Reconforta que un político sea sincero, y más si con ello explica lo que ocurre. Modalidad que no cunde en la política catalana, donde la ambigüedad ideológica y pragmática suele ofrecer versiones imaginativas y hasta surrealistas de las cosas, incluso si se evidencian en otro sentido. Sin que España sea mejor, pero sí más rotunda y homogénea, con sentido de propiedad.
Y entiendo como mejor o peor no unos atributos que se inscriban como valores absolutos, sino opciones necesariamente relativas en el marco coyuntural que zarandea nuestra sociedad. Aunque no estoy hablando supongamos de ciencia, donde pienso distinto y con ganas de concreciones y conclusiones, sino de política y partidismo, repito.
La cual debo conllevar porque el sistema lo dispone, pero que apenas casa con creencias esenciales. De igual manera a que en una ermita pueda hallarse una talla de la Virgen que sea graciosa o feúcha, y que por ello guste o disguste, pero sin deducir de ahí que uno cree en la vida eterna que predica la Santa Madre Iglesia, o que la niegue.
Así, insisto, reconfortan esas declaraciones de Pasqual Maragall en el sentido de que todo el inmenso lío del Estatut no valía la pena, y de que Zapatero lo echó de la presidencia de la Generalitat. De lo que se deduce de inmediato que la naturaleza política del propio Maragall y del PSC procede vicariamente del PSOE, de Madrid. Cuyo ejercicio del poder se ha debido al decidido apoyo que le ha prestado ERC.
Perfecto, y reconociéndolo al menos no podrán decir que mentimos, como advertía Camus, según el último libro de Jean Daniel. Lo que tampoco concuerda del todo con Maragall, pues si hoy reconoce errores o chanchullos de ayer, lo hace cometiéndolos de nuevo. Y es que cuando sostiene que más que cambiar el Estatut hubiera sido deseable cambiar la Constitución, ¿qué atributos, partido o poder tiene para proponerlo? Pues los mismos instrumentos que un servidor, pongamos por caso, para preconizar que a cada ciudadano le toque el cuponazo y se hinche de euros. Sin embargo, Maragall con estas confesiones no pierde pistonada sino que cambia de motor, pues se labra todavía más su novedoso martirologio o apostolado catalanista, que, vehiculado por otro pseudopartido como aquel su Ciutadans cambistas, podría resituarlo en el centro político catalán.
Ya cuando hace poco estuvo entre otros políticos en activo y en pasivo en una de las despedidas melódicas de Lluís Llach, la concurrencia lo premió con la mayor ovación del evento. Porque en la atmósfera teresiana del "vivo sin vivir en mí" nadie le reprochará que confunda una talla de la Virgen con las praderas celestiales. Encantador.

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