generales del año que viene.

Las últimas semanas ha remontado un poco el vuelo. La audiencia responde a las exclusivas que le otorgan las filtraciones del PSOE y a las infinitas modificaciones de su informativo, que ahora es menos suyo que nunca. Pero cada mañana, el espejo del baño le devuelve a Gabilondo el reflejo de un hombre cansado, de semblante serio, excesivamente maquillado en todos los sentidos y que se siente como pez fuera del agua trabajando en un formato que no domina y, lo peor, que poco o nada le interesa.

Tocado y hundido

Hastiado de las tiesuras políticas de este país, de las continuas acusaciones de ser la marioneta titiritera de Polanco y Zapatero y de la presión a la que le somete el audímetro, Gabilondo, que ya desertó del frente de batalla radiofónico, podría ahora abandonar definitivamente la guerra. Los últimos años que pasó delante del micrófono de La Ser fue víctima de sí mismo y de nadie más. Se despidió pidiendo perdón por haberse convertido en el brazo armado de la izquierda y por haber narrado la actualidad desde el furor y la rabia provocada por los acontecimientos más polémicos de la última legislatura de José María Aznar.

Así comenzó su declive; las críticas hirientes, las acusaciones de manipulación y los enfrentamientos infructuosos con Jiménez Losantos. Aunque Gabilondo siempre ha tenido enemigos peores que el adalid de la COPE. El cáncer, por ejemplo. Una enfermedad que se llevó a su primera mujer a la temprana edad de 36 años y que ahora también padece su hija Ainhoa, de 37. Ese y no otro es el mayor calvario al que la vida le ha sometido, muy a pesar de que él ha confesado siempre ser un hombre profundamente ateo.

Paradojas de la vida, sería un cura vasco quien le diera su primera oportunidad como profesional del periodismo, título que había conseguido en la Universidad de Navarra. Con sólo 27 años empezó a dirigir Radio Popular de San Sebastián, ciudad donde nació en 1942. Aunque eso de dirigir a él nunca se le ha dado del todo bien. No es hombre de nombramientos, ni de despachos. Huye constantemente del bullicio y no acude con frecuencia a actos sociales. Aun así, triunfó como periodista radiofónico en un tiempo en el que informar era casi imposible a consecuencia de las limitaciones que imponía el régimen franquista.

Esperó junto a su familia tiempos mejores. Y llegaron. Tras la muerte del Generalísimo, Gabilondo se convirtió en uno de los periodistas más cotizados de este país. Por entonces ya trabajaba en La Ser, primero lo hizo en Sevilla y más tarde en Madrid. En ella, pero también en el Ente público, Iñaki ha vivido en primera línea de fuego todos los acontecimientos informativos de corte fundamental de la historia de la democracia. El más importante, sin duda, el 23-F, que sufrió como director de informativos de la Televisión Pública.

Poco le duraría el cargo. De allí le echarían a patadas por mostrarse demasiado crítico con el Gobierno de Calvo Sotelo. Para entonces, Iñaki se había convertido ya en el héroe de la España menos castiza. En su buzón de correos abundaban cartas amigas felicitándole por su osadía y convirtiéndole en paradigma de la libertad tantos años anhelada. Eso de puertas para afuera. Dentro, otro cantar... Iñaki lo perdía todo en un abrir y cerrar de ojos: su mujer, su trabajo y su autoestima. Fueron días difíciles, pero pronto llegarían las ofertas: primero Grupo 16, posteriormente Antena 3 Radio y otra vez... La Ser.

Hasta que Cuatro nos separe

Con ella se casó casi para siempre. Aunque, por aquel entonces, lo hizo también con Lola Carretero, su segunda y definitiva esposa, quien colaboraría en su programa diario un par de veces por semana. En La Ser Gabilondo echó el resto. Casi veinte años acostándose a las 9 de la noche y levantándose a las 4 de la mañana para informar con pasión a los fieles seguidores de su estelar programa radiofónico, líder indiscutible cada jornada.

Sin embargo, hoy por hoy, aquellos tres millones de oyentes diarios han quedado reducidos a no más de un millón de espectadores, condenados a soportar los vicios narrativos y la gestualidad hasta ahora invisible de un hombre que se ha pasado media vida ‘hibernando’ en una cabina de radio y que ahora dirige y presenta un informativo personal en grado superlativo. Desde la cadena le piden cambios, quizá que deje de ser él mismo. Pero Iñaki, que es zorro viejo, sabe mejor que nadie que iniciarse en algo una vez han pasado los sesenta resulta tarea ardua. Y reinventarse... algo quizá imposible.

Fuera de su burbuja de ondas y hertzios, Gabilondo se encuentra perdido, como un ciego sin su Lázaro, como un pirata sin su barco. Hace poco escuchó las sirenas: a él también le diagnosticaron un cáncer que le fue extirpado de urgencia. Ahora, víctima de su inconformismo, de la avaricia de su jefe y amigo Jesús Polanco y de las leyes inmutables de la oferta y la demanda, a menudo escucha con claridad los violines de Mozart entonando un réquiem por su trayectoria profesional. Una melodía que le anuncia su inminente condena a la opacidad más absoluta.